Eran dos seres que habían sido destinados el uno para el otro. Las edades no importaban. Ella era algunos años menor y él un hombre maduro. Se encontraron en Internet y se reconocieron de otras vidas, de otros tiempos. El juego de seducción comenzó y la magia hizo estragos en los dos corazones solitarios. Intercambiaron fotos y mails. Todo fue perfecto hasta que el silencio de los dos interrumpió el hechizo. Cuando hay tanta pasión acumulada, la energía puede descontrolarse. Ella pensó que él se había asustado y él pensó lo mismo. En estos juegos del amor el miedo es un tirano que ahuyenta nuestras mejores intenciones y las esconde entre tules y sedas para saltar en el momento menos pensado.
Penélope finalmente tuvo noticias de él, pero fueron tristes, repletas de reproches y dolor. Se desesperó, no sabía cómo hacer para que él entendiera que los planetas no se habían alineado esta vez y una mano oscura había cortado esa fluida comunicación que los había unido. El cerró la llave de su corazón intempestivamente, se sintió herido y se lo dijo. Ese fue el único mail que llegó. Los otros, los de Penélope, siguen vagando en algún lugar del ciberespacio, esperando que él se decida a leerlos. La puerta está sin llave y ella sigue tejiendo ilusiones de día y destejiendo de noche, porque sabe que Odiseo volverá a ella y matará a todos los miedos, esos pretendientes intrusos que lo confundieron, para permanecer con ella, como está escrito, como debe ser.
martes, 29 de julio de 2008
domingo, 27 de julio de 2008
Golpe de calor
Me senté en el bar de la esquina de Corrientes y San Martín para tomar algo fresco. El calor insoportable estaba apretando mi cerebro pero lo sentía en los pies. Busqué un lugar cerca de la ventana y fijé la mirada en toda esa gente que pulula, como hormigas, por la ciudad. Caras de dolor, de aburrimiento, de contento, de resignación, de zozobra, caras, tantas caras y cuerpos que se me venían encima y me apretaban y me ahogaban... Con el primer trago, el fresco líquido entró por mis venas hasta mis pies y miré otra vez por la ventana. Ahora veía sólo zapatos, zapatos negros, marrones, blancos, azules, rojos, verdes, amarillos, celestes. Zapatos de hombre y de mujer sin sus cuerpos, caminando desenfrenados en todas direcciones; algunos se detenían indecisos o esperaban a cruzar la calle, pero todos se movían nerviosos para adelante, para el costado, se detenían, seguían... De repente comenzaron a caminar para atrás y todos se dirigían a mi y una multitud de zapatos al revés se paró del otro lado de la ventana, esperándome a que saliera. Miré a mi alrededor y las demás personas que estaban en el bar parecieron no notarlo. Entré en pánico. Una señora que estaba al lado mío desapareció pero se olvidó los zapatos. -¡Señora! Grité pero al rato me di cuenta de que en el bar no había nadie y todos se habían ido dejando allí sus zapatos y los zapatos de afuera empezaron a entrar y se me vinieron todos encima y...
-Señor, señor...
-¿Qué, qué pasa?
-No lo sé, pero está muy pálido. ¿Se siente bien? ¿Quiere un vaso de agua?
Le pagué, me tomé un taxi con aire acondicionado y lo llamé al Cholo, que sabe una torta de estas cosas y además, es veterinario. Me dijo que tenía un golpe de calor. Que cuando él les pone herraduras a los caballos en pleno verano les pasa lo mismo.
-¿Pero cómo que les pasa lo mismo? -le pregunté. –¿Qué es lo que les pasa?
-No -me dijo- eso no lo puedo saber, pero se ponen así de idiotas, empiezan a dar vueltas y se quieren sacar las herraduras.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con lo que te estoy contando?
-No tengo ni idea viejo, creo que a mi también me agarró un golpe de calor.
-Señor, señor...
-¿Qué, qué pasa?
-No lo sé, pero está muy pálido. ¿Se siente bien? ¿Quiere un vaso de agua?
Le pagué, me tomé un taxi con aire acondicionado y lo llamé al Cholo, que sabe una torta de estas cosas y además, es veterinario. Me dijo que tenía un golpe de calor. Que cuando él les pone herraduras a los caballos en pleno verano les pasa lo mismo.
-¿Pero cómo que les pasa lo mismo? -le pregunté. –¿Qué es lo que les pasa?
-No -me dijo- eso no lo puedo saber, pero se ponen así de idiotas, empiezan a dar vueltas y se quieren sacar las herraduras.
-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con lo que te estoy contando?
-No tengo ni idea viejo, creo que a mi también me agarró un golpe de calor.
lunes, 21 de julio de 2008
¿Quién soy yo?
Me paro y observo a mi alrededor. Por momentos todo está bien, en su lugar, como tiene que ser. Y de repente, el caos, el torbellino, la casa, los hijos, las obligaciones. Mi mente alborotada busca el silencio y lo pide a gritos.
¿Quién soy? La respuesta se hace esperar; estoy demasiado ansiosa por saber. Me entrego y busco la quietud. ¿Quiénes son mis hijos? ¿Quién es mi marido? ¿Quiénes son mis amigos? No lo sé. Sólo sé que mi vida sin ellos no tendría sentido y muchas veces la vida con ellos me pesa. ¿Quiénes somos todos? ¿Para qué vinimos a este mundo extraño? ¿Para luchar por un lugar propio donde destacarnos?
¿Quién soy yo? En la limitación de mi cuerpo no soy nada. Una cara, una imagen que me devuelve el espejo pero que no es igual a la que ven los otros. Un envoltorio que mi mente utiliza para regodearse en pensamientos negativos que taladran mi cerebro sin pausa buscando quién sabe qué cosa. En lo que trato de entender de mi espíritu, un alma que encuentra a otras almas con quien se conecta y otras con quien apenas puede comunicarse; un ente solitario que deambula por universos misteriosos y desconocidos.
Y mis sentimientos, mi corazón. ¿A quién responden? ¿A una necesidad de amor que se nutre de trueques engañosos? ¿Yo te doy si me das algo a cambio y si no me das lo que quiero, te cargo de culpa para que vuelvas a amarme?
¿Quién soy yo?
¿Quién soy? La respuesta se hace esperar; estoy demasiado ansiosa por saber. Me entrego y busco la quietud. ¿Quiénes son mis hijos? ¿Quién es mi marido? ¿Quiénes son mis amigos? No lo sé. Sólo sé que mi vida sin ellos no tendría sentido y muchas veces la vida con ellos me pesa. ¿Quiénes somos todos? ¿Para qué vinimos a este mundo extraño? ¿Para luchar por un lugar propio donde destacarnos?
¿Quién soy yo? En la limitación de mi cuerpo no soy nada. Una cara, una imagen que me devuelve el espejo pero que no es igual a la que ven los otros. Un envoltorio que mi mente utiliza para regodearse en pensamientos negativos que taladran mi cerebro sin pausa buscando quién sabe qué cosa. En lo que trato de entender de mi espíritu, un alma que encuentra a otras almas con quien se conecta y otras con quien apenas puede comunicarse; un ente solitario que deambula por universos misteriosos y desconocidos.
Y mis sentimientos, mi corazón. ¿A quién responden? ¿A una necesidad de amor que se nutre de trueques engañosos? ¿Yo te doy si me das algo a cambio y si no me das lo que quiero, te cargo de culpa para que vuelvas a amarme?
¿Quién soy yo?
Un salto al vacío
La orquesta tocaba en el lugar. Sentada en la barra esperaba ansiosamente a Germán. Me congratulé por haber salido de casa temprano, ya que en el camino me crucé con un piquete que no me dejaba pasar; estacioné el auto a diez cuadras y caminé hasta el pub. Por fin habíamos decidido encontrarnos y nos citamos en este bar alejado del mundanal ruido. Los músicos tocaban jazz moderno, las luces bastante tenues para mi gusto y el salón de un tamaño mediano, decorado con buen gusto, tenía a los costados unos confortables sillones rojos conformando espacios más íntimos.
Hacía días, quizás semanas, que me había obsesionado con Germán. Nos conocimos de casualidad en casa de unos amigos y si bien de entrada no me había llamado la atención, él se acercó a mi de una manera tan natural y despreocupada que me cautivó al segundo. En aquel momento mis hormonas todavía estaban revolucionadas por Julián, un rubio con quien antes de comenzar un romance que se insinuaba tempestuoso y pasional me había anunciado, sin mucho preámbulo, que se iba a Rusia, persiguiendo a un novio a quien no podía olvidar. Así que, sin recuperarme del todo del shock, trasladé mi lívido de Julián a Germán, con una velocidad pasmosa. Me enamoré perdidamente de la barba oscura y canosa de este último y de su manera un tanto excéntrica de vestirse. La charla esa noche había girado en torno a la situación del país y, aunque tenía ideas un tanto anarquistas y contradictorias, había algo en sus modos, en su manera de hablar, en sus gestos, que me habían atrapado. Aunque no me resultó tan fácil conseguir que se fijara en mí y no era cuestión de que me le regalara tan fácilmente. Durante casi seis meses intercambiamos mails y mantuvimos una comunicación solamente epistolar. No volví a verlo hasta esa noche en que por fin sentiría su olor, podría rozar su mano como al descuido y mirarlo directamente a los ojos; en eso me tenía fe porque escribir no es mi fuerte y soy lo que se dice muy torpe para expresar mis verdaderos sentimientos en frases seductoras o dejarlo con la pelota picando, como dice mi amiga Roberta. Estaba nerviosa y me había tomado un whisky puro para darme valor. No había comido nada desde el mediodía por lo que el alcohol se me subió directamente a la cabeza; eso me permitió no notar el retraso de Germán y me concentré en mis pensamientos y en disfrutar de la música. Me pedí otro whisky, esta vez con algunas aceitunas y mientras el barman llenaba el vaso me concentré en el líquido color malta y en las formas que adquirían las gotas al fusionarse unas con otras. Un barullo proveniente de la entrada llamó mi atención y me encontré mirando hacia allí con una sonrisita estúpida y despreocupada. Miré la hora, eran las nueve y nos habíamos citado a las ocho. Comencé a impacientarme pero decidí caminar hasta la puerta para ver qué pasaba: un tipo quería entrar y no lo dejaban, me acerqué un poco y lo vi; tenía una gorra en la cabeza que le tapaba toda la cara, sólo se le veían los ojos, y se estaba peleando con el encargado del bar.
-¡Es que adentro me están esperando hace una hora! ¡No se da cuenta de que necesito entrar!
-Lo siento señor. Podrá entrar sólo si se quita esa máscara de la cara.
-Dígame dónde dice que está prohibido entrar con la cara tapada. ¿Acaso hay alguna regla municipal que lo prohíba?
-Es regla de la casa. Últimamente hemos tenido muchos robos y no podemos arriesgarnos.
-¡Pero ya le he dicho que no traigo ningún arma! ¡Revíseme, vea!- el hombre alzó las manos pero el encargado no hizo ningún gesto para palparlo de armas.
La voz me resultaba familiar y no necesité mucho tiempo para darme cuenta de que era Germán.
-¿Germán? ¿Sos vos?
-¡Hola Luisa! ¡Menos mal que saliste porque este pelo tudo no me dejaba entrar!
-Pero...¿se puede saber por qué tenés puesto un pasamontaña?
-Vení. Vamos que después te explico.
-¿A dónde vamos?
Sin contestarme me tomó suavemente de la mano y nos fuimos caminando hacia la esquina, donde finalmente se sacó la gorra de lana. Entramos a un café, nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, me miró a los ojos, tomó mis manos entre las suyas y con la sonrisa más seductora del mundo me dijo:
-¿Te querés casar conmigo?
Hace diez años que estamos juntos. Cada día Germán me sorprende con algo diferente: un día es peronista, al otro conservador y al otro radical; por suerte no milita. El dice que la política corrompe y que por eso se hizo anarquista. Un día me trae flores, otro día llega, sin decir nada nos mete a todos en el auto y nos lleva al Planetario; a veces se enoja y grita pero enseguida se encierra en el baño, pone la música a todo lo que dá y sale al rato, me pide perdón y me da un beso. Me vuelve loca con sus cambios de ideología y con sus excentricidades y también me vuelve loca de amor. Mi vida a su lado es un salto al vacío pero él siempre aparece en el momento justo para salvarme. Es mi amor loco, mi puerto seguro, mi amigo tierno y el mejor padre que podría haber elegido para nuestros cuatro preciosos hijos. Nunca me explicó el porqué del pasamontaña; alguno de estos días quizás me acuerde de preguntarle.
Hacía días, quizás semanas, que me había obsesionado con Germán. Nos conocimos de casualidad en casa de unos amigos y si bien de entrada no me había llamado la atención, él se acercó a mi de una manera tan natural y despreocupada que me cautivó al segundo. En aquel momento mis hormonas todavía estaban revolucionadas por Julián, un rubio con quien antes de comenzar un romance que se insinuaba tempestuoso y pasional me había anunciado, sin mucho preámbulo, que se iba a Rusia, persiguiendo a un novio a quien no podía olvidar. Así que, sin recuperarme del todo del shock, trasladé mi lívido de Julián a Germán, con una velocidad pasmosa. Me enamoré perdidamente de la barba oscura y canosa de este último y de su manera un tanto excéntrica de vestirse. La charla esa noche había girado en torno a la situación del país y, aunque tenía ideas un tanto anarquistas y contradictorias, había algo en sus modos, en su manera de hablar, en sus gestos, que me habían atrapado. Aunque no me resultó tan fácil conseguir que se fijara en mí y no era cuestión de que me le regalara tan fácilmente. Durante casi seis meses intercambiamos mails y mantuvimos una comunicación solamente epistolar. No volví a verlo hasta esa noche en que por fin sentiría su olor, podría rozar su mano como al descuido y mirarlo directamente a los ojos; en eso me tenía fe porque escribir no es mi fuerte y soy lo que se dice muy torpe para expresar mis verdaderos sentimientos en frases seductoras o dejarlo con la pelota picando, como dice mi amiga Roberta. Estaba nerviosa y me había tomado un whisky puro para darme valor. No había comido nada desde el mediodía por lo que el alcohol se me subió directamente a la cabeza; eso me permitió no notar el retraso de Germán y me concentré en mis pensamientos y en disfrutar de la música. Me pedí otro whisky, esta vez con algunas aceitunas y mientras el barman llenaba el vaso me concentré en el líquido color malta y en las formas que adquirían las gotas al fusionarse unas con otras. Un barullo proveniente de la entrada llamó mi atención y me encontré mirando hacia allí con una sonrisita estúpida y despreocupada. Miré la hora, eran las nueve y nos habíamos citado a las ocho. Comencé a impacientarme pero decidí caminar hasta la puerta para ver qué pasaba: un tipo quería entrar y no lo dejaban, me acerqué un poco y lo vi; tenía una gorra en la cabeza que le tapaba toda la cara, sólo se le veían los ojos, y se estaba peleando con el encargado del bar.
-¡Es que adentro me están esperando hace una hora! ¡No se da cuenta de que necesito entrar!
-Lo siento señor. Podrá entrar sólo si se quita esa máscara de la cara.
-Dígame dónde dice que está prohibido entrar con la cara tapada. ¿Acaso hay alguna regla municipal que lo prohíba?
-Es regla de la casa. Últimamente hemos tenido muchos robos y no podemos arriesgarnos.
-¡Pero ya le he dicho que no traigo ningún arma! ¡Revíseme, vea!- el hombre alzó las manos pero el encargado no hizo ningún gesto para palparlo de armas.
La voz me resultaba familiar y no necesité mucho tiempo para darme cuenta de que era Germán.
-¿Germán? ¿Sos vos?
-¡Hola Luisa! ¡Menos mal que saliste porque este pelo tudo no me dejaba entrar!
-Pero...¿se puede saber por qué tenés puesto un pasamontaña?
-Vení. Vamos que después te explico.
-¿A dónde vamos?
Sin contestarme me tomó suavemente de la mano y nos fuimos caminando hacia la esquina, donde finalmente se sacó la gorra de lana. Entramos a un café, nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, me miró a los ojos, tomó mis manos entre las suyas y con la sonrisa más seductora del mundo me dijo:
-¿Te querés casar conmigo?
Hace diez años que estamos juntos. Cada día Germán me sorprende con algo diferente: un día es peronista, al otro conservador y al otro radical; por suerte no milita. El dice que la política corrompe y que por eso se hizo anarquista. Un día me trae flores, otro día llega, sin decir nada nos mete a todos en el auto y nos lleva al Planetario; a veces se enoja y grita pero enseguida se encierra en el baño, pone la música a todo lo que dá y sale al rato, me pide perdón y me da un beso. Me vuelve loca con sus cambios de ideología y con sus excentricidades y también me vuelve loca de amor. Mi vida a su lado es un salto al vacío pero él siempre aparece en el momento justo para salvarme. Es mi amor loco, mi puerto seguro, mi amigo tierno y el mejor padre que podría haber elegido para nuestros cuatro preciosos hijos. Nunca me explicó el porqué del pasamontaña; alguno de estos días quizás me acuerde de preguntarle.
No más yo
Con la lámpara encendida o apagada, a oscuras o encandilada, sé que camino aunque no sepa dónde voy. Lloro, río, me emociono, acaricio, abrazo, suelto, amarro, sigo caminando, me encuentro, me pierdo, fumo, me calzo un jean, rejuvenezco, me descalzo, bailo, vuelo, giro, doy vueltas y me divierto. Soy un remolino que se lleva el viento, una brisa suave que se va convirtiendo en vendaval que arrasa con mis penas y las hace añicos. Me tiro al piso y me arrastro, me doy vuelta sobre mi misma y como un resorte me levanto, salto, brinco, vibro y me elevo. Vuelo y te encuentro en el aire. Nos confundimos en un abrazo y mutamos; ahora somos nubes, luego soles, luego rocas, luego fuego, luego lunas, luego espejos y cristales que se derriten y se funden en una sola copa, nueva, fulgurante, única. Y ahora caminamos, aunque no sepamos dónde vamos, lloramos, reímos, nos emocionamos, nos amamos. Ya no más yo, ahora nosotros.
Al menos, hoy (de Alicia)
Decidí podar la enredadera. Y llenar de floreros con campanillas azules, toda la casa. Y también decidí hacer unas cuantas cosas más.
No atender el teléfono.
Abrir todas las ventanas para que las cortinas bailen como locas. Como nunca antes.
Saludar a todo el que pase por la vereda.
Poner la música bien fuerte y bailar griego, descalza.Vaciar los cajones y tirar un montón de cosas en bolsas negras. Salvo los jabones de violetas y mi túnica blanca, comprados durante algún veraneo en Brasil.
Poner el regador del jardín girando al máximo para que lo empape todo.
Juntar menta del cantero, para prepararme una enorme taza de té.
Cocinar un bizcochuelo de chocolate y otro con manzanas verdes. Para acompañar el té.
Dejarme el pelo suelto todo el día.
Andar por la casa con los ojos cerrados. Para verla distinta.
No barrer las hojas del patio, porque me gustan sus ocres variados.
Subir hasta la terraza para cortar un ramito del jazmín celeste del vecino, para mezclarlos con las campanillas.
Poner el colchón en el suelo y dormir una siesta con mi perra mestiza, en el medio de la galería del frente.
Es increíble las ideas que surgen y las cosas que hay para hacer, cuando se decide por fin, podar una enredadera y entender que se puede ser feliz. Es cuestión de empezar… Al menos, hoy.
No atender el teléfono.
Abrir todas las ventanas para que las cortinas bailen como locas. Como nunca antes.
Saludar a todo el que pase por la vereda.
Poner la música bien fuerte y bailar griego, descalza.Vaciar los cajones y tirar un montón de cosas en bolsas negras. Salvo los jabones de violetas y mi túnica blanca, comprados durante algún veraneo en Brasil.
Poner el regador del jardín girando al máximo para que lo empape todo.
Juntar menta del cantero, para prepararme una enorme taza de té.
Cocinar un bizcochuelo de chocolate y otro con manzanas verdes. Para acompañar el té.
Dejarme el pelo suelto todo el día.
Andar por la casa con los ojos cerrados. Para verla distinta.
No barrer las hojas del patio, porque me gustan sus ocres variados.
Subir hasta la terraza para cortar un ramito del jazmín celeste del vecino, para mezclarlos con las campanillas.
Poner el colchón en el suelo y dormir una siesta con mi perra mestiza, en el medio de la galería del frente.
Es increíble las ideas que surgen y las cosas que hay para hacer, cuando se decide por fin, podar una enredadera y entender que se puede ser feliz. Es cuestión de empezar… Al menos, hoy.
El segundo aliento (para mis amigos del foro de cuentos LNOL)
Amiga, amigo, hoy quiero decirte tantas cosas
pero mi corazón adormecido se regodea en la pena
y me impide ver todo lo bueno que me diste.
Te conocí y me regalaste un pedazo de vida.
Caminamos de la mano y en un abrazo cálido nos fundimos
dentro de un mundo que a veces me pregunto si existe,
ese que no está pero está y que cala hondo
en cada palabra, en cada silencio.
Te conocí un veinticuatro de agosto, un año atrás,
cuando te encontré en un espacio nuevo,
que descubrí de casualidad, en la que no creo.
De a poco me fui habituando a tus estilos,
a tus modos literarios,
a tus maneras de regalarme en palabras tus sueños.
Y despacio fui interpretando tus duelos,
festejando tus humoradas,
vibrando con cada explosión de tu creatividad
y tu talento.
Y otra dimensión apareció con eso.
Me descubrí cambiando, mutando mi intelecto dormido
en un renacer muy adentro,
donde despertaron esos mudos anhelos.
Y pude hablarte de ellos.
Y me reconocí en tus poemas o en tus cuentos.
Lloré con vos el desgarro de la partida
de nuestro querido barquero.
Y cuando ya me sentí parte de ésto,
apareció también el miedo.
Y ahora espero el segundo aliento,
ese que elevará mi voz hasta el cielo
para que pueda decirte cuánto te quiero,
para pedirte perdón si alguna vez te herí sin saberlo.
pero mi corazón adormecido se regodea en la pena
y me impide ver todo lo bueno que me diste.
Te conocí y me regalaste un pedazo de vida.
Caminamos de la mano y en un abrazo cálido nos fundimos
dentro de un mundo que a veces me pregunto si existe,
ese que no está pero está y que cala hondo
en cada palabra, en cada silencio.
Te conocí un veinticuatro de agosto, un año atrás,
cuando te encontré en un espacio nuevo,
que descubrí de casualidad, en la que no creo.
De a poco me fui habituando a tus estilos,
a tus modos literarios,
a tus maneras de regalarme en palabras tus sueños.
Y despacio fui interpretando tus duelos,
festejando tus humoradas,
vibrando con cada explosión de tu creatividad
y tu talento.
Y otra dimensión apareció con eso.
Me descubrí cambiando, mutando mi intelecto dormido
en un renacer muy adentro,
donde despertaron esos mudos anhelos.
Y pude hablarte de ellos.
Y me reconocí en tus poemas o en tus cuentos.
Lloré con vos el desgarro de la partida
de nuestro querido barquero.
Y cuando ya me sentí parte de ésto,
apareció también el miedo.
Y ahora espero el segundo aliento,
ese que elevará mi voz hasta el cielo
para que pueda decirte cuánto te quiero,
para pedirte perdón si alguna vez te herí sin saberlo.
Mañana será otro día (de Elisabeth)
De las arenas del tiempo vinieron los recuerdos,
se me terminaron las excusas para seguir el camino,
perdí la brújula y el horizonte
me pregunté cuál era mi destino.
Y no halle respuestas en mis lágrimas.
Ni en las de otros.
Ni en el amor o en la gloria.
Ni en la visión de un futuro brillante.
Ni en la alegría o la euforia…
Vi que todo era efímero y casual.
Un instante en el infinito.
Un destello en el cielo.
Un deseo perdido.
Miré a mi alrededor:
estaba sola
pero algo dentro mío decía:
“Dejá que pase la marea.
Mañana será otro día”.
se me terminaron las excusas para seguir el camino,
perdí la brújula y el horizonte
me pregunté cuál era mi destino.
Y no halle respuestas en mis lágrimas.
Ni en las de otros.
Ni en el amor o en la gloria.
Ni en la visión de un futuro brillante.
Ni en la alegría o la euforia…
Vi que todo era efímero y casual.
Un instante en el infinito.
Un destello en el cielo.
Un deseo perdido.
Miré a mi alrededor:
estaba sola
pero algo dentro mío decía:
“Dejá que pase la marea.
Mañana será otro día”.
sábado, 12 de julio de 2008
Los hermanos Nilsen
(versión libre de La Intrusa, de Jorge Luis Borges)
Corría el año mil ochocientos noventa y tantos. Los primeros fríos del retrasado invierno se hacían sentir hasta en los huesos, como si quisieran recuperar en intensidad el casi mes y medio perdido. Ese día las tranquilas calles de Turdera, semivacías, evocaban con cierta nostalgia épocas pasadas.
Yo me encontraba en la taberna del Mudo, para no perder la costumbre de los sábados a la tarde en que, luego de jugar una partida con los amigos, me sentaba ante una de las mesas que daban a la plaza, para ver pasar a la Juliana, camino a la Iglesia.
¡La muy zorra! Como si una confesión semanal la librara de su culpa. ¿Quién entiende a las mujeres? Pero, ¡qué linda era! Con esos ojos tan negros que contrastaban con su piel suave y blanca; aunque yo jamás había podido tocarla. Cada vez que imaginaba a los hermanos Nilsen hacerlo juraba que algún día los mataría. Yo la quería bien y hubiera podido ofrecerle un hogar seguro, si alguna vez me hubiera decidido a ofrecerle matrimonio; siempre que me proponía abordarla, surgía como un rayo, la imagen de Cristián y Eduardo Nilsen, y todo mi amor se convertía en odio.
Esa tarde la Juliana no había pasado. Esperé aproximadamente una hora más y, preocupado, me encaminé presuroso a lo de los hermanos. Anochecía y pude esconderme entre la maleza sin ser visto. La casa estaba a oscuras y no se oía ningún ruido, pero algo me decía que había gente adentro. Como un ladrón al acecho, empuñé el picaporte de la puerta trasera, que estaba sin asegurar y entré. Un gato cruzó por delante de mí y, maullando en la oscuridad, se escabulló por la puerta que yo había dejado abierta. Sigilosamente, y tratando de no hacer ruido, di con el dormitorio de ella.
La luz de la luna se reflejaba en la ventana, iluminando parte de la habitación. Había algo allí, una especie de atracción, que me impulsaba a entrar. Mi corazón latía a velocidad vertiginosa. Cuando ya no pude soportar esa opresión, y quise convencerme de lo absurdo de mi presencia allí, me di vuelta para salir. Entonces mi pie tropezó con un bulto. Mi corazón dio un vuelco al comprobar que se trataba del cuerpo de una mujer; al instante comprendí que era la Juliana.
¡Tanto tiempo había esperado estar a solas con ella! Y, una vez más, el destino sepultaba, con un cuchillo, todas mis vanas ilusiones. Lloré sobre el cuerpo inerte, en un tardío intento de expresarle mi cobarde y ya estéril amor; hasta que la realidad me recordó dónde y en qué difícil situación me encontraba. Ella había sido asesinada y yo ya no podía salvarla.
Aparentemente, no había nadie más en la casa y, antes de que me descubrieran, -con el corazón destrozado y jurando vengar su muerte- huí como si me persiguiera el mismo diablo. El gato aulló una vez más en un tono que me sonó a burla.
La noticia se generalizó muy pronto. Yo me uní a los chismosos para no despertar sospechas, acusando sorpresa ante lo sucedido. Los hermanos Nilsen fueron detenidos para declarar y, dado que el cuerpo había sido encontrado en el pantano –nadie había mencionado un cuchillo-, al cabo de tres días la Policía los dejó en libertad por falta de pruebas. La Juliana no tenía parientes en el pueblo y, como no era nadie, al poco tiempo el caso se cerró y el hecho pasó al olvido. Pero no para mi que, desde su muerte, no había tenido un solo momento de paz.
Seguí frecuentando la taberna del Mudo, cosa de pasar desapercibido, ya que no quería correr el riesgo de que me asociaran con aquel episodio. Últimamente, me había entregado a la bebida como único refugio de mis penas, aunque sólo conseguía acrecentar mi amargura y, por ende, mis ansias de venganza. Había planeado cuidadosamente la muerte de Cristián Nilsen quien, estaba seguro, era el único culpable. Pero antes el hombre tendría que confesarme su traición.
Una noche clara de octubre esperé en el Reñidero a que la paisanada se retirara del lugar. Cristián solía ser el último en irse. Cuando los dos quedamos solos le dije, como al pasar:
-Se la extraña a la doña. ¿No?
El hombre me clavó la mirada, sorprendido- -¿Supongo que se referirá a la Juliana?
-¿Y a quién iba a ser si no?
-Si, claro. Pero yo no soy de esos pollerudos que andan lagrimeando por ahí porque les falta china. La vida continúa y mañana debo madrugar, así que si me disculpa...
-¡Usted no va a ninguna parte! -le dije- y, tomándolo de la solapa, le mostré el filo de mi cuchillo.
-¡Antes me tiene que aclarar algunas dudas!
-Pero, ¿quién es usted y qué es lo que tengo que aclararle?
-Yo soy Juan Somoza y me va a decir la verdad, toda la verdad, desde el principio.
-No sé a qué se refiere –dijo-, pero supe que había entendido.
Y así fue que me enteré de la historia. El mayor de los Nilsen había intentado resistirse, pero el arma y mi decidida expresión terminaron por someterlo. Una vez que empezó a hablar parecía que estaba frente al confesionario. Me contó el modo en que ella lo había embrujado, primero a él y luego a su hermano Eduardo, enemistándolos y convirtiendo sus vidas en un infierno. El intento de ambos de venderla a un prostíbulo de Morón para que los dejara en paz, el posterior rescate y su vuelta para llenar el vacío que su ausencia había dejado en la casa que, sin ella, parecía una tumba, con su espíritu deambulando por cada rincón. Y, por último, el modo en que la había matado, a espaldas de su hermano. Me costaba creer que el hombre que hablaba entrecortadamente y en sollozos, fuese Cristián Nilsen. Yo me había hecho otra idea de ese recio varón, prototipo del orillero de la época.
Y, hecho curioso, su confesión no despertó mi más mínima compasión; por el contrario, un profundo desprecio se apoderó de mí y me abalancé sobre el miserable.
Comenzó la lucha y le asesté un fuerte golpe, desplomándolo inconsciente en el suelo. Faltándome el valor para matarlo, lo dejé allí tendido y me fui. Bastante castigo tenía ya con el peso de sus remordimientos y no era precisamente yo quien debía salvarlo, enviándolo al otro mundo.
Al cabo de una semana lo encontraron muerto en su casa. Nunca se supo la causa. Algunos dijeron que se había suicidado. Fui al velorio a presentarle mis condolencias al infortunado Eduardo, siempre hombre de ley. Por alguna extraña razón, nunca le había guardado rencor al menor de los Nilsen.
Corría el año mil ochocientos noventa y tantos. Los primeros fríos del retrasado invierno se hacían sentir hasta en los huesos, como si quisieran recuperar en intensidad el casi mes y medio perdido. Ese día las tranquilas calles de Turdera, semivacías, evocaban con cierta nostalgia épocas pasadas.
Yo me encontraba en la taberna del Mudo, para no perder la costumbre de los sábados a la tarde en que, luego de jugar una partida con los amigos, me sentaba ante una de las mesas que daban a la plaza, para ver pasar a la Juliana, camino a la Iglesia.
¡La muy zorra! Como si una confesión semanal la librara de su culpa. ¿Quién entiende a las mujeres? Pero, ¡qué linda era! Con esos ojos tan negros que contrastaban con su piel suave y blanca; aunque yo jamás había podido tocarla. Cada vez que imaginaba a los hermanos Nilsen hacerlo juraba que algún día los mataría. Yo la quería bien y hubiera podido ofrecerle un hogar seguro, si alguna vez me hubiera decidido a ofrecerle matrimonio; siempre que me proponía abordarla, surgía como un rayo, la imagen de Cristián y Eduardo Nilsen, y todo mi amor se convertía en odio.
Esa tarde la Juliana no había pasado. Esperé aproximadamente una hora más y, preocupado, me encaminé presuroso a lo de los hermanos. Anochecía y pude esconderme entre la maleza sin ser visto. La casa estaba a oscuras y no se oía ningún ruido, pero algo me decía que había gente adentro. Como un ladrón al acecho, empuñé el picaporte de la puerta trasera, que estaba sin asegurar y entré. Un gato cruzó por delante de mí y, maullando en la oscuridad, se escabulló por la puerta que yo había dejado abierta. Sigilosamente, y tratando de no hacer ruido, di con el dormitorio de ella.
La luz de la luna se reflejaba en la ventana, iluminando parte de la habitación. Había algo allí, una especie de atracción, que me impulsaba a entrar. Mi corazón latía a velocidad vertiginosa. Cuando ya no pude soportar esa opresión, y quise convencerme de lo absurdo de mi presencia allí, me di vuelta para salir. Entonces mi pie tropezó con un bulto. Mi corazón dio un vuelco al comprobar que se trataba del cuerpo de una mujer; al instante comprendí que era la Juliana.
¡Tanto tiempo había esperado estar a solas con ella! Y, una vez más, el destino sepultaba, con un cuchillo, todas mis vanas ilusiones. Lloré sobre el cuerpo inerte, en un tardío intento de expresarle mi cobarde y ya estéril amor; hasta que la realidad me recordó dónde y en qué difícil situación me encontraba. Ella había sido asesinada y yo ya no podía salvarla.
Aparentemente, no había nadie más en la casa y, antes de que me descubrieran, -con el corazón destrozado y jurando vengar su muerte- huí como si me persiguiera el mismo diablo. El gato aulló una vez más en un tono que me sonó a burla.
La noticia se generalizó muy pronto. Yo me uní a los chismosos para no despertar sospechas, acusando sorpresa ante lo sucedido. Los hermanos Nilsen fueron detenidos para declarar y, dado que el cuerpo había sido encontrado en el pantano –nadie había mencionado un cuchillo-, al cabo de tres días la Policía los dejó en libertad por falta de pruebas. La Juliana no tenía parientes en el pueblo y, como no era nadie, al poco tiempo el caso se cerró y el hecho pasó al olvido. Pero no para mi que, desde su muerte, no había tenido un solo momento de paz.
Seguí frecuentando la taberna del Mudo, cosa de pasar desapercibido, ya que no quería correr el riesgo de que me asociaran con aquel episodio. Últimamente, me había entregado a la bebida como único refugio de mis penas, aunque sólo conseguía acrecentar mi amargura y, por ende, mis ansias de venganza. Había planeado cuidadosamente la muerte de Cristián Nilsen quien, estaba seguro, era el único culpable. Pero antes el hombre tendría que confesarme su traición.
Una noche clara de octubre esperé en el Reñidero a que la paisanada se retirara del lugar. Cristián solía ser el último en irse. Cuando los dos quedamos solos le dije, como al pasar:
-Se la extraña a la doña. ¿No?
El hombre me clavó la mirada, sorprendido- -¿Supongo que se referirá a la Juliana?
-¿Y a quién iba a ser si no?
-Si, claro. Pero yo no soy de esos pollerudos que andan lagrimeando por ahí porque les falta china. La vida continúa y mañana debo madrugar, así que si me disculpa...
-¡Usted no va a ninguna parte! -le dije- y, tomándolo de la solapa, le mostré el filo de mi cuchillo.
-¡Antes me tiene que aclarar algunas dudas!
-Pero, ¿quién es usted y qué es lo que tengo que aclararle?
-Yo soy Juan Somoza y me va a decir la verdad, toda la verdad, desde el principio.
-No sé a qué se refiere –dijo-, pero supe que había entendido.
Y así fue que me enteré de la historia. El mayor de los Nilsen había intentado resistirse, pero el arma y mi decidida expresión terminaron por someterlo. Una vez que empezó a hablar parecía que estaba frente al confesionario. Me contó el modo en que ella lo había embrujado, primero a él y luego a su hermano Eduardo, enemistándolos y convirtiendo sus vidas en un infierno. El intento de ambos de venderla a un prostíbulo de Morón para que los dejara en paz, el posterior rescate y su vuelta para llenar el vacío que su ausencia había dejado en la casa que, sin ella, parecía una tumba, con su espíritu deambulando por cada rincón. Y, por último, el modo en que la había matado, a espaldas de su hermano. Me costaba creer que el hombre que hablaba entrecortadamente y en sollozos, fuese Cristián Nilsen. Yo me había hecho otra idea de ese recio varón, prototipo del orillero de la época.
Y, hecho curioso, su confesión no despertó mi más mínima compasión; por el contrario, un profundo desprecio se apoderó de mí y me abalancé sobre el miserable.
Comenzó la lucha y le asesté un fuerte golpe, desplomándolo inconsciente en el suelo. Faltándome el valor para matarlo, lo dejé allí tendido y me fui. Bastante castigo tenía ya con el peso de sus remordimientos y no era precisamente yo quien debía salvarlo, enviándolo al otro mundo.
Al cabo de una semana lo encontraron muerto en su casa. Nunca se supo la causa. Algunos dijeron que se había suicidado. Fui al velorio a presentarle mis condolencias al infortunado Eduardo, siempre hombre de ley. Por alguna extraña razón, nunca le había guardado rencor al menor de los Nilsen.
Caminemos juntos
Buen día hermano,
caminemos juntos
en este día aciago.
Compartamos nuestra única
bandera, la celeste y blanca,
sin estridencias.
No te dejes engañar
por el rencor que te inyecta
quien convirtió tus ideales
en vanas promesas.
Buen día hermano,
déjame ver tu rostro
que, como el mío,
sólo ambiciona un país
en paz, sin diferencias.
Marchemos unidos,
nadie te desprecia,
sólo el poder de aquel que busca
en nuestra enemistad
su riqueza.
Buen día hermano,
deja atrás el odio,
la lucha armada,
la violencia.
Camina conmigo
y peleemos de la mano
a cara descubierta,
con la fuerza de la Verdad;
esa que, con o sin máscaras,
siempre se manifiesta.
caminemos juntos
en este día aciago.
Compartamos nuestra única
bandera, la celeste y blanca,
sin estridencias.
No te dejes engañar
por el rencor que te inyecta
quien convirtió tus ideales
en vanas promesas.
Buen día hermano,
déjame ver tu rostro
que, como el mío,
sólo ambiciona un país
en paz, sin diferencias.
Marchemos unidos,
nadie te desprecia,
sólo el poder de aquel que busca
en nuestra enemistad
su riqueza.
Buen día hermano,
deja atrás el odio,
la lucha armada,
la violencia.
Camina conmigo
y peleemos de la mano
a cara descubierta,
con la fuerza de la Verdad;
esa que, con o sin máscaras,
siempre se manifiesta.
viernes, 11 de julio de 2008
Mafalda va al psicólogo
-Che Susanita, estoy algo alicaída. Me pesa la vida.
-¿Por qué no vas al psicólogo Mafalda? Mi mamá dice que te hace hablar y hablar y todos los problemas se evaporan, como por arte de magia.
-¿Te parece? Bueno, voy a ir. ¿Me pedís hora?
-Si, ya mismo me ocupo.
Mafalda llega a la sesión a la hora señalada. Un cartel en la puerta le llama la atención: Clínica del Otro Yo del Dr. Merengue. Mafalda se lleva la mano a la barbilla y piensa: “el Dr. Merengue es abogado, ahora tiene una clínica parece. Y bueno, ya que estoy acá, sigo”. La secretaria, que se parece mucho a Susanita, le dice que pase, que todo está listo.
-¡Buenos días Mafalda!- Un hombre atildado y correcto se pone de pie para recibirla y le extiende la mano.
-¡Buenas!
-¿Qué te trae por aquí querida niña?- le contesta Merengue mientras se pregunta qué se traerá entre manos esta mocosa insoportable?
-Me dijeron que venga a hablar con usted para que mis problemas se evaporen.
-Los problemas no se evaporan Mafalda. Se solucionan. Sólo tenés que decirme qué es lo que te preocupa. (Y pensar que es la hora en que la panadera preciosa sale a comprar harina y yo acá con esta nena precoz que seguramente vino a tomarme el pelo...)
-Antes que nada quiero hacerle una pregunta doctor: ¿Si usted es abogado cómo puede ser que ahora sea croquetólogo?
-(Y ahora... ¿de qué me disfrazo?) Mirá querida, como leíste en la puerta mi clínica se llama “El Otro Yo del Dr. Merengue” y mi otro yo es psicólogo.
-Ah bueno! Entonces... ¿estoy hablando con su otro yo?
-Exactamente. (¡Qué alivio, se lo tragó!)
-Pero su otro yo es algo degenerado, según tengo entendido. No sé si estoy en muy buenas manos.
Mientras los colores suben a la cara del Dr. Merengue, éste finge una carcajada y le contesta:
-Ay Mafaldita, sos incorregible... la gente es muy envidiosa e inventa cosas. Vamos a hacer una cosa. Vos contame tus problemas y vas a ver qué bien te sentís después. (Por suerte se está terminando la sesión... ésta es capaz de denunciarme)
-Bueno. Le cuento. La vida se me está haciendo algo insoportable y siento mucho vacío interior. Me pregunto muchas cosas que no tienen respuesta, entre ellas “qué hago acá contándole mis problemas a un perfecto desconocido, a un chanta, que eso es lo que es usted doctor”
-Jeje (mocosa estúpida... ya verá con quién se metió) mi amor, no me digas eso... ¿acaso te he dicho algo inconveniente, te he tratado mal, te he hecho llorar?
-Ninguna de las tres cosas pero yo no soy su amor y seguimos dando vueltas como en una calesita y mis problemas siguen estando sin resolver.
-Pero ¡Qué lástima, se acabó el tiempo! Nos vemos la semana que viene querida. El Dr. Sale apurado de la oficina... (uffff qué alivio... le diré a mi secretaria que la borre de la lista de pacientes, esta nenita es una bomba de tiempo)
-Adiós Otro Yo del Dr. Merengue. Creo que no voy a volver porque ya solucioné mis problemas... era cuestión de sacar para afuera lo que uno tiene atragantado adentro...
Mafalda se alejó del consultorio mientras pensaba: “la humanidad está irremediablemente perdida y con tipos como éste va a ser difícil que encuentre su rumbo...”.
-¿Por qué no vas al psicólogo Mafalda? Mi mamá dice que te hace hablar y hablar y todos los problemas se evaporan, como por arte de magia.
-¿Te parece? Bueno, voy a ir. ¿Me pedís hora?
-Si, ya mismo me ocupo.
Mafalda llega a la sesión a la hora señalada. Un cartel en la puerta le llama la atención: Clínica del Otro Yo del Dr. Merengue. Mafalda se lleva la mano a la barbilla y piensa: “el Dr. Merengue es abogado, ahora tiene una clínica parece. Y bueno, ya que estoy acá, sigo”. La secretaria, que se parece mucho a Susanita, le dice que pase, que todo está listo.
-¡Buenos días Mafalda!- Un hombre atildado y correcto se pone de pie para recibirla y le extiende la mano.
-¡Buenas!
-¿Qué te trae por aquí querida niña?- le contesta Merengue mientras se pregunta qué se traerá entre manos esta mocosa insoportable?
-Me dijeron que venga a hablar con usted para que mis problemas se evaporen.
-Los problemas no se evaporan Mafalda. Se solucionan. Sólo tenés que decirme qué es lo que te preocupa. (Y pensar que es la hora en que la panadera preciosa sale a comprar harina y yo acá con esta nena precoz que seguramente vino a tomarme el pelo...)
-Antes que nada quiero hacerle una pregunta doctor: ¿Si usted es abogado cómo puede ser que ahora sea croquetólogo?
-(Y ahora... ¿de qué me disfrazo?) Mirá querida, como leíste en la puerta mi clínica se llama “El Otro Yo del Dr. Merengue” y mi otro yo es psicólogo.
-Ah bueno! Entonces... ¿estoy hablando con su otro yo?
-Exactamente. (¡Qué alivio, se lo tragó!)
-Pero su otro yo es algo degenerado, según tengo entendido. No sé si estoy en muy buenas manos.
Mientras los colores suben a la cara del Dr. Merengue, éste finge una carcajada y le contesta:
-Ay Mafaldita, sos incorregible... la gente es muy envidiosa e inventa cosas. Vamos a hacer una cosa. Vos contame tus problemas y vas a ver qué bien te sentís después. (Por suerte se está terminando la sesión... ésta es capaz de denunciarme)
-Bueno. Le cuento. La vida se me está haciendo algo insoportable y siento mucho vacío interior. Me pregunto muchas cosas que no tienen respuesta, entre ellas “qué hago acá contándole mis problemas a un perfecto desconocido, a un chanta, que eso es lo que es usted doctor”
-Jeje (mocosa estúpida... ya verá con quién se metió) mi amor, no me digas eso... ¿acaso te he dicho algo inconveniente, te he tratado mal, te he hecho llorar?
-Ninguna de las tres cosas pero yo no soy su amor y seguimos dando vueltas como en una calesita y mis problemas siguen estando sin resolver.
-Pero ¡Qué lástima, se acabó el tiempo! Nos vemos la semana que viene querida. El Dr. Sale apurado de la oficina... (uffff qué alivio... le diré a mi secretaria que la borre de la lista de pacientes, esta nenita es una bomba de tiempo)
-Adiós Otro Yo del Dr. Merengue. Creo que no voy a volver porque ya solucioné mis problemas... era cuestión de sacar para afuera lo que uno tiene atragantado adentro...
Mafalda se alejó del consultorio mientras pensaba: “la humanidad está irremediablemente perdida y con tipos como éste va a ser difícil que encuentre su rumbo...”.
domingo, 15 de junio de 2008
Soneto a papá en el cielo
Hace tiempo te fuiste, y me dejaste
sin despedirte ni avisar que partirías;
eras mi guía, mi faro, mi estandarte,
mi horizonte, la luz del sol, mi guarida.
No necesitaba contarte de mis sueños,
con sólo mirarme los intuías;
y me alentabas con tu valor y empeño
a encontrar en mis tristezas, alegrías.
Entre tanto hermano yo era tu preferida,
y ellos creían lo mismo pero yo no lo sabía,
era tu presencia un pilar, todo lo contenía;
fuiste el mejor ejemplo, el amor, la vida.
Te extraño papá, no sabes cuánto daría
por abrazarte una vez más, hoy en tu día.
sin despedirte ni avisar que partirías;
eras mi guía, mi faro, mi estandarte,
mi horizonte, la luz del sol, mi guarida.
No necesitaba contarte de mis sueños,
con sólo mirarme los intuías;
y me alentabas con tu valor y empeño
a encontrar en mis tristezas, alegrías.
Entre tanto hermano yo era tu preferida,
y ellos creían lo mismo pero yo no lo sabía,
era tu presencia un pilar, todo lo contenía;
fuiste el mejor ejemplo, el amor, la vida.
Te extraño papá, no sabes cuánto daría
por abrazarte una vez más, hoy en tu día.
martes, 10 de junio de 2008
Ella siempre y nunca (de Celia para Vivi)
-Se cortó la luz pero no se dio cuenta y si se dio cuenta no le importó. El crepúsculo avanzaba en el horizonte, en un cielo escarlata donde el sol y la luna escenificaban su batalla diaria. Se veía un sol henchido, orgulloso, y una luna arrugada y grisácea; nada hacía anticipar su victoria pero iba a ganar, porque no hay enemigo pequeño y ella, como la luna, también lo sabía. Los árboles más cercanos parecían dibujados con pluma; sobre la colina que señalaba los límites, allá donde la vista se perdía, los árboles no eran más que siluetas rellenas de negro. Un pájaro rezagado cruzó el espacio como una saeta y la anciana siguió su vertiginoso vuelo hasta que el ave se perdió por los márgenes del ventanal. El panorama que ofrecen los ocasos es tan bello como el de los amaneceres, pensó y, al punto, la misma pregunta que siempre se hacía- “¿será por eso?”- amenazó con amargarle una nueva velada. Es difícil ser vieja –se dijo- pero aún lo es más haberlo sido siempre. Los viejos tienen todo el tiempo del mundo para pensar, eso es lo malo de la vejez, pero yo tengo todo el mundo del tiempo para gastarlo en pensamientos.
Miró el sol, cada vez más exultante en su redondez, cada vez más a punto de extinguirse y, acto seguido, llevó sus ojos a sus manos marchitas, rugosas y grises como la luna segura de su victoria. Pero no hay enemigo pequeño y entre el sol, la luna y sus manos un ejército de seres ganarían la batalla cotidiana y mañana ya no abrirían los ojos a la nueva luz.
Se levantó penosamente de su butaca y dio unos pasos con la torpeza de su eterna vejez y la elasticidad de su perpetua juventud. Se sintió más inútil que nunca, siendo nunca lo mismo que siempre, su única medida. Se vio a sí misma como una mísera perdedora y otra vez, en su reloj que sólo marca la misma hora, esa que oscila entre el nunca y el siempre en punto, se preguntó para qué existía ella si la Vida le hacía su trabajo, si los vivos morían sin permitirle a ella un resquicio de ayuda. Se mueren ellos solos –pensó- , nadie me ha necesitado nunca.
De pronto, el sol cayó y la luna se irguió, triunfante, sobre sus rescoldos.
Miró el sol, cada vez más exultante en su redondez, cada vez más a punto de extinguirse y, acto seguido, llevó sus ojos a sus manos marchitas, rugosas y grises como la luna segura de su victoria. Pero no hay enemigo pequeño y entre el sol, la luna y sus manos un ejército de seres ganarían la batalla cotidiana y mañana ya no abrirían los ojos a la nueva luz.
Se levantó penosamente de su butaca y dio unos pasos con la torpeza de su eterna vejez y la elasticidad de su perpetua juventud. Se sintió más inútil que nunca, siendo nunca lo mismo que siempre, su única medida. Se vio a sí misma como una mísera perdedora y otra vez, en su reloj que sólo marca la misma hora, esa que oscila entre el nunca y el siempre en punto, se preguntó para qué existía ella si la Vida le hacía su trabajo, si los vivos morían sin permitirle a ella un resquicio de ayuda. Se mueren ellos solos –pensó- , nadie me ha necesitado nunca.
De pronto, el sol cayó y la luna se irguió, triunfante, sobre sus rescoldos.
jueves, 8 de mayo de 2008
Un papel de caramelo
Estoy sola en un ascensor que se quedó atascado entre dos pisos. Me siento en el suelo, espero, pero el tiempo no pasa. Alguien vendrá pienso, pero nadie viene. Es domingo a la tarde, los domingos nadie sale de sus casas. Miro el piso, hay pisadas de hombres y de mujeres, alguna de un perro, pelos, un papel de caramelo, un botón y yo. Yo frente a mi misma, sin salida, sin un lugar por donde poder escaparme de los pensamientos que aparecen y desparecen y danzan en una melodía burlona taladrando mi cerebro. No puedo pararlos. Me desespero, me tomo la cabeza con las dos manos y sentada en posición de loto, miro el piso, tengo frente a mí el papel de caramelo. Lo miro fijo. El silencio es lacerante, me invade y se mezcla con mis pensamientos. Lloro, con un llanto hondo y profundo. Por mí, por vos, por este silencio que me recuerda al tuyo, por mis hijos que se están yendo, por los años perdidos, por los años ganados, por el trabajo, por las historias, por los poemas, por los amigos que se fueron y los que aún están. Por mi padre que se fue sin avisarme a los dieciocho cuando no tenía idea de lo que significaba un Edipo. Por mi madre que también se fue cansada de que no la comprendiera justo cuando empezaba a hacerlo. Por mis uñas despintadas y el dolor en el codo, y el precio de la carne y mi trabajo y por... este ruido salvador a turbina que arranca y me deposita de nuevo en mi realidad cotidiana, para que no siga pensando, para que no te siga extrañando y para que me olvide de que alguna vez me quisiste tanto.
La marea
Juan caminó hasta el muelle subiéndose el cuello del abrigo negro. Observó el horizonte que se confundía con la inmensidad del océano gris. Un barco pesquero hizo que desviara la mirada por un momento para volver a concentrarse en un punto lejano. Sumido en sus pensamientos no advirtió que la marea iba subiendo lentamente y empezaba a humedecer sus pies, enfundados en unas gruesas botas de cuero. No llevaba equipaje y todo indicaba que esperaba a alguna embarcación. ¿Se atrevería a volver? ¿Estaba dispuesto a enfrentarse a los fantasmas del pasado? Pensó en ella. Metió la mano en el bolsillo de la campera y palpó una vieja foto ajada por el tiempo. Se preguntó por qué guardaba ese retrato. El viaje era largo y todavía no estaba seguro si se atrevería a enfrentar la verdad. Tenía tiempo para pensar; todo el tiempo del mundo.
El recuerdo de Carola no lo había abandonado durante los tres años que permaneció en la isla. La imagen de los dos amantes en su propia cama lo perseguía como una burla siniestra; las imágenes se sucedían una tras otra: la expresión del horror en esa cara perfecta de Carola al escuchar el disparo y la sangre de Ricardo tiñendo las sábanas blancas de su propia cama; su huida cobarde después de matar a su socio y amigo que no se pudo llevar al otro mundo el peso de la traición, viva aún en su memoria. Los fantasmas desaparecían de su mente atormentada sólo cuando el alcohol lo trasladaba a un presente impregnado de amores pasajeros y fáciles. La venganza no había tenido los efectos deseados; su espíritu estaba amputado por el resentimiento y la pena.
El estruendo de una enorme ola lo sacó de sus cavilaciones; resbaló y la fuerza torrencial lo arrastró consigo en un segundo que le pareció un siglo. El agua helada le acalambró las piernas y su mente se oscureció hasta que todo fue silencio. Se aferró al retrato y gritó su nombre. Una suave quietud inundó su alma y se dejó llevar. El barco pesquero se acercaba despacio a la escollera, ajeno a todo.
El recuerdo de Carola no lo había abandonado durante los tres años que permaneció en la isla. La imagen de los dos amantes en su propia cama lo perseguía como una burla siniestra; las imágenes se sucedían una tras otra: la expresión del horror en esa cara perfecta de Carola al escuchar el disparo y la sangre de Ricardo tiñendo las sábanas blancas de su propia cama; su huida cobarde después de matar a su socio y amigo que no se pudo llevar al otro mundo el peso de la traición, viva aún en su memoria. Los fantasmas desaparecían de su mente atormentada sólo cuando el alcohol lo trasladaba a un presente impregnado de amores pasajeros y fáciles. La venganza no había tenido los efectos deseados; su espíritu estaba amputado por el resentimiento y la pena.
El estruendo de una enorme ola lo sacó de sus cavilaciones; resbaló y la fuerza torrencial lo arrastró consigo en un segundo que le pareció un siglo. El agua helada le acalambró las piernas y su mente se oscureció hasta que todo fue silencio. Se aferró al retrato y gritó su nombre. Una suave quietud inundó su alma y se dejó llevar. El barco pesquero se acercaba despacio a la escollera, ajeno a todo.
sábado, 3 de mayo de 2008
El retrato
Ya no podré borrar de mi recuerdo aquel verano en Junín. Corría el mes de enero, eran mis vacaciones y no tenía demasiadas perspectivas de ir a ninguna parte hasta que surgió una invitación que marcó mi vida para siempre. Las cabalgatas a la luz de la luna, la gama de grises en el cielo de tormenta, el color verde intenso del pasto recién cortado, las caminatas alrededor de la laguna, el silencio del campo, siguen vivos en mí como si no hubieran pasado los años.
La invitación fue inusual. Damasia Domínguez no era mi amiga, pero nuestros padres sí y me habían convencido de que pasara ese mes en Junín. Como no tenía otra opción mejor acepté desganada, con esa displicencia típica de los dieciséis años.
Bastaron unos pocos días para que me diera cuenta de que no tenía nada que hacer en ese pueblo y que jamás podría considerar a Damasia mi amiga. Su diversión mayor era ir a la pileta del Club Social a tomar sol y escuchar Radio Sarandi, siempre a la misma hora, ya que su novio Daniel (que estudiaba en La Plata) hacía lo mismo. Era la única manera que podían mantenerse conectados. Ella anotaba prolijamente en una libretita los temas musicales que pasaban en la radio y él hacía lo mismo. A la tarde, la mayor diversión consistía en visitar a sus amigas o ir a la confitería del pueblo a tomar una gaseosa con lenguas de gato y ver pasar a la gente dar la vuelta al perro. En aquellos momentos recuerdo que extrañaba como nunca a mi familia, a mi casa.
Llegó un momento en que me resigné porque sabía que no podía volver –mis padres se habían ido de viaje- y decidí disfrutar como pudiera. Y como suele suceder en esos casos en que uno acepta el destino y se entrega, cuando menos lo esperaba se produjo el mágico encuentro. Nos lo cruzamos un día cuando caminábamos por el pueblo en esas calurosas y aburridas tardes. El paró la camioneta para saludar a mi amiga y el flechazo fue mutuo. Esa misma tarde nos invitó a tomar el té a su casa. Damasia se negó, quería ir a la pileta a encontrarse por la radio con Daniel. Yo me empeciné en ir y partí con sus padres, sin sentir el menor atisbo de culpa por dejar a mi “amiga”.
En cuanto llegué lo vi, él vino a mi encuentro y me llevó al jardín a mostrarme la laguna. Los demás parecieron desaparecer del entorno. Sólo existíamos él y yo. Me invitó a andar a caballo y nos fuimos solos. El mundo se había detenido y tenía otros colores, otros aromas, otros paisajes. Nada ya sería igual. Lo único que me importaba eran esos ojos atravesando mi cuerpo y mi alma. Volvimos antes del anochecer; el auto de los Domínguez estaba con el motor encendido, en la tranquera, esperándome. Bajé del caballo y corrí hacia el auto, con las mejillas rosadas y el corazón latiendo a un ritmo diferente. Les dije que Rosendo me había invitado a quedarme, que no se preocuparan por mí, que estaría bien. Aunque insistieron en que debía partir con ellos, mi determinación no les dio opción y se fueron.
Los días que siguieron a nuestro encuentro parecieron detener el tiempo. Cuando mi familia vino a buscarme él me mantuvo oculta y negó haberme visto. Les dijo que yo había regresado a mi ciudad natal, que él mismo me había llevado a la terminal a tomar el ómnibus. Lo mismo les informó a los policías que aparecían cada tanto preguntando por mí. Yo no quería ver a nadie más que a él. Respiraba a través de su cuerpo y cuando se ausentaba, lo que empezó a ocurrir cada vez más asiduamente, necesitaba su retrato para sentir el aire entrar por mis pulmones. Rosendo se había convertido en una adicción de la que no podía escapar. El salía con su camioneta todas las mañanas y volvía al atardecer para llevarme a recorrer el campo y hacerme el amor a la luz de la luna. A veces desaparecía por días y cuando volvía nos amábamos frenéticamente, con desesperación. El era todo lo que yo necesitaba: el agua, el alimento, las fantasías y los sueños. Hasta que dejó de venir. Yo había perdido la noción del tiempo y del espacio pero un día, en un rapto de cordura, tomé su retrato y empecé a caminar en dirección al pueblo. Llegué sin sentir cansancio, ni hambre, ni frío, hasta que me encontré frente a la estación de Policía. Un cabo salió a mi encuentro. Tenía en la mano un afiche con una foto mía.
-Señorita, la buscamos por tres años. ¿Dónde se había metido?
-No lo sé. Me perdí en un abismo y no recuerdo nada. Me pregunto por qué guardo este retrato. El viaje fue largo.
-Venga señorita, siéntese. Ahora le traigo un café.
El hombre me observó con asombro y me hizo una seña para que le entregara el retrato.
-Este hombre es Rosendo Leiva.
-Si ¿Usted lo conoce? ¿Sabe dónde lo puedo encontrar?
-Está muerto... lo acuchillaron hace dos años... su padre...
-¿Mi padre?
-Si, su padre lo mató y se entregó. Está en la cárcel del pueblo, cumpliendo una larga condena.
-¿Y mi madre? ¿Mis hermanos? ¿Por qué no me buscaron?
Nunca dejaron de buscarla señorita. De esto han pasado tres años. Hace una semana estuvieron por acá. Cada vez que íbamos a la estancia, todo estaba en penumbras y parecía no haber nadie. ¿Se puede saber dónde se encontraba usted?
-Allí. Allí estaba. Esperándolo...
La invitación fue inusual. Damasia Domínguez no era mi amiga, pero nuestros padres sí y me habían convencido de que pasara ese mes en Junín. Como no tenía otra opción mejor acepté desganada, con esa displicencia típica de los dieciséis años.
Bastaron unos pocos días para que me diera cuenta de que no tenía nada que hacer en ese pueblo y que jamás podría considerar a Damasia mi amiga. Su diversión mayor era ir a la pileta del Club Social a tomar sol y escuchar Radio Sarandi, siempre a la misma hora, ya que su novio Daniel (que estudiaba en La Plata) hacía lo mismo. Era la única manera que podían mantenerse conectados. Ella anotaba prolijamente en una libretita los temas musicales que pasaban en la radio y él hacía lo mismo. A la tarde, la mayor diversión consistía en visitar a sus amigas o ir a la confitería del pueblo a tomar una gaseosa con lenguas de gato y ver pasar a la gente dar la vuelta al perro. En aquellos momentos recuerdo que extrañaba como nunca a mi familia, a mi casa.
Llegó un momento en que me resigné porque sabía que no podía volver –mis padres se habían ido de viaje- y decidí disfrutar como pudiera. Y como suele suceder en esos casos en que uno acepta el destino y se entrega, cuando menos lo esperaba se produjo el mágico encuentro. Nos lo cruzamos un día cuando caminábamos por el pueblo en esas calurosas y aburridas tardes. El paró la camioneta para saludar a mi amiga y el flechazo fue mutuo. Esa misma tarde nos invitó a tomar el té a su casa. Damasia se negó, quería ir a la pileta a encontrarse por la radio con Daniel. Yo me empeciné en ir y partí con sus padres, sin sentir el menor atisbo de culpa por dejar a mi “amiga”.
En cuanto llegué lo vi, él vino a mi encuentro y me llevó al jardín a mostrarme la laguna. Los demás parecieron desaparecer del entorno. Sólo existíamos él y yo. Me invitó a andar a caballo y nos fuimos solos. El mundo se había detenido y tenía otros colores, otros aromas, otros paisajes. Nada ya sería igual. Lo único que me importaba eran esos ojos atravesando mi cuerpo y mi alma. Volvimos antes del anochecer; el auto de los Domínguez estaba con el motor encendido, en la tranquera, esperándome. Bajé del caballo y corrí hacia el auto, con las mejillas rosadas y el corazón latiendo a un ritmo diferente. Les dije que Rosendo me había invitado a quedarme, que no se preocuparan por mí, que estaría bien. Aunque insistieron en que debía partir con ellos, mi determinación no les dio opción y se fueron.
Los días que siguieron a nuestro encuentro parecieron detener el tiempo. Cuando mi familia vino a buscarme él me mantuvo oculta y negó haberme visto. Les dijo que yo había regresado a mi ciudad natal, que él mismo me había llevado a la terminal a tomar el ómnibus. Lo mismo les informó a los policías que aparecían cada tanto preguntando por mí. Yo no quería ver a nadie más que a él. Respiraba a través de su cuerpo y cuando se ausentaba, lo que empezó a ocurrir cada vez más asiduamente, necesitaba su retrato para sentir el aire entrar por mis pulmones. Rosendo se había convertido en una adicción de la que no podía escapar. El salía con su camioneta todas las mañanas y volvía al atardecer para llevarme a recorrer el campo y hacerme el amor a la luz de la luna. A veces desaparecía por días y cuando volvía nos amábamos frenéticamente, con desesperación. El era todo lo que yo necesitaba: el agua, el alimento, las fantasías y los sueños. Hasta que dejó de venir. Yo había perdido la noción del tiempo y del espacio pero un día, en un rapto de cordura, tomé su retrato y empecé a caminar en dirección al pueblo. Llegué sin sentir cansancio, ni hambre, ni frío, hasta que me encontré frente a la estación de Policía. Un cabo salió a mi encuentro. Tenía en la mano un afiche con una foto mía.
-Señorita, la buscamos por tres años. ¿Dónde se había metido?
-No lo sé. Me perdí en un abismo y no recuerdo nada. Me pregunto por qué guardo este retrato. El viaje fue largo.
-Venga señorita, siéntese. Ahora le traigo un café.
El hombre me observó con asombro y me hizo una seña para que le entregara el retrato.
-Este hombre es Rosendo Leiva.
-Si ¿Usted lo conoce? ¿Sabe dónde lo puedo encontrar?
-Está muerto... lo acuchillaron hace dos años... su padre...
-¿Mi padre?
-Si, su padre lo mató y se entregó. Está en la cárcel del pueblo, cumpliendo una larga condena.
-¿Y mi madre? ¿Mis hermanos? ¿Por qué no me buscaron?
Nunca dejaron de buscarla señorita. De esto han pasado tres años. Hace una semana estuvieron por acá. Cada vez que íbamos a la estancia, todo estaba en penumbras y parecía no haber nadie. ¿Se puede saber dónde se encontraba usted?
-Allí. Allí estaba. Esperándolo...
Un loco encuentro
Cuando lo vi acercarse mi corazón dio un vuelco. Era él. No podía creerlo y estábamos los dos solos esperando el ascensor. Me saludó con una sonrisa amable y cuando la puerta se abrió, me hizo una seña de que subiera primero.
Los dos al mismo tiempo tratamos de tocar el número diecisiete y el roce de su mano me erizó la piel. Tenía miedo de que se diera cuenta de lo fuerte que latía mi corazón mientras me preguntaba qué decirle. Hacía dos meses que trabajábamos juntos y nunca habíamos cruzado más que un saludo. Algo en él me intimidaba y me atraía al mismo tiempo. Y yo sabía que mi presencia no le era indiferente. Sentíamos los dos esa corriente en el aire cuando estábamos cerca uno del otro. Pero no estaba lista aún para este encuentro inesperado. Cuando estaba pensando cómo encarar una conversación, el ascensor se paró entre los pisos doce y trece. La luz se apagó e inmediatamente volvió con menos fuerza aunque el ascensor siguió parado. Tocamos todos los botones que encontramos pero nada. No se movía. Esperamos un rato y él empezó a transpirar, noté que palidecía y parecía que se iba a desmayar.
-¿Te sentís bien?
-No, soy claustrofóbico.
-Bueno, tratá de serenarte. Seguramente enseguida vuelve a funcionar.
-No, no va a funcionar, lo sé, y me voy a desmayar y después me voy a morir acá adentro, encerrado con una mina que ni conozco. ¡Por lo menos si me hubiera quedado encerrado con Roberto, moriría más contento! Si no se abre esta puerta en breve los dos vamos a morir. Lo sé. ¡Dios, qué muerte tan absurda e inútil!
El tipo se puso a llorar a los gritos y llamaba a la madre y yo no sabía que hacer. A la sorpresa se sumó la rabia y empecé a insultarlo y a decirle quién se creía que era para decirme “mina”, que se calmara porque si no le iba a dar una cachetada.
-¡No, no puedo calmarme! No te dije que soy claustrofóbico, no aguanto los lugares cerrados... ¡Ay me muero, te juro que me muero! ¡Mamaaaaaaaaaá!!!!
Se abrazó a mí y yo lo empujé y le pegué una cachetada.
-¡Salí de encima mío, pedazo de idiota!
En medio de las trompadas me tomó la barbilla y me encajó un beso en la boca. Traté de apartarlo con toda la fuerza que pude pero de a poco fui sintiendo un calor interno que me envolvía y me dejé llevar. No podía creer que un puto me estuviera besando y de esa manera. Nos separamos un rato y quedé como atontada. No sabía qué hacer ni cómo continuar, sobrepasada por la situación, hasta que el ascensor empezó a moverse nuevamente. El me miró, y con la sonrisa más seductora del mundo, me dijo:
-¿Te lo creíste sonsa? Hace dos meses que no duermo pensando en vos, me tenés totalmente enamorado. Yo intenté pegarle de nuevo pero él atajó el golpe tomándome por la muñeca. Las puertas se abrieron en el piso diecisiete. Lo miré a los ojos antes de bajar y le dije:
-Esto me lo vas a pagar.- Me di vuelta encarando mi oficina para que no notara la sonrisa que no pude disimular.
Los dos al mismo tiempo tratamos de tocar el número diecisiete y el roce de su mano me erizó la piel. Tenía miedo de que se diera cuenta de lo fuerte que latía mi corazón mientras me preguntaba qué decirle. Hacía dos meses que trabajábamos juntos y nunca habíamos cruzado más que un saludo. Algo en él me intimidaba y me atraía al mismo tiempo. Y yo sabía que mi presencia no le era indiferente. Sentíamos los dos esa corriente en el aire cuando estábamos cerca uno del otro. Pero no estaba lista aún para este encuentro inesperado. Cuando estaba pensando cómo encarar una conversación, el ascensor se paró entre los pisos doce y trece. La luz se apagó e inmediatamente volvió con menos fuerza aunque el ascensor siguió parado. Tocamos todos los botones que encontramos pero nada. No se movía. Esperamos un rato y él empezó a transpirar, noté que palidecía y parecía que se iba a desmayar.
-¿Te sentís bien?
-No, soy claustrofóbico.
-Bueno, tratá de serenarte. Seguramente enseguida vuelve a funcionar.
-No, no va a funcionar, lo sé, y me voy a desmayar y después me voy a morir acá adentro, encerrado con una mina que ni conozco. ¡Por lo menos si me hubiera quedado encerrado con Roberto, moriría más contento! Si no se abre esta puerta en breve los dos vamos a morir. Lo sé. ¡Dios, qué muerte tan absurda e inútil!
El tipo se puso a llorar a los gritos y llamaba a la madre y yo no sabía que hacer. A la sorpresa se sumó la rabia y empecé a insultarlo y a decirle quién se creía que era para decirme “mina”, que se calmara porque si no le iba a dar una cachetada.
-¡No, no puedo calmarme! No te dije que soy claustrofóbico, no aguanto los lugares cerrados... ¡Ay me muero, te juro que me muero! ¡Mamaaaaaaaaaá!!!!
Se abrazó a mí y yo lo empujé y le pegué una cachetada.
-¡Salí de encima mío, pedazo de idiota!
En medio de las trompadas me tomó la barbilla y me encajó un beso en la boca. Traté de apartarlo con toda la fuerza que pude pero de a poco fui sintiendo un calor interno que me envolvía y me dejé llevar. No podía creer que un puto me estuviera besando y de esa manera. Nos separamos un rato y quedé como atontada. No sabía qué hacer ni cómo continuar, sobrepasada por la situación, hasta que el ascensor empezó a moverse nuevamente. El me miró, y con la sonrisa más seductora del mundo, me dijo:
-¿Te lo creíste sonsa? Hace dos meses que no duermo pensando en vos, me tenés totalmente enamorado. Yo intenté pegarle de nuevo pero él atajó el golpe tomándome por la muñeca. Las puertas se abrieron en el piso diecisiete. Lo miré a los ojos antes de bajar y le dije:
-Esto me lo vas a pagar.- Me di vuelta encarando mi oficina para que no notara la sonrisa que no pude disimular.
El utilero (de Lili Marleen)
(Inspirado en la ópera AIDA de Giuseppe Verdi)
La primera vez que vió todo el material de la ópera AIDA, se enamoró para siempre de la cultura egipcia. Se lo escuchaba decir: "me gustaría ir allá, visitar Egipto, indagar in situ y en profundidad, todo lo que fue esa época esplendorosa, conocer el legado apabullante y misterioso de los faraones".
Siendo muy joven había ingresado al feudo de la música lírica, La Scala de Milán. Desde hacía muchos años integraba un grupo de avezados utileros que se movían presurosos, ahora él, más calmo por su vejez, los acompañaba con su experiencia. Apasionado por la ópera, un género que lo cautiva y moviliza, usó un montón de artimañas para conseguir alargar su actividad. Metros siderales de damascos, brocados, sedas orientales, pasamanerías y otros adornos, pasaron a inyectarle vida a esos lejanos personajes, como los pensara Giuseppe Verdi. Revisaba atentamente la utilería de la obra; armas, escudos, máscaras, cetros, pebeteros, etc...
Imaginarse a las nobles reinas y sus esclavas ataviadas con alhajas de tan exóticos diseños, lo hacian sentirse como parte de la mismísima ópera; éstos elementos lo transportaban simbióticamente. Vaya a saber por qué, y de dónde, esta ópera le traía resonancias. Su experiencia lo convertía en un mago que abre baúles, recorre galerías, y en las estánterias descubre exactamente lo que el régisseur le pide. Esa noche el teatro se preparaba para recibir una platea de lujo, muy ansiosa por oir cantar a la diva.
Empezó la función, el gran despliegue, la orquesta, las voces; todo brilló al unísono. En la platea, como de costumbre, cada vez que cantaba ella, se lo vió sentado al griego, su eterno enamorado. Ella, en lo alto, cantaba e interpretaba el drama, mientras él, más abajo, la contemplaba y escuchaba extasiado.
En el último acto, cuando Radamés es condenado a morir en una pestilente mazmorra, desechando la salvación que le ofrece Amneris, la hija del faraón, desde la oscuridad emerge Aida, la esclava etíope, para acompañarlo a transitar la muerte, y es cuando llega el final donde los aplausos repetidos e interminables, invandieron todos los rincones.
Francesco, entre bambalinas, afinaba el oido y espiaba por algún resquicio.
De repente, sintió que le faltaba el aire, que un profundo dolor se instalaba en su pecho, al punto que se dejó caer. Se le empezaron a mezclar recuerdos y escenas, todo fluctúaba entre la ficción y la vida real. En un desvarío que se precipitaba sin dejarlo reaccionar, le parece ver en la platea a Radamés, ocupando el lugar del griego, mirando y escuchando embelesado el espectáculo.
Las escenas se van esfumando, como escapándose dentro de un túnel interminable. Se vé caminando entre pirámides, admirando inmensas columnas de templos, penetrando en las tumbas y navegando por el Nilo. Lo que un día soñó, y le pareció casi imposible, ahora lo tenía ahí.
En la platea, Egipto dominaba la escena.
Al otro día, un diario local, publicó la noticia que en la Scala de Milán, durante la función de AIDA, un antiguo y veterano utilero, el Sr. Francesco Ferrante, abandonaba la vida a raiz de un paro cardíaco.
Martha Cassará (Lili Marleen)
La primera vez que vió todo el material de la ópera AIDA, se enamoró para siempre de la cultura egipcia. Se lo escuchaba decir: "me gustaría ir allá, visitar Egipto, indagar in situ y en profundidad, todo lo que fue esa época esplendorosa, conocer el legado apabullante y misterioso de los faraones".
Siendo muy joven había ingresado al feudo de la música lírica, La Scala de Milán. Desde hacía muchos años integraba un grupo de avezados utileros que se movían presurosos, ahora él, más calmo por su vejez, los acompañaba con su experiencia. Apasionado por la ópera, un género que lo cautiva y moviliza, usó un montón de artimañas para conseguir alargar su actividad. Metros siderales de damascos, brocados, sedas orientales, pasamanerías y otros adornos, pasaron a inyectarle vida a esos lejanos personajes, como los pensara Giuseppe Verdi. Revisaba atentamente la utilería de la obra; armas, escudos, máscaras, cetros, pebeteros, etc...
Imaginarse a las nobles reinas y sus esclavas ataviadas con alhajas de tan exóticos diseños, lo hacian sentirse como parte de la mismísima ópera; éstos elementos lo transportaban simbióticamente. Vaya a saber por qué, y de dónde, esta ópera le traía resonancias. Su experiencia lo convertía en un mago que abre baúles, recorre galerías, y en las estánterias descubre exactamente lo que el régisseur le pide. Esa noche el teatro se preparaba para recibir una platea de lujo, muy ansiosa por oir cantar a la diva.
Empezó la función, el gran despliegue, la orquesta, las voces; todo brilló al unísono. En la platea, como de costumbre, cada vez que cantaba ella, se lo vió sentado al griego, su eterno enamorado. Ella, en lo alto, cantaba e interpretaba el drama, mientras él, más abajo, la contemplaba y escuchaba extasiado.
En el último acto, cuando Radamés es condenado a morir en una pestilente mazmorra, desechando la salvación que le ofrece Amneris, la hija del faraón, desde la oscuridad emerge Aida, la esclava etíope, para acompañarlo a transitar la muerte, y es cuando llega el final donde los aplausos repetidos e interminables, invandieron todos los rincones.
Francesco, entre bambalinas, afinaba el oido y espiaba por algún resquicio.
De repente, sintió que le faltaba el aire, que un profundo dolor se instalaba en su pecho, al punto que se dejó caer. Se le empezaron a mezclar recuerdos y escenas, todo fluctúaba entre la ficción y la vida real. En un desvarío que se precipitaba sin dejarlo reaccionar, le parece ver en la platea a Radamés, ocupando el lugar del griego, mirando y escuchando embelesado el espectáculo.
Las escenas se van esfumando, como escapándose dentro de un túnel interminable. Se vé caminando entre pirámides, admirando inmensas columnas de templos, penetrando en las tumbas y navegando por el Nilo. Lo que un día soñó, y le pareció casi imposible, ahora lo tenía ahí.
En la platea, Egipto dominaba la escena.
Al otro día, un diario local, publicó la noticia que en la Scala de Milán, durante la función de AIDA, un antiguo y veterano utilero, el Sr. Francesco Ferrante, abandonaba la vida a raiz de un paro cardíaco.
Martha Cassará (Lili Marleen)
viernes, 2 de mayo de 2008
A mis hijos
No estés triste, no llores.
Mira los pájaros del cielo,
cómo cantan
coqueteando con las flores.
Acá estoy
para cantarte mis canciones,
cada vez que tus ojos
lo pidan.
Velaré tu sueño
y haré malabares
para que sonrías;
para que celebres la vida,
y conserves esa mirada limpia,
ávida, inocente,
pícara, insolente,
malhumorada.
Yo enfrentaré por vos
las tormentas que el destino
te presente.
Subiré al cielo
y encontraré aquel cometa
que remontaste una vez
para pedirle te devuelva,
una a una,
todas sus respuestas.
Te contaré historias
de reyes
que celebraron victorias.
No llores.
Reí, luchá, arremeté, soñá.
Que no te venza el
desaliento ni la duda.
Que sea el valor
tu armadura;
Defendé tu verdad
con nobleza.
Y viví
con alegría y simpleza.
Mi lámpara será tu luz
Y mi amor tu fortaleza.
Mira los pájaros del cielo,
cómo cantan
coqueteando con las flores.
Acá estoy
para cantarte mis canciones,
cada vez que tus ojos
lo pidan.
Velaré tu sueño
y haré malabares
para que sonrías;
para que celebres la vida,
y conserves esa mirada limpia,
ávida, inocente,
pícara, insolente,
malhumorada.
Yo enfrentaré por vos
las tormentas que el destino
te presente.
Subiré al cielo
y encontraré aquel cometa
que remontaste una vez
para pedirle te devuelva,
una a una,
todas sus respuestas.
Te contaré historias
de reyes
que celebraron victorias.
No llores.
Reí, luchá, arremeté, soñá.
Que no te venza el
desaliento ni la duda.
Que sea el valor
tu armadura;
Defendé tu verdad
con nobleza.
Y viví
con alegría y simpleza.
Mi lámpara será tu luz
Y mi amor tu fortaleza.
Yo sé
Yo sé cuál es la pena que te aqueja,
sé de tus miedos,
de las dudas que te enferman;
y de las tinieblas
donde tu corazón herido se atormenta.
Estás sufriendo
y no sos vos quien piensa;
sometes a una abnegada virtud
tu naturaleza;
y no querés escuchar
a tu alma inquieta.
No dejes que la duda te venza,
evita arrepentirte
del supremo error
de no ser vos quien elija;
y no des nunca vuelta la cabeza,
dirígila a tu Dios
y esperá Su respuesta,
y no confundas su pedido de ser digno
con no vivir,
ni ser vos mismo quien contesta.
sé de tus miedos,
de las dudas que te enferman;
y de las tinieblas
donde tu corazón herido se atormenta.
Estás sufriendo
y no sos vos quien piensa;
sometes a una abnegada virtud
tu naturaleza;
y no querés escuchar
a tu alma inquieta.
No dejes que la duda te venza,
evita arrepentirte
del supremo error
de no ser vos quien elija;
y no des nunca vuelta la cabeza,
dirígila a tu Dios
y esperá Su respuesta,
y no confundas su pedido de ser digno
con no vivir,
ni ser vos mismo quien contesta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)