¡Hola Negra! Desde el asteroide Kettler te hablo! No te asustes. Soy Román, me quedé atascado aquí camino al Paraíso.
Te cuento que es una especie de purgatorio que algunos atorrantes como yo necesitamos para llegar más preparados al Cielo, un lugar que acá se comenta que es posta. Este es un sitio bastante siniestro, muchas almas pululan a mi alrededor, pero nadie se acerca a menos que yo lo haga. Por las noches, que en realidad se miden porque las estrellas se ven más cerca -porque aquí es siempre de noche- se reúnen en grupos de seis, en una especie de cráteres que hay. Uno se tiene que acercar y elegir un asiento; si no hay lugar, prueba en otro hasta que se ubica. Dentro de estos cráteres hay luz, pero no hay ninguna bombita, ni lámpara, ni nada. Es una luz muy blanca, diferente a las luces de allá. Uno de los seis es el líder y el encargado de hablarnos sobre las diferentes maneras de salir de acá. Parece que los que aprendan se van al Cielo y los que no, se irán con este asteroide a chocar contra la tierra, pero no nos dijo cuándo. No te asustes mi amor porque eso va a pasar en millones de años. Dice que hay que ser creativo; yo, que en la vida dibujé ni un barrilete. Porque los creativos son esos que pintan ¿no Negrita? Vos que te las sabés todas te irías como un tejo al cielo… lo que es yo, no cazo una. Pero bueno te contaba que este pibe dice que hay que romper la rutina… ¿qué rutina? si acá no hay tele, ni fulbo, ni birra, ni fasos… también que la respuesta está en nuestro interior, que tenemos que hacer las cosas de manera diferente a la que estamos acostumbrados, que tenemos que volver a ser como niños, a descubrir todo de nuevo, como si fuera la primera vez y a amar a los otros, aunque sean diferentes. Yo a vos te amo, Negra, a mi vieja, a la Titi y a la Nona y a los muchachos, así que tengo una parte aprendida ya –aunque al viejo no lo puedo perdonar. Sabés que acá no me duele tanto lo que me hizo... Pero... ¿cómo puedo amar a todos estos fantasmas que no conozco? No sé, no entiendo nada... parece que nada más con escuchar y abrir la mente y el corazón, las cosas se van resolviendo solas, como que no hay que hacer mucho esfuerzo más que ese… Yo, la verdad, no entiendo un corno, pero ya le iré tomando la mano. ¿Sabés a quién me encontré acá? Al turco Elías. ¿Te acordás cuando se pegó un palo con el auto del padre? Bueno, te cuento, me dijo que está hace una semana, cosa que me sorprendió mucho porque se murió hace como diez años… ¿te acordás? ¿cómo puede ser Negra, me querés decir? Acá es todo muy, muy raro. Pero yo estoy bien, no me duelen más los pies porque no tengo que caminar, comida no necesito porque mi cuerpo es como transparente, no puedo tocar a nadie y no me pueden tocar… eso es lo que más extraño… una buena revolcada con vos… ¡Dios, cómo me gustaría! Aunque por otro lado eso tiene su parte buena porque con lo calentón que soy no corro peligro que nadie me pegue una trompada.
Bueno Negri, te dejo porque el turco me prestó una especie de telefonito, como un celular chiquito que se ganó por haber hecho una buena acción –no tengo ni idea cuál-para que te mande este mensaje, y se lo tengo que devolver antes de que nos pesquen… el castigo creo es no ver más al turco. Voy a tratar de abrir el bocho para aprender y ganarme uno de estos así me puedo comunicar con vos más seguido. Te quiero mi negra linda. Chau. ¡Hasta pronto!
Marisa se despertó con una sensación rara. Había tenido un sueño donde Román le hablaba. Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar su accidente y cómo una bala perdida había frustrado su casamiento, cuatro años atrás.
viernes, 6 de agosto de 2010
Un bondi al gran amor (de Matías Ayerza)
Era la primera vez que Lorenzo iba a comer a la casa de sus suegros, un sexagenario matrimonio afín al golf de domingo en su ostentosa casa de country en Zona Norte.
Un frustrado beso al dueño de casa amenazó con arruinar instantáneamente la jornada protocolar, pero la novia logró corregir la maniobra y presentarlos adecuadamente: firmes las manos y caras de “no a la ley de medios”.
Antes de sentarse a comer, Lorenzo recorrió la casa impresionado por el aparente nivel adquisitivo de la familia de su novia. Lujosos muebles, moderno televisor y distinguidos retratos de antepasados con el ceño fruncido.
Sintió alivio al notar que los cubiertos de la mesa eran tres, y que no sufriría mayores inconvenientes a la hora de encarar el menú de la noche, un corte de carne acompañado de un gentilicio europeo y papas noisette.
–Contanos Lorenzo, ¿qué estás estudiando?– preguntó amablemente la suegra.
Aquellas palabras irrumpieron en el preciso momento en que Lorenzo procedía a la ingesta de su primer bocado, dando lugar a cinco desafortunados segundos de silencio.
El ruido de los dientes crujiendo ese pedazo de carne fue música para los oídos de los comensales.
–Tengo pensado meterme en administración el año que viene. Por ahora estoy de lleno en la heladería.
El suegro, cuyos pelos grises se mantenían aplastados y en posición de firmes, conservaba la mirada fija en el plato sin emitir comentarios. Su mujer, mientras tanto, movía la cabeza y alzaba las comisuras de los labios en un intento forzado de sonrisa.
Para evitar futuros cuestionamientos, Lorenzo optó por desviar la mirada y hacer el ingreso de su segundo bocado: esta vez, el pedazo de carne junto a una papa noisette.
La mesa continuó con debates de política antiperonista y recomendaciones para evadir a los limpiavidrios de la Capital Federal. Todo en un marco de respeto y con un Lorenzo esforzándose por caerles bien a los padres de su novia. Entretanto, el sonido de la televisión llegaba tímido desde la cocina: la empleada doméstica miraba compenetrada los gestos de la Enana Feudale en el programa de Tinelli.
La suegra, no conforme con la única declaración de Lorenzo, disparó nuevamente:
–Y vos, Lorenzo, ¿qué opinás del matrimonio gay?
Tragó saliva. Símil en volumen a aquella papa que segundos atrás había saboreado con placer. Y contestó esquivo:
–No tengo una postura formada. Es un tema complicado.
Acostumbrados a intelectualizar, la familia no dejó tema de la agenda por repasar. A Lorenzo se le hacía cada vez más complicado sortear los dardos tendenciosos de sus suegros. Le preocupaba. Pero también se sentía orgulloso por su capacidad de adaptarse a la situación.
El aroma del postre ya se hacía sentir desde la cocina. Y Lorenzo comenzaba a palpitar el final feliz de aquella odisea ceremonial.
Aunque todavía restaba el plato fuerte. Aquel que un ingenuo Lorenzo nunca se imaginó.
–Maradona. Qué drogadicto impresentable… –arrojó el suegro.
En ese preciso momento, al flamante invitado se le vinieron a la cabeza todas las imágenes juntas: su póster del 86, su camiseta firmada, su tatuaje en el hombro...
–Con el Diego no. –interrumpió, inconsciente.
A pesar de la mirada confundida de sus suegros y su novia, continuó:
–Con el Diego no te metas, ¡viejo del orto!
Se levantó y se fue corriendo, indignado, a tomarse el primer colectivo que pasara.
Días más tarde, reunido con sus amigos frente a la televisión, su piel sería la primera en erizarse: su ídolo entraba a la cancha para iniciar el camino hacia una nueva hazaña. Una más entre las tantas.
Un frustrado beso al dueño de casa amenazó con arruinar instantáneamente la jornada protocolar, pero la novia logró corregir la maniobra y presentarlos adecuadamente: firmes las manos y caras de “no a la ley de medios”.
Antes de sentarse a comer, Lorenzo recorrió la casa impresionado por el aparente nivel adquisitivo de la familia de su novia. Lujosos muebles, moderno televisor y distinguidos retratos de antepasados con el ceño fruncido.
Sintió alivio al notar que los cubiertos de la mesa eran tres, y que no sufriría mayores inconvenientes a la hora de encarar el menú de la noche, un corte de carne acompañado de un gentilicio europeo y papas noisette.
–Contanos Lorenzo, ¿qué estás estudiando?– preguntó amablemente la suegra.
Aquellas palabras irrumpieron en el preciso momento en que Lorenzo procedía a la ingesta de su primer bocado, dando lugar a cinco desafortunados segundos de silencio.
El ruido de los dientes crujiendo ese pedazo de carne fue música para los oídos de los comensales.
–Tengo pensado meterme en administración el año que viene. Por ahora estoy de lleno en la heladería.
El suegro, cuyos pelos grises se mantenían aplastados y en posición de firmes, conservaba la mirada fija en el plato sin emitir comentarios. Su mujer, mientras tanto, movía la cabeza y alzaba las comisuras de los labios en un intento forzado de sonrisa.
Para evitar futuros cuestionamientos, Lorenzo optó por desviar la mirada y hacer el ingreso de su segundo bocado: esta vez, el pedazo de carne junto a una papa noisette.
La mesa continuó con debates de política antiperonista y recomendaciones para evadir a los limpiavidrios de la Capital Federal. Todo en un marco de respeto y con un Lorenzo esforzándose por caerles bien a los padres de su novia. Entretanto, el sonido de la televisión llegaba tímido desde la cocina: la empleada doméstica miraba compenetrada los gestos de la Enana Feudale en el programa de Tinelli.
La suegra, no conforme con la única declaración de Lorenzo, disparó nuevamente:
–Y vos, Lorenzo, ¿qué opinás del matrimonio gay?
Tragó saliva. Símil en volumen a aquella papa que segundos atrás había saboreado con placer. Y contestó esquivo:
–No tengo una postura formada. Es un tema complicado.
Acostumbrados a intelectualizar, la familia no dejó tema de la agenda por repasar. A Lorenzo se le hacía cada vez más complicado sortear los dardos tendenciosos de sus suegros. Le preocupaba. Pero también se sentía orgulloso por su capacidad de adaptarse a la situación.
El aroma del postre ya se hacía sentir desde la cocina. Y Lorenzo comenzaba a palpitar el final feliz de aquella odisea ceremonial.
Aunque todavía restaba el plato fuerte. Aquel que un ingenuo Lorenzo nunca se imaginó.
–Maradona. Qué drogadicto impresentable… –arrojó el suegro.
En ese preciso momento, al flamante invitado se le vinieron a la cabeza todas las imágenes juntas: su póster del 86, su camiseta firmada, su tatuaje en el hombro...
–Con el Diego no. –interrumpió, inconsciente.
A pesar de la mirada confundida de sus suegros y su novia, continuó:
–Con el Diego no te metas, ¡viejo del orto!
Se levantó y se fue corriendo, indignado, a tomarse el primer colectivo que pasara.
Días más tarde, reunido con sus amigos frente a la televisión, su piel sería la primera en erizarse: su ídolo entraba a la cancha para iniciar el camino hacia una nueva hazaña. Una más entre las tantas.
domingo, 25 de julio de 2010
Enrique Nardelli (de Luis Orihuela)
Entre olvidos y confusiones había dejado transcurrir la entrevista de trabajo más importante de los últimos meses y sentado en un banco de plaza buscaba en vano, otra causa o explicación que mi devastadora y siempre vigente indolencia.
Durante ese tiempo inútil un hombre se sentó a mi lado. Agobiado, respondí a su saludo y casi sin querer comenzamos a hablar sobre el tiempo y otras pequeñeces.
Al rato noté que esa charla ligera silenciaba el rumiar de la culpa. Por eso, cuando se agotaban los temas, empujado por la necesidad de conservar ese valioso pasaje hacia el sosiego, le propuse continuar conversando en un bar.
Allí pude observarlo con detenimiento.
Era un hombre común, de aspecto y edad indefinibles. Comió con apetito y modales.
Después, al encender un cigarrillo, lo atrajo algo más allá de la ventana y guardó un largo silencio. Cuando comenzaba a incomodarme dijo:
-Perdone. A veces me distraigo.
-Está bien. Suele pasarme.
Me miró con simpatía.
-Le agradezco infinitamente la invitación y la charla y si me permite, voy a retribuirlas.
-De ninguna manera.
-¿Seguro? Porque no hablo de dinero sino de contarle una historia.
-Eso sería mejor. Soy escritor.
-Toda una coincidencia porque yo soy un personaje...o dos...-sonrió. Pero, aun así, creo ser el protagonista.
-Escucho.
-Claro que no siempre lo fui. En realidad, hace un tiempo -no puedo precisar cuánto- yo era una persona real, un individuo o como se quiera definir a los que transitan esta tierra. En fin, un hombre con una vida común y los afectos de cualquiera; más penas que alegrías; saludes, enfermedades; todo eso. Un día desafortunado me vi sin proyectos y me propuse cambiar. Pero casi al mismo tiempo percibí que no tenía fuerza para hacerlo. Entonces, no sé si por temor o desidia, me conformé. Me dije que no importaba; que si sólo existía neutro y gris, yo ya era neutro y gris y estaba cumplido. Y continué dejándome estar. Pero el mundo sigue girando y así, sin cabal conciencia ni defensa, entré en una dimensión absolutamente vacía.
Me parecía oír a mi conciencia.
-Hasta que un jueves sobrevino el caos. Por inercia caminaba hacia mi segundo empleo pero me sentía particularmente cansado y como en una nube. Para recuperar el aliento me detuve en un quiosco y compré cigarrillos. Estaba hojeando una revista cuando un hombre igual a mí pasó sin verme. Sé que no suena creíble pero de inmediato sentí que él también era yo. Percibí -cómo explicarle- que ambos éramos fragmentos de una misma cosa. Por supuesto me calmé diciéndome que se trataba sólo de un hombre muy parecido (en cierta forma todos los hombres comunes nos parecemos) y que todo era producto del estado de confusión en que me hallaba ese día.
Con el mismo argumento ignoré el gesto de extrañeza del portero. Pero para mi tremenda sorpresa, al abrir la puerta de la oficina encontré a ese hombre en mangas de camisa, acomodando unos papeles sobre el escritorio.
Quedé anonadado.
Él sin hablar pero con expresión serena, me tomó de un brazo, hizo que entrara y me sentó en un sillón. Guardó silencio hasta que pude reponerme.
-¿Quién es usted y qué hace aquí?
-Como has intuido, soy Enrique Nardelli -dijo con naturalidad.
-¿De qué habla?
Me miró con comprensión.
-En realidad, ambos somos Enrique Nardelli.
-De acuerdo; me rindo ante el parecido. Somos casi iguales. Puedo reconocer algún parentesco pero hasta ahí. Dígame, ¿qué está sucediendo?
-Soy el otro Enrique Nardelli, el que antes vivía en tu interior, ese que percibías como tu otro yo un poco loco. Debe ser brutal comprenderlo pero ahora somos dos personas físicas Enrique.
-Eso no es posible.
-Después de todo no puede sernos tan ajeno; siempre hemos sido espíritus opuestos en un mismo cuerpo. La diferencia es que ahora soy en carne y hueso. Algo o alguien me dio materialidad y ahora también existo.
-¿Realmente piensa que puedo creer eso? ¿Qué justificación tendría ese algo?
-No lo sé, pero supongo que brindarnos una nueva oportunidad. Es lógico pensar que si me materializó ha de ser porque seguramente esta doble identidad tuvo y tiene un destino mejor al de hoy.
-¿Doble? Hasta hoy he sido solamente yo.
-Sí, pero ahora somos dos y presumo que esa chance sólo cabe a uno. Es evidente que no podremos coexistir. De hecho, uno deberá partir para que el restante pueda continuar siendo un nuevo y único Enrique Nardelli, sin trabas ni lastres. Se nos ha impuesto la pesada carga de elegir cuál.
-¿Elegir? ¿Y si me niego? ¿Y si opto por mí mismo? No lo entiendo.
- Tampoco yo. Pero no creo que modifique esta realidad. La fractura nos ha sido impuesta y nosotros debemos asumir esa responsabilidad por el bien de “Enrique Nardelli”. Y en cuanto a decidir por uno mismo, me parece honesto hacer un balance de lo logrado y de lo que esperamos para la entidad. Valorando adecuadamente lo hecho y las posibilidades de cada quien podremos decidir. A propósito, con esa misma honestidad debo confesar que creo ser quien debe continuar.
-Lo imaginaba. Pero lo cierto es que yo no estoy dispuesto a ceder. No considero haber desperdiciado mi vida. Es verdad que no tuve el destino que imaginé. No pude trascender, ser importante, pero creo haber sido medianamente feliz. He alcanzado muchas metas pequeñas que me enorgullecen.¿Eso no cuenta?
-También siento ese orgullo. Lo hemos conseguido juntos, cada cual desde su sitio, pero por lo visto, no alcanzan.
-Pero esta es mi realidad, y tal vez la única que le corresponda a Enrique Nardelli. Quizá él ya tenga cuanto debía.
-Eso es conformidad y resignación Enrique. Creo que lo logrado por ambos es respetable pero que se nos ofrece la oportunidad de ir por más. Y sabés que estás agotado, que ya diste cuanto te fue posible. En cambio yo estoy lleno de ambición y sueños. Por eso debo continuar. Queda mucho por intentar. No es justo que lo impidas.
-Tal vez, pero cómo no pensar que acaso esto ya haya sucedido.¿Por qué no creer que vos, enjundioso Enrique, ya tuviste esa oportunidad? Porque si hubieses sido el primero yo sería nada más que una mera consecuencia de tu fracaso. Una creación de ese “algo” o “alguien” para rescatarte. Una ficción, un remanente, un soporte, que nos permitió vivir acomodados en un rincón discreto, la realidad de un destino más pequeño que bien pudo ser el de Nardelli.
-No lo niego. Es más, pudo ser así. Aunque yo siempre me he sentido sumergido en la chatura de oficinas y rutinas admito que tal vez tu vida haya sido consecuencia de mi anterior fracaso. Pero en todo caso, mi error no puede privarnos de una nueva posibilidad.
-Para que ante tu nuevo fracaso, ese algo deba recrearme nuevamente como sostén -otra vez emergente- de la existencia de un tal Enrique Nardelli que no pudo ser lo que soñó por otro error de cálculo. No tiene sentido.
-Sí lo tiene. Sé que has intentado cuanto te fue posible. Reconozco y valoro las causas de tu fatiga pero ahora te has sentado a un costado del camino mirando pasar la vida y no te importa. Y Enrique Nardelli merece mejores cosas. Alguien nos regaló un tiempo nuevo, no terminemos oscuramente. Esa esperanza bien vale una última entrega.
-Que exige partir, marcharse lejos.
-Desaparecer, transcurrir. Otro lugar, otra gente.
-Otros afectos. Es como morir.
-Tal vez, pero de una manera especial e inédita. ¿Cómo puede morir quien es parte de otro? Las pequeñas muertes son sólo estados de ánimo. - -Morir o continuar viviendo no puede ser una cuestión del azar o cálculos errados. Debo pensarlo con detenimiento. Lo decidiré mañana o algún día.
Me miró por un instante. Luego fue hasta el guardarropa y descolgó un saco igual al mío. Mientras se lo ponía dijo:
-Está bien Enrique, nuestro tiempo original aún es tuyo y tuya la decisión.
Antes de cerrar la puerta agregó:
-Tal vez nos veamos mañana.
El hombre pareció concluir. Al apagar la tercera colilla se quedó mirando más allá de la ventana.
Me urgía conocer el fin del relato pero dejé que transcurriesen algunos instantes. Imaginaba que le era terriblemente dificultoso volver luego de bucear en las profundidades del milagroso Enrique Nardelli.
Ofreciéndole otro cigarrillo pude arrancarlo de su mutismo. Me miró sin expresión; no parecía dispuesto a continuar y entonces le pregunté
-¿Y qué fue de ellos?
Hizo otra pausa y mirando más allá de mi hombro contestó:
-¿Usted qué cree?
-No lo sé.
Sonrió levemente; sacudió las cenizas de su saco y meneando la cabeza dijo:
-Tampoco yo. Nunca volví a aquella oficina.
Durante ese tiempo inútil un hombre se sentó a mi lado. Agobiado, respondí a su saludo y casi sin querer comenzamos a hablar sobre el tiempo y otras pequeñeces.
Al rato noté que esa charla ligera silenciaba el rumiar de la culpa. Por eso, cuando se agotaban los temas, empujado por la necesidad de conservar ese valioso pasaje hacia el sosiego, le propuse continuar conversando en un bar.
Allí pude observarlo con detenimiento.
Era un hombre común, de aspecto y edad indefinibles. Comió con apetito y modales.
Después, al encender un cigarrillo, lo atrajo algo más allá de la ventana y guardó un largo silencio. Cuando comenzaba a incomodarme dijo:
-Perdone. A veces me distraigo.
-Está bien. Suele pasarme.
Me miró con simpatía.
-Le agradezco infinitamente la invitación y la charla y si me permite, voy a retribuirlas.
-De ninguna manera.
-¿Seguro? Porque no hablo de dinero sino de contarle una historia.
-Eso sería mejor. Soy escritor.
-Toda una coincidencia porque yo soy un personaje...o dos...-sonrió. Pero, aun así, creo ser el protagonista.
-Escucho.
-Claro que no siempre lo fui. En realidad, hace un tiempo -no puedo precisar cuánto- yo era una persona real, un individuo o como se quiera definir a los que transitan esta tierra. En fin, un hombre con una vida común y los afectos de cualquiera; más penas que alegrías; saludes, enfermedades; todo eso. Un día desafortunado me vi sin proyectos y me propuse cambiar. Pero casi al mismo tiempo percibí que no tenía fuerza para hacerlo. Entonces, no sé si por temor o desidia, me conformé. Me dije que no importaba; que si sólo existía neutro y gris, yo ya era neutro y gris y estaba cumplido. Y continué dejándome estar. Pero el mundo sigue girando y así, sin cabal conciencia ni defensa, entré en una dimensión absolutamente vacía.
Me parecía oír a mi conciencia.
-Hasta que un jueves sobrevino el caos. Por inercia caminaba hacia mi segundo empleo pero me sentía particularmente cansado y como en una nube. Para recuperar el aliento me detuve en un quiosco y compré cigarrillos. Estaba hojeando una revista cuando un hombre igual a mí pasó sin verme. Sé que no suena creíble pero de inmediato sentí que él también era yo. Percibí -cómo explicarle- que ambos éramos fragmentos de una misma cosa. Por supuesto me calmé diciéndome que se trataba sólo de un hombre muy parecido (en cierta forma todos los hombres comunes nos parecemos) y que todo era producto del estado de confusión en que me hallaba ese día.
Con el mismo argumento ignoré el gesto de extrañeza del portero. Pero para mi tremenda sorpresa, al abrir la puerta de la oficina encontré a ese hombre en mangas de camisa, acomodando unos papeles sobre el escritorio.
Quedé anonadado.
Él sin hablar pero con expresión serena, me tomó de un brazo, hizo que entrara y me sentó en un sillón. Guardó silencio hasta que pude reponerme.
-¿Quién es usted y qué hace aquí?
-Como has intuido, soy Enrique Nardelli -dijo con naturalidad.
-¿De qué habla?
Me miró con comprensión.
-En realidad, ambos somos Enrique Nardelli.
-De acuerdo; me rindo ante el parecido. Somos casi iguales. Puedo reconocer algún parentesco pero hasta ahí. Dígame, ¿qué está sucediendo?
-Soy el otro Enrique Nardelli, el que antes vivía en tu interior, ese que percibías como tu otro yo un poco loco. Debe ser brutal comprenderlo pero ahora somos dos personas físicas Enrique.
-Eso no es posible.
-Después de todo no puede sernos tan ajeno; siempre hemos sido espíritus opuestos en un mismo cuerpo. La diferencia es que ahora soy en carne y hueso. Algo o alguien me dio materialidad y ahora también existo.
-¿Realmente piensa que puedo creer eso? ¿Qué justificación tendría ese algo?
-No lo sé, pero supongo que brindarnos una nueva oportunidad. Es lógico pensar que si me materializó ha de ser porque seguramente esta doble identidad tuvo y tiene un destino mejor al de hoy.
-¿Doble? Hasta hoy he sido solamente yo.
-Sí, pero ahora somos dos y presumo que esa chance sólo cabe a uno. Es evidente que no podremos coexistir. De hecho, uno deberá partir para que el restante pueda continuar siendo un nuevo y único Enrique Nardelli, sin trabas ni lastres. Se nos ha impuesto la pesada carga de elegir cuál.
-¿Elegir? ¿Y si me niego? ¿Y si opto por mí mismo? No lo entiendo.
- Tampoco yo. Pero no creo que modifique esta realidad. La fractura nos ha sido impuesta y nosotros debemos asumir esa responsabilidad por el bien de “Enrique Nardelli”. Y en cuanto a decidir por uno mismo, me parece honesto hacer un balance de lo logrado y de lo que esperamos para la entidad. Valorando adecuadamente lo hecho y las posibilidades de cada quien podremos decidir. A propósito, con esa misma honestidad debo confesar que creo ser quien debe continuar.
-Lo imaginaba. Pero lo cierto es que yo no estoy dispuesto a ceder. No considero haber desperdiciado mi vida. Es verdad que no tuve el destino que imaginé. No pude trascender, ser importante, pero creo haber sido medianamente feliz. He alcanzado muchas metas pequeñas que me enorgullecen.¿Eso no cuenta?
-También siento ese orgullo. Lo hemos conseguido juntos, cada cual desde su sitio, pero por lo visto, no alcanzan.
-Pero esta es mi realidad, y tal vez la única que le corresponda a Enrique Nardelli. Quizá él ya tenga cuanto debía.
-Eso es conformidad y resignación Enrique. Creo que lo logrado por ambos es respetable pero que se nos ofrece la oportunidad de ir por más. Y sabés que estás agotado, que ya diste cuanto te fue posible. En cambio yo estoy lleno de ambición y sueños. Por eso debo continuar. Queda mucho por intentar. No es justo que lo impidas.
-Tal vez, pero cómo no pensar que acaso esto ya haya sucedido.¿Por qué no creer que vos, enjundioso Enrique, ya tuviste esa oportunidad? Porque si hubieses sido el primero yo sería nada más que una mera consecuencia de tu fracaso. Una creación de ese “algo” o “alguien” para rescatarte. Una ficción, un remanente, un soporte, que nos permitió vivir acomodados en un rincón discreto, la realidad de un destino más pequeño que bien pudo ser el de Nardelli.
-No lo niego. Es más, pudo ser así. Aunque yo siempre me he sentido sumergido en la chatura de oficinas y rutinas admito que tal vez tu vida haya sido consecuencia de mi anterior fracaso. Pero en todo caso, mi error no puede privarnos de una nueva posibilidad.
-Para que ante tu nuevo fracaso, ese algo deba recrearme nuevamente como sostén -otra vez emergente- de la existencia de un tal Enrique Nardelli que no pudo ser lo que soñó por otro error de cálculo. No tiene sentido.
-Sí lo tiene. Sé que has intentado cuanto te fue posible. Reconozco y valoro las causas de tu fatiga pero ahora te has sentado a un costado del camino mirando pasar la vida y no te importa. Y Enrique Nardelli merece mejores cosas. Alguien nos regaló un tiempo nuevo, no terminemos oscuramente. Esa esperanza bien vale una última entrega.
-Que exige partir, marcharse lejos.
-Desaparecer, transcurrir. Otro lugar, otra gente.
-Otros afectos. Es como morir.
-Tal vez, pero de una manera especial e inédita. ¿Cómo puede morir quien es parte de otro? Las pequeñas muertes son sólo estados de ánimo. - -Morir o continuar viviendo no puede ser una cuestión del azar o cálculos errados. Debo pensarlo con detenimiento. Lo decidiré mañana o algún día.
Me miró por un instante. Luego fue hasta el guardarropa y descolgó un saco igual al mío. Mientras se lo ponía dijo:
-Está bien Enrique, nuestro tiempo original aún es tuyo y tuya la decisión.
Antes de cerrar la puerta agregó:
-Tal vez nos veamos mañana.
El hombre pareció concluir. Al apagar la tercera colilla se quedó mirando más allá de la ventana.
Me urgía conocer el fin del relato pero dejé que transcurriesen algunos instantes. Imaginaba que le era terriblemente dificultoso volver luego de bucear en las profundidades del milagroso Enrique Nardelli.
Ofreciéndole otro cigarrillo pude arrancarlo de su mutismo. Me miró sin expresión; no parecía dispuesto a continuar y entonces le pregunté
-¿Y qué fue de ellos?
Hizo otra pausa y mirando más allá de mi hombro contestó:
-¿Usted qué cree?
-No lo sé.
Sonrió levemente; sacudió las cenizas de su saco y meneando la cabeza dijo:
-Tampoco yo. Nunca volví a aquella oficina.
jueves, 22 de julio de 2010
Encuentro
Vagábamos solitarios,
en un universo nuestro;
viniste a buscarme
y yo no quise ir contigo;
Te busqué por mil cielos
Y no estabas.
Nos encontramos por fin
en un mundo
repleto de amaneceres;
Nuestras almas reían,
nuestras cuerpos se fundían;
Y callamos nuestro amor
para no ofender a los dioses.
La luna brillaba, se reía, bailaba
y, embriagada, nos miraba.
en un universo nuestro;
viniste a buscarme
y yo no quise ir contigo;
Te busqué por mil cielos
Y no estabas.
Nos encontramos por fin
en un mundo
repleto de amaneceres;
Nuestras almas reían,
nuestras cuerpos se fundían;
Y callamos nuestro amor
para no ofender a los dioses.
La luna brillaba, se reía, bailaba
y, embriagada, nos miraba.
Decisión
Terminada la tiranía
lloraré como aquel día
en que mi alma y la tuya
en suspiros se fundían.
Pero el llanto esta vez será
por una causa distinta;
porque el amor no fue tal
como yo lo suponía.
Si, lloraré una vez más
pero será de alegría,
por haber logrado escapar
de tan tremenda mentira.
Y alguien en algún lugar
me hará sentir que estoy viva.
Y la ansiada libertad
me devolverá la risa.
Y veré al mar más azul.
Y al viento con menos prisa.
Y a la lluvia entrar por mi piel
para borrar las heridas!
Sólo una cosa me falta
y es resistir la agonía
de decidirme por fin
a librarme de ti algún día.
lloraré como aquel día
en que mi alma y la tuya
en suspiros se fundían.
Pero el llanto esta vez será
por una causa distinta;
porque el amor no fue tal
como yo lo suponía.
Si, lloraré una vez más
pero será de alegría,
por haber logrado escapar
de tan tremenda mentira.
Y alguien en algún lugar
me hará sentir que estoy viva.
Y la ansiada libertad
me devolverá la risa.
Y veré al mar más azul.
Y al viento con menos prisa.
Y a la lluvia entrar por mi piel
para borrar las heridas!
Sólo una cosa me falta
y es resistir la agonía
de decidirme por fin
a librarme de ti algún día.
A Inés
Camina, no corras,
enciende tu lámpara nueva
y esparce su luz donde haga falta:
en los oscuros laberintos del alma,
la soledad del encierro
la tristeza del amigo
el anciano solitario
el niño perdido
la ruta desierta
los senderos olvidados de la desesperanza.
Levanta tu lámpara y el amor vendrá
cuando haga falta
y saciará tus ansias
te devolverá la risa
volverá la calma
saldrá de nuevo el sol
no habrá cuándos, ni porqués
ni nada
que empañe esa luz en tu alma.
enciende tu lámpara nueva
y esparce su luz donde haga falta:
en los oscuros laberintos del alma,
la soledad del encierro
la tristeza del amigo
el anciano solitario
el niño perdido
la ruta desierta
los senderos olvidados de la desesperanza.
Levanta tu lámpara y el amor vendrá
cuando haga falta
y saciará tus ansias
te devolverá la risa
volverá la calma
saldrá de nuevo el sol
no habrá cuándos, ni porqués
ni nada
que empañe esa luz en tu alma.
Tango
Ritmo y cadencia
candombe
alma y vida
pasión y sentimiento
vibran los pasos
en contorneo lento.
Ella se luce
él la lleva
dócil al latir
del pecho malevo
deja entrever la percanta
la seducción y el beso.
Pases maestros
acariciando el suelo
taco aguja
brilloso cuero
zigzaguean
en sensual encuentro.
Tango
embrujo y duelo
liviana te persigo
en sortilegios me pierdo
llevame despacito
descorchando sueños.
¡Tango
que me hiciste bien!
Y por eso
te quiero.
candombe
alma y vida
pasión y sentimiento
vibran los pasos
en contorneo lento.
Ella se luce
él la lleva
dócil al latir
del pecho malevo
deja entrever la percanta
la seducción y el beso.
Pases maestros
acariciando el suelo
taco aguja
brilloso cuero
zigzaguean
en sensual encuentro.
Tango
embrujo y duelo
liviana te persigo
en sortilegios me pierdo
llevame despacito
descorchando sueños.
¡Tango
que me hiciste bien!
Y por eso
te quiero.
Tan roja y tan apetitosa (de Celia)
-“Luz, cámara… ¡Acción!”
Menos mal que he encontrado por ahí esta manzana; por lo menos me distrae un poco porque todo esto es aburridísimo, y un auténtico desbarajuste. Es gracioso, ¿cuánto hace que no comía una manzana? Y no es que no me gusten, que el sabor sí, está bien, sólo es que la he considerado siempre una fruta muy aburrida de comer, aunque no tanto como este rodaje que me pregunto cuánto más va a alargarse. Luego le diré a Miqui que todo esto del cine es fascinante, que estoy feliz de que me haya invitado a presenciar cómo se desarrolla una filmación, y se lo diré porque el pobre Miqui ha hecho lo imposible para conseguirme un pase; lo hace para impresionarme y no voy a desilusionarlo diciéndole la verdad: que todo es un desastre y que los actores son bien poca cosa vistos así, al natural.
A lo mejor es que comer manzanas es peligroso, o es peligrosa la manzana por sí sola, capaz de originar pecados eternos, discordias olímpicas, guerras míticas, teorías y leyes y ahora, en mi caso, un tropel de pensamientos extraños. Pienso, por ejemplo, que quizá la vida se parezca al cine: un montón de utilería salpicada por aquí y por allá que usamos para montarnos un decorado más o menos creíble, más o menos cómodo. Pero no me apetece pensar en honduras y, además, todo lo que rodea al decorado no es más que caos: un caos de personas, cables, tubos, objetos raros que no sé ni qué son ni para qué sirven… Lo que más me gusta es que el director hace todo lo que se espera que haga un director. Me encanta cuando grita: “Luz, cámara… ¡Acción!”, como hace un minuto y todo se pone en marcha. Es como Dios. Dice “hágase la Luz”, y la luce se hace, y comienza otro día más y todos nos movemos en nuestros particulares decorados, como los actores, que son bien poquita cosa, la verdad.
Cómo engañan las cámaras. Luego, en el cine, sentados en nuestras butacas, veremos una habitación suntuosa cuando no es más que un conjunto de muebles que ahora están y dentro de una hora se irán a un almacén o a otro decorado que recree otra historia completamente diferente. Y veremos a unos protagonistas perfectos, que nunca se despeinan y que se despiertan con la cara radiante y el aliento fresco…
Está riquísima esta manzana, debería comerlas más a menudo; ésta tenía un aspecto fantástico, rojo y brillante, casi decía “cómeme”, lo que pasa que me entretiene tanto que me desvía la atención y no sé ni qué se está filmando ahora. A ver, se ha producido un silencio entre los protagonistas, y ella está sentada, de espaldas, muy quieta, y él mira de frente a la cámara, sonríe y se dirige a la cómoda, donde está el precioso ramo y la cesta de…
“¡¡¡Corten!!!
¡¿Dónde está la manzana?! ¡Que dónde está la maldita manzana, idiotas! ¿Quién la ha quitado de ahí?”
La escondería, ahora mismo me sentaría encima de lo que queda de manzana pero me he quedado petrificada… Y el director mira acusadoramente al pobre Miqui, que se supone que es el encargado de que todo esté donde debe estar, y Miqui me mira a mí y me ve con el trozo de manzana cerca de mi boca, en plano congelado, si es que existen los planos congelados, y abre los ojos como platos y el director sigue la mirada de Miqui y me mira a mí, y yo quiero que la tierra me trague, pero sigo con la manzana en la mano, cerca de mi boca, y pienso que otra vez se le han estropeado los planes a Dios por culpa de una manzana.
“¡¡¡¿Quién es esa estúpida?!!!”
Seré estúpida, pero te he fastidiado la obra… Pienso.
Menos mal que he encontrado por ahí esta manzana; por lo menos me distrae un poco porque todo esto es aburridísimo, y un auténtico desbarajuste. Es gracioso, ¿cuánto hace que no comía una manzana? Y no es que no me gusten, que el sabor sí, está bien, sólo es que la he considerado siempre una fruta muy aburrida de comer, aunque no tanto como este rodaje que me pregunto cuánto más va a alargarse. Luego le diré a Miqui que todo esto del cine es fascinante, que estoy feliz de que me haya invitado a presenciar cómo se desarrolla una filmación, y se lo diré porque el pobre Miqui ha hecho lo imposible para conseguirme un pase; lo hace para impresionarme y no voy a desilusionarlo diciéndole la verdad: que todo es un desastre y que los actores son bien poca cosa vistos así, al natural.
A lo mejor es que comer manzanas es peligroso, o es peligrosa la manzana por sí sola, capaz de originar pecados eternos, discordias olímpicas, guerras míticas, teorías y leyes y ahora, en mi caso, un tropel de pensamientos extraños. Pienso, por ejemplo, que quizá la vida se parezca al cine: un montón de utilería salpicada por aquí y por allá que usamos para montarnos un decorado más o menos creíble, más o menos cómodo. Pero no me apetece pensar en honduras y, además, todo lo que rodea al decorado no es más que caos: un caos de personas, cables, tubos, objetos raros que no sé ni qué son ni para qué sirven… Lo que más me gusta es que el director hace todo lo que se espera que haga un director. Me encanta cuando grita: “Luz, cámara… ¡Acción!”, como hace un minuto y todo se pone en marcha. Es como Dios. Dice “hágase la Luz”, y la luce se hace, y comienza otro día más y todos nos movemos en nuestros particulares decorados, como los actores, que son bien poquita cosa, la verdad.
Cómo engañan las cámaras. Luego, en el cine, sentados en nuestras butacas, veremos una habitación suntuosa cuando no es más que un conjunto de muebles que ahora están y dentro de una hora se irán a un almacén o a otro decorado que recree otra historia completamente diferente. Y veremos a unos protagonistas perfectos, que nunca se despeinan y que se despiertan con la cara radiante y el aliento fresco…
Está riquísima esta manzana, debería comerlas más a menudo; ésta tenía un aspecto fantástico, rojo y brillante, casi decía “cómeme”, lo que pasa que me entretiene tanto que me desvía la atención y no sé ni qué se está filmando ahora. A ver, se ha producido un silencio entre los protagonistas, y ella está sentada, de espaldas, muy quieta, y él mira de frente a la cámara, sonríe y se dirige a la cómoda, donde está el precioso ramo y la cesta de…
“¡¡¡Corten!!!
¡¿Dónde está la manzana?! ¡Que dónde está la maldita manzana, idiotas! ¿Quién la ha quitado de ahí?”
La escondería, ahora mismo me sentaría encima de lo que queda de manzana pero me he quedado petrificada… Y el director mira acusadoramente al pobre Miqui, que se supone que es el encargado de que todo esté donde debe estar, y Miqui me mira a mí y me ve con el trozo de manzana cerca de mi boca, en plano congelado, si es que existen los planos congelados, y abre los ojos como platos y el director sigue la mirada de Miqui y me mira a mí, y yo quiero que la tierra me trague, pero sigo con la manzana en la mano, cerca de mi boca, y pienso que otra vez se le han estropeado los planes a Dios por culpa de una manzana.
“¡¡¡¿Quién es esa estúpida?!!!”
Seré estúpida, pero te he fastidiado la obra… Pienso.
jueves, 20 de mayo de 2010
VUELVO PRONTO de Celia
-Eva Arévalo afirmó haber encontrado la nota pegada en el espejo del vestíbulo. Tanto Eva como Pablo, su marido, tenían por costumbre comunicarse sus ausencias mediante notas, siempre pegadas en el espejo del vestíbulo: “Salgo a comprar pan”, “Voy a la peluquería” o, como en este caso, “Vuelvo pronto”. Eva Arévalo, por lo tanto, no se extrañó al entrar en casa y encontrar el breve mensaje de Pablo.
“¿Cuánto tiempo suele significar “pronto” para su marido?” Fue la primera pregunta de uno de los policías que acudieron a su llamada. Eva le contestó que no podría precisarlo pero que “pronto” para Pablo significa “pronto”, más o menos lo que para todo el mundo. “¿Media hora, una hora, dos…?” El policía insistió y Eva lo miró con fijeza. “No lo sé – le replicó con calma-. Una hora, quizá dos como mucho, pero nunca un día entero, como ahora. “Pronto” no significa una demora de más de veinticuatro horas, no para Pablo. Ni para mí.”
Eva Arévalo, según la impresión de los policías, parecía una mujer serena. Preocupada, sí, pero sensata y poco dada a especulaciones fantásticas. En ningún momento perdió los nervios ni la compostura, ni apremió a los policías, ni balbuceó ni se contradijo en las explicaciones que ofreció sobre su vida cotidiana y los hábitos que marcaban la convivencia con Pablo. Los policías, tras estas y otras formalidades iniciales, se convencieron de que algo extraño había ocurrido con Pablo y abrieron una investigación.
La investigación duró poco; en apenas un día el proceso se resolvió de una forma inesperada: con un diagnóstico. Los policías interrogaron a los vecinos con los cuestionarios habituales en estos casos, preguntas abocadas principalmente a clarificar si alguno de ellos había visto a Pablo en las horas anteriores o posteriores en las que se había calculado su desaparición. La respuesta fue siempre la misma, un no rotundo. Nadie había visto a Pablo, ni en ese intervalo de tiempo ni en ningún otro porque nadie, ninguno de los interrogados, había visto jamás a Pablo pues Pablo, simplemente, no existía, no podía existir, en la casa sólo vivía ella, Eva Arévalo, una mujer de mediana edad que llegó al edificio hacía un año, sola; una mujer, Eva Arévalo, que se caracterizaba por no recibir visitas, ni cartas (esta circunstancia la facilitó el cartero, sorprendido de que incluso los bancos la excluyeran de su correspondencia); una mujer que salía todos los días a las mismas horas a comprar, según suponía el vecindario, lo más elemental.
Lo curioso, pensaba uno de los policías, no era que una mujer solitaria y con seguridad aquejada de alguna dolencia del alma, mucho más que de la mente, se hubiese inventado una pareja e incluso hubiese facilitado una fotografía para las pesquisas. Lo curioso había sido la tranquilidad con que Eva Arévalo escuchó a los policías cuando la visitaron para hacerle un resumen de la investigación y comunicarle el resultado. Eva Arévalo se limitó a asentir y a entrelazar los brazos en su regazo. Miró a los ojos a los policías y dijo “Gracias. Han hecho ustedes todo lo que estaba en sus manos.”
El policía, junto con la fotografía del presunto Pablo, guardó en un cajón de su mesa la nota manuscrita “Vuelvo pronto”. El grafólogo le había asegurado que esa letra no era la de Eva Arévalo, aunque este detalle podría no decir nada si, como resultaba evidente, la mujer padecía un severo trastorno de personalidad. Se han dado casos –argumentó el grafólogo- de personas que pueden escribir con tres o cuatro caligrafías diferentes, según se vean visitadas en esos momentos por una u otra de sus múltiples personalidades.
Al policía, sin embargo, esta explicación le parecía en exceso rebuscada. Y las explicaciones rebuscadas, lo sabía por experiencia, no solían ser las correctas.
El tiempo, más que en minutos, días y años, se mide para los policías en casos abiertos y cerrados, en éxitos y fracasos, en horrores e injusticias. Todo lo abyecto de lo que el ser humano es capaz pasa por sus mesas y se estaciona en tablones de corcho llenos de truculencias clavadas con alfileres: fotografías de víctimas, de sospechosos, esquemas, mapas, planos donde se expresa matemática y estadísticamente la geografía y frecuencia del horror. Y todo acaba depositado en los archivos: una morgue tan helada y aséptica como la de los sótanos.
Muchos casos se cerraron y abrieron pero el policía seguía pensando en Eva Arévalo. A veces abría el cajón y se demoraba mirando la nota “Vuelvo pronto” y se preguntaba qué habría sido de aquella mujer sosegada y amable cuyo historial se cerró con la evidencia de un trastorno que el policía seguía resistiéndose a domiciliar en su mente. Él siempre pensó en Eva Arévalo como en una enferma del alma.
Quizá por este diagnóstico íntimo el policía se alegró tanto de ver a Eva Arévalo acompañada de otro policía. Ambos se acercaban a su mesa. La mujer había solicitado verlo.
“Cuánto tiempo”-dijo el policía por todo saludo. Y se estrecharon las manos y el policía vio una luz desconocida en los ojos de Eva. “Mucho tiempo, sí -respondió la mujer-. Supongo que le extrañará mi visita.” “Su visita me alegra mucho más de lo que pueda extrañarme. He pensado en usted más de lo que imagina” –el policía sopesó la posibilidad de que sus palabras fuesen malinterpretadas, pero Eva sonrió con placidez y tomó asiento. “Ya lo sé. Mis palabras de antes eran pura cortesía. Sé que ha pensado mucho en mí, por eso vengo a comunicarle que Pablo ha vuelto.”
El policía sintió un nudo en el estómago. Interpretó esta afirmación como la prueba evidente de la locura de Eva que él tanto se había resistido a reconocer, pero antes de tomar una determinación prefirió escuchar lo que la mujer venía a decirle.
“Pablo volvió. Ya no vivimos en la misma casa de antes. Me mudé. Los vecinos, después de lo que pasó, me miraban con recelo y a nadie le gusta que le miren con recelo, ¿comprende? Me marché antes de que Pablo regresase, pero Pablo me encontró. Me gustaría que fuese usted a hablar con él, que averiguase dónde ha estado durante todo este tiempo. Quiero saber, aunque nada más sea por encima, por qué no volvió pronto, como me aseguraba en su nota. Pero, por favor, no vaya como policía. Vaya como amigo, como un amigo mío que me ha ayudado durante todo este tiempo.”
El policía llegó a la dirección que le había facilitado Eva y llamó al timbre. Un hombre que se ajustaba plenamente al de la fotografía facilitada tanto tiempo atrás abrió la puerta. Parecía apesadumbrado, de movimientos tardos y mirada velada. El policía se presentó como un amigo de su mujer, Eva Arévalo, y preguntó si estaba en casa y podía verla.
Pablo, porque no cabía ninguna duda de su identidad, franqueó la puerta y, con un gesto, invitó a pasar al policía. Por la razón que fuese el hombre llamado Pablo pareció, de pronto, haber envejecido veinte años. Sus movimientos se hicieron más pesados y lentos todavía, sus pupilas se extraviaron como absorbidas por una pena huracanada y las manos le temblaron ligeramente.
Entraron en una pequeña salita presidida por una librería y un retrato. Se trataba de una fotografía ampliada y enmarcada con un listoncillo dorado. “Aquí la tiene- dijo Pablo señalando el retrato-. Eva, mi mujer.” El policía replicó que ya la conocía, que reparara en que al presentarse le había dicho que era amigo suyo. Pablo lo observó con una sonrisa desvaída: “Un amigo venido de muy lejos y de muy antes, por lo que veo. ¿No sabe que Eva murió hace diez años?” “¿Diez años? –Exclamó el policía-. ¡Eso no es posible! Conocí a Eva hace apenas tres años y la he visto hace dos días. Dos días, ¿entiende?”
Pablo, más que sentarse, se derrumbó sobre una butaca y el policía pensó que podría hacer lo propio en un sofá. La conversación había tomado un giro tan absurdo que obviaba cualquier fórmula cortés.
Ninguno de ellos habló; no obstante, no pesaba en el ambiente la espesa incomodidad del silencio. Ambos aguardaban algo, quizá unas migajas de inspiración que lograran conducir su conversación hasta un terreno libre de sobresaltos. Pablo se decidió:
“Murió en un estúpido accidente casero. Se resbaló y se golpeó contra la esquina de una mesita. Yo había salido, ¿sabe? Yo había salido hacía rato pero si hubiese regresado antes…
Le dejé una nota. Siempre que nos ausentábamos nos avisábamos así, mediante notas. “Vuelvo pronto”, le escribí, pero no volví pronto porque si hubiese vuelto pronto Eva se habría salvado, su cerebro no hubiera estado tanto tiempo falto de oxigeno…. Pero no volví pronto, maldita sea, ¿sabe por qué no volví pronto? No se lo he contado jamás a nadie y creo que ya es hora de hacerlo. Verá, no volví pronto porque un olor, unos ojos y una voz que desde hacía unas semanas se habían instalado en mi mente se concretaron. No me mire así, no me culpe de lo que durante todos los minutos de esta década vengo culpándome. Jamás le había sido infiel a Eva hasta ese día. Cuando volví, ya no había nada que hacer. Fue un accidente, claro, un estúpido accidente casero como le he dicho antes pero, para mí, fue mucho más que eso.”
El policía contempló a Pablo; nunca en sus muchos años de oficio había visto un hombre tan derrotado. Ni los culpables de los peores crímenes dejaban traslucir jamás una cuarta parte del arrepentimiento que delataba todo su ser. El policía sintió una pena infinita y, extrañamente, le pareció lógico lo que estaba sucediendo.
“Eva volvió –dijo en voz baja pero segura el policía-. Regresó hace tres años y me dio su nota. La tengo aquí, ¿es su letra, verdad Pablo?” Pablo leyó las dos palabras “Vuelvo pronto” y asintió. “Sí, por supuesto que es su letra- corroboró el policía-, siempre presentí que Eva no estaba loca, siempre supe que era una enferma del alma. Lo que nunca llegué a imaginar es que Eva fuese, en realidad, un alma enferma.”
El policía se levantó dispuesto a marcharse. Ya no había nada que hacer ni que decir. Pablo, por su parte, pensó que quizá debería haber contado mucho antes los sucesos de aquel día que habían corroído todos sus sentimientos y emociones durante diez años. De repente se sentía más liviano y ágil, incluso su pulso parecía más firme y su respiración más vivaz.
Acompañó al policía hasta la puerta y se dieron un fuerte apretón de manos. El policía no quiso advertirle a Pablo que en el espejo del recibidor había pegada una nota que antes, a su llegada, no estaba. “Me voy”, se veía escrito con una letra que el policía no dudó ni un instante en atribuir a alguien que, ahora sí, se marchaba para no volver, porque ahora, por fin, ya sabía lo que durante diez años de peregrinaje su alma buscó saber.
“¿Cuánto tiempo suele significar “pronto” para su marido?” Fue la primera pregunta de uno de los policías que acudieron a su llamada. Eva le contestó que no podría precisarlo pero que “pronto” para Pablo significa “pronto”, más o menos lo que para todo el mundo. “¿Media hora, una hora, dos…?” El policía insistió y Eva lo miró con fijeza. “No lo sé – le replicó con calma-. Una hora, quizá dos como mucho, pero nunca un día entero, como ahora. “Pronto” no significa una demora de más de veinticuatro horas, no para Pablo. Ni para mí.”
Eva Arévalo, según la impresión de los policías, parecía una mujer serena. Preocupada, sí, pero sensata y poco dada a especulaciones fantásticas. En ningún momento perdió los nervios ni la compostura, ni apremió a los policías, ni balbuceó ni se contradijo en las explicaciones que ofreció sobre su vida cotidiana y los hábitos que marcaban la convivencia con Pablo. Los policías, tras estas y otras formalidades iniciales, se convencieron de que algo extraño había ocurrido con Pablo y abrieron una investigación.
La investigación duró poco; en apenas un día el proceso se resolvió de una forma inesperada: con un diagnóstico. Los policías interrogaron a los vecinos con los cuestionarios habituales en estos casos, preguntas abocadas principalmente a clarificar si alguno de ellos había visto a Pablo en las horas anteriores o posteriores en las que se había calculado su desaparición. La respuesta fue siempre la misma, un no rotundo. Nadie había visto a Pablo, ni en ese intervalo de tiempo ni en ningún otro porque nadie, ninguno de los interrogados, había visto jamás a Pablo pues Pablo, simplemente, no existía, no podía existir, en la casa sólo vivía ella, Eva Arévalo, una mujer de mediana edad que llegó al edificio hacía un año, sola; una mujer, Eva Arévalo, que se caracterizaba por no recibir visitas, ni cartas (esta circunstancia la facilitó el cartero, sorprendido de que incluso los bancos la excluyeran de su correspondencia); una mujer que salía todos los días a las mismas horas a comprar, según suponía el vecindario, lo más elemental.
Lo curioso, pensaba uno de los policías, no era que una mujer solitaria y con seguridad aquejada de alguna dolencia del alma, mucho más que de la mente, se hubiese inventado una pareja e incluso hubiese facilitado una fotografía para las pesquisas. Lo curioso había sido la tranquilidad con que Eva Arévalo escuchó a los policías cuando la visitaron para hacerle un resumen de la investigación y comunicarle el resultado. Eva Arévalo se limitó a asentir y a entrelazar los brazos en su regazo. Miró a los ojos a los policías y dijo “Gracias. Han hecho ustedes todo lo que estaba en sus manos.”
El policía, junto con la fotografía del presunto Pablo, guardó en un cajón de su mesa la nota manuscrita “Vuelvo pronto”. El grafólogo le había asegurado que esa letra no era la de Eva Arévalo, aunque este detalle podría no decir nada si, como resultaba evidente, la mujer padecía un severo trastorno de personalidad. Se han dado casos –argumentó el grafólogo- de personas que pueden escribir con tres o cuatro caligrafías diferentes, según se vean visitadas en esos momentos por una u otra de sus múltiples personalidades.
Al policía, sin embargo, esta explicación le parecía en exceso rebuscada. Y las explicaciones rebuscadas, lo sabía por experiencia, no solían ser las correctas.
El tiempo, más que en minutos, días y años, se mide para los policías en casos abiertos y cerrados, en éxitos y fracasos, en horrores e injusticias. Todo lo abyecto de lo que el ser humano es capaz pasa por sus mesas y se estaciona en tablones de corcho llenos de truculencias clavadas con alfileres: fotografías de víctimas, de sospechosos, esquemas, mapas, planos donde se expresa matemática y estadísticamente la geografía y frecuencia del horror. Y todo acaba depositado en los archivos: una morgue tan helada y aséptica como la de los sótanos.
Muchos casos se cerraron y abrieron pero el policía seguía pensando en Eva Arévalo. A veces abría el cajón y se demoraba mirando la nota “Vuelvo pronto” y se preguntaba qué habría sido de aquella mujer sosegada y amable cuyo historial se cerró con la evidencia de un trastorno que el policía seguía resistiéndose a domiciliar en su mente. Él siempre pensó en Eva Arévalo como en una enferma del alma.
Quizá por este diagnóstico íntimo el policía se alegró tanto de ver a Eva Arévalo acompañada de otro policía. Ambos se acercaban a su mesa. La mujer había solicitado verlo.
“Cuánto tiempo”-dijo el policía por todo saludo. Y se estrecharon las manos y el policía vio una luz desconocida en los ojos de Eva. “Mucho tiempo, sí -respondió la mujer-. Supongo que le extrañará mi visita.” “Su visita me alegra mucho más de lo que pueda extrañarme. He pensado en usted más de lo que imagina” –el policía sopesó la posibilidad de que sus palabras fuesen malinterpretadas, pero Eva sonrió con placidez y tomó asiento. “Ya lo sé. Mis palabras de antes eran pura cortesía. Sé que ha pensado mucho en mí, por eso vengo a comunicarle que Pablo ha vuelto.”
El policía sintió un nudo en el estómago. Interpretó esta afirmación como la prueba evidente de la locura de Eva que él tanto se había resistido a reconocer, pero antes de tomar una determinación prefirió escuchar lo que la mujer venía a decirle.
“Pablo volvió. Ya no vivimos en la misma casa de antes. Me mudé. Los vecinos, después de lo que pasó, me miraban con recelo y a nadie le gusta que le miren con recelo, ¿comprende? Me marché antes de que Pablo regresase, pero Pablo me encontró. Me gustaría que fuese usted a hablar con él, que averiguase dónde ha estado durante todo este tiempo. Quiero saber, aunque nada más sea por encima, por qué no volvió pronto, como me aseguraba en su nota. Pero, por favor, no vaya como policía. Vaya como amigo, como un amigo mío que me ha ayudado durante todo este tiempo.”
El policía llegó a la dirección que le había facilitado Eva y llamó al timbre. Un hombre que se ajustaba plenamente al de la fotografía facilitada tanto tiempo atrás abrió la puerta. Parecía apesadumbrado, de movimientos tardos y mirada velada. El policía se presentó como un amigo de su mujer, Eva Arévalo, y preguntó si estaba en casa y podía verla.
Pablo, porque no cabía ninguna duda de su identidad, franqueó la puerta y, con un gesto, invitó a pasar al policía. Por la razón que fuese el hombre llamado Pablo pareció, de pronto, haber envejecido veinte años. Sus movimientos se hicieron más pesados y lentos todavía, sus pupilas se extraviaron como absorbidas por una pena huracanada y las manos le temblaron ligeramente.
Entraron en una pequeña salita presidida por una librería y un retrato. Se trataba de una fotografía ampliada y enmarcada con un listoncillo dorado. “Aquí la tiene- dijo Pablo señalando el retrato-. Eva, mi mujer.” El policía replicó que ya la conocía, que reparara en que al presentarse le había dicho que era amigo suyo. Pablo lo observó con una sonrisa desvaída: “Un amigo venido de muy lejos y de muy antes, por lo que veo. ¿No sabe que Eva murió hace diez años?” “¿Diez años? –Exclamó el policía-. ¡Eso no es posible! Conocí a Eva hace apenas tres años y la he visto hace dos días. Dos días, ¿entiende?”
Pablo, más que sentarse, se derrumbó sobre una butaca y el policía pensó que podría hacer lo propio en un sofá. La conversación había tomado un giro tan absurdo que obviaba cualquier fórmula cortés.
Ninguno de ellos habló; no obstante, no pesaba en el ambiente la espesa incomodidad del silencio. Ambos aguardaban algo, quizá unas migajas de inspiración que lograran conducir su conversación hasta un terreno libre de sobresaltos. Pablo se decidió:
“Murió en un estúpido accidente casero. Se resbaló y se golpeó contra la esquina de una mesita. Yo había salido, ¿sabe? Yo había salido hacía rato pero si hubiese regresado antes…
Le dejé una nota. Siempre que nos ausentábamos nos avisábamos así, mediante notas. “Vuelvo pronto”, le escribí, pero no volví pronto porque si hubiese vuelto pronto Eva se habría salvado, su cerebro no hubiera estado tanto tiempo falto de oxigeno…. Pero no volví pronto, maldita sea, ¿sabe por qué no volví pronto? No se lo he contado jamás a nadie y creo que ya es hora de hacerlo. Verá, no volví pronto porque un olor, unos ojos y una voz que desde hacía unas semanas se habían instalado en mi mente se concretaron. No me mire así, no me culpe de lo que durante todos los minutos de esta década vengo culpándome. Jamás le había sido infiel a Eva hasta ese día. Cuando volví, ya no había nada que hacer. Fue un accidente, claro, un estúpido accidente casero como le he dicho antes pero, para mí, fue mucho más que eso.”
El policía contempló a Pablo; nunca en sus muchos años de oficio había visto un hombre tan derrotado. Ni los culpables de los peores crímenes dejaban traslucir jamás una cuarta parte del arrepentimiento que delataba todo su ser. El policía sintió una pena infinita y, extrañamente, le pareció lógico lo que estaba sucediendo.
“Eva volvió –dijo en voz baja pero segura el policía-. Regresó hace tres años y me dio su nota. La tengo aquí, ¿es su letra, verdad Pablo?” Pablo leyó las dos palabras “Vuelvo pronto” y asintió. “Sí, por supuesto que es su letra- corroboró el policía-, siempre presentí que Eva no estaba loca, siempre supe que era una enferma del alma. Lo que nunca llegué a imaginar es que Eva fuese, en realidad, un alma enferma.”
El policía se levantó dispuesto a marcharse. Ya no había nada que hacer ni que decir. Pablo, por su parte, pensó que quizá debería haber contado mucho antes los sucesos de aquel día que habían corroído todos sus sentimientos y emociones durante diez años. De repente se sentía más liviano y ágil, incluso su pulso parecía más firme y su respiración más vivaz.
Acompañó al policía hasta la puerta y se dieron un fuerte apretón de manos. El policía no quiso advertirle a Pablo que en el espejo del recibidor había pegada una nota que antes, a su llegada, no estaba. “Me voy”, se veía escrito con una letra que el policía no dudó ni un instante en atribuir a alguien que, ahora sí, se marchaba para no volver, porque ahora, por fin, ya sabía lo que durante diez años de peregrinaje su alma buscó saber.
viernes, 14 de mayo de 2010
VISITA de Celia (España)
De: “Sara” sara.gutierrez@hotmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visita
Querida Sonia:
Anoche volvió Juanma a visitar a Paula, y digo anoche porque ya casi íbamos a cenar, ¿te parecen horas? Y otra vez, como los días pasados, sucedió lo mismo: se encerraron en el cuarto de Paula y te prometo que no se oía ni el más mínimo ruido. Ya sabes que no soy curiosa pero, al fin, me dije que la casa es mía y ella la que me paga un alquiler así que me decidí y de puntillas fui hasta la puerta de su cuarto y nada, ni una mosca se oía. Me pregunto qué harán, porque hablar no hablan, Sonia, porque si hablasen, algo, un susurro siquiera, se filtraría…
Estuvieron casi una hora. Cuando salieron y Juanma se marchó yo ya había cenado. Le dije a Paula que ahí tenía las sobras si quería y, si no, que se preparase lo que le diese la gana pero me contestó que no tenía hambre, que ya había cenado, lo cual es imposible porque llegó de trabajar a las siete, como siempre.
¿Qué harán esos dos allí encerrados? ¿A ti qué te parece? ¡Estoy harta de estas visitas!
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: sara.gutierrez@hotmail.com
Asunto: Re: Visita
Sara, querida, ya sabes que siempre me dio mala espina esa Paula y que nunca me pareció adecuado que compartieras tu casa con una desconocida porque, digas lo que digas y por mucho que insistiera tu madre, ¿qué sabes de ella? De acuerdo, es una especie de prima segunda pero los parentescos no significan nada ni implican ninguna clase de confianza. Considero urgente que le preguntes por sus tratos con Juanma y espero y deseo que no pase todo de ser más que un vulgar flirteo, ya sabes cómo son los hombres y Paula, aunque no vale nada la pobrecilla, es bastante echada para adelante en todos los sentidos, y ya lo decía mi abuelo: “tiran más dos te.tas que dos carretas”. Ojalá sea sólo eso lo que se traen entre manos esos dos. No puedo imaginar otra cosa, Sara, no, desde luego, de Juanma. De ella, sin embargo, podría esperarme cualquier cosa.
Lo que me extraña es la ausencia de ruido. Porque si hicieran “algo”, ya sabes qué quiero decir, lo normal sería que algún sonido se escapara.
Opino, Sara, que debes agarrar el toro por los cuernos y preguntarle directamente a ella…
De: “Sara” sara.gutierrez@hotmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visita
Querida Sonia:
Ayer otra vez y peor que nunca. Al menos estuvieron dos horas encerrados y, cuando salieron, no te imaginas qué miradas, Sonia… Casi tuve miedo y no de Paula sino, sobre todo, de Juanma, ¡si supieras con qué fijeza me miró! Y Paula estaba diferente, completamente relajada, con un gesto de extraña satisfacción, como si nada le importara en absoluto.
Quise hacerte caso y más tarde le pregunté directamente: ¿Qué hacéis los dos encerrados y tan silenciosos? Le pregunté así, a bocajarro. Y se echó a reír por toda respuesta, una carcajada estrepitosa, de escalofrío…
Ya no hablo con Paula desde ayer, no nos dirigimos la palabra. Todo esto ha empezado a darme miedo, no te rías, Sonia, por favor… Es todo tan extraño: esas miradas, el gesto suficiente de Paula, la risa… Y no me atrevo a decirle “lárgate de aquí” por respeto a mi madre, porque fue ella la que quiso que compartiera la casa, que no me quedara sola, como ella, la pobre, tenía esos terribles y tristísimos episodios, pensaba que yo…. Ya sabes cómo era mamá. Y de Juanma, ¿qué puedo decir y, peor, qué puedo decirle?
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: sara.gutierrez@hotmail.com
Asunto: Re: Visita
Sara, querida, me preocupaste tanto con tu mail anterior que decidí hacer algo por mi cuenta y, no te enojes, por favor, hablé personalmente con Juanma. Me dijo, palabras textuales, que él no va a visitar a Paula, que sólo la conoce de un par de veces que ha pasado por tu casa pero que no existen esas visitas que tanto te angustian.
Sara, querida, ¿por qué me dijo esto? Acláramelo, por favor, porque de veras que ya no sé qué pensar.
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: paulafb@gmail.com
Asunto: Visitas
Paula, quiero decirte que todo va bien, que la pobre está de los nervios. ¿Va a ir Juanma esta noche? Procurad no encerraros tanto tiempo como la vez anterior no vaya a ser que llame a alguien y os vean. Calculad un tiempo prudencial para que se ponga nerviosa y crea que está sufriendo visiones (de esa parte ya me estoy encargando con éxito). Si pudierais arreglároslas para que Juanma entrase con una ropa y saliese con otra sería fantástico. Redondearía el efecto…
De: “Paula” paulafb@gmail.com
Para: Juanmaguti@yahoo.com
Asunto: Visitas
Mi amor:
Sonia se está metiendo demasiado en todo. Demasiadas ideas, demasiada “creatividad”. Dice que sería fantástico que esta noche Sara te viera entrar con una ropa y salir con otra, que eso la confundiría aún más, ¿qué opinas? No sé por qué tiene que ser todo tan complicado, Juanma. Me enferma estar una o dos horas encerrada contigo sin hablar ni una palabra. Ya sabes que yo soy mucho más expeditiva y hubiese terminado con esta historia de una forma más rotunda. Todo este lío que has inventado…y, lo peor, que tenga que estar Sonia involucrada. No me fío de ella, ya verás cómo pide más. Si corriera por mi cuenta esa no vería ni un céntimo, ya me las compondría yo…
Te quiero,
De: “Juanma” juanmaguti@yahoo.com
Para: paulafb@gmail.com
Asunto: Re: Visitas
Todo está bien, Paula, no metas prisa que las cosas caerán por sí solas. Recuerda que todo está bien atado y que nada de esto hubiese sucedido si la loca de mi madrastra se hubiese avenido a legarnos la casa mi hermanita Sara y a mí, pero no, claro, al fin y al cabo la casa era de ella, la muy loca, y Sara y yo sólo somos hermanos por parte de padre. La suerte está echada, Paula: mi hermana hará lo mismo que su mamá, ¿entiendes? Y, si no lo hace, ya le daremos nosotros el empujoncito necesario pero, eso sí, cuando todo el mundo piense que está tan desequilibrada como su madre. Lo de los suicidios se hereda, ya te lo dije. Es como una tara, cosas de los genes…
Esta noche iré. Sólo media hora, tiene razón Sonia, no sea que mi hermanita se altere y llame a alguien.
No te preocupes tampoco por Sonia, ya veremos qué hacemos con ella cuando todo esto concluya. De momento, vamos a aprovecharnos de sus ideas, que son inmejorables: lo de la ropa es genial, puede acelerarlo todo.
Espérame a las ocho.
Yo también te quiero.
De: “Paula” paulafb@gmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visitas
Sonia, dice Juanma que es genial tu idea de la ropa y que esta noche la llevaremos adelante. Sara y yo no hablamos pero cuando la miro de reojo la noto a punto de explotar. Juanma se ha vuelto a poner en contacto con los japoneses. Cada vez les interesa más la casa, bueno, el solar, eso a nosotros no nos importa mientras paguen el dineral acordado. Primero tiene que heredarla Juanma, claro…
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: juanmaguti@yahoo.com
Asunto: Visitas
Juanma, cariño, estoy cansada de pensar que Paula y tú os encerráis durante horas en ese cuarto. Cuando termine todo esto, ¿qué haremos con ella? La odio, la odio, la odio..
Y a ti te quiero, te quiero, te quiero…
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visita
Querida Sonia:
Anoche volvió Juanma a visitar a Paula, y digo anoche porque ya casi íbamos a cenar, ¿te parecen horas? Y otra vez, como los días pasados, sucedió lo mismo: se encerraron en el cuarto de Paula y te prometo que no se oía ni el más mínimo ruido. Ya sabes que no soy curiosa pero, al fin, me dije que la casa es mía y ella la que me paga un alquiler así que me decidí y de puntillas fui hasta la puerta de su cuarto y nada, ni una mosca se oía. Me pregunto qué harán, porque hablar no hablan, Sonia, porque si hablasen, algo, un susurro siquiera, se filtraría…
Estuvieron casi una hora. Cuando salieron y Juanma se marchó yo ya había cenado. Le dije a Paula que ahí tenía las sobras si quería y, si no, que se preparase lo que le diese la gana pero me contestó que no tenía hambre, que ya había cenado, lo cual es imposible porque llegó de trabajar a las siete, como siempre.
¿Qué harán esos dos allí encerrados? ¿A ti qué te parece? ¡Estoy harta de estas visitas!
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: sara.gutierrez@hotmail.com
Asunto: Re: Visita
Sara, querida, ya sabes que siempre me dio mala espina esa Paula y que nunca me pareció adecuado que compartieras tu casa con una desconocida porque, digas lo que digas y por mucho que insistiera tu madre, ¿qué sabes de ella? De acuerdo, es una especie de prima segunda pero los parentescos no significan nada ni implican ninguna clase de confianza. Considero urgente que le preguntes por sus tratos con Juanma y espero y deseo que no pase todo de ser más que un vulgar flirteo, ya sabes cómo son los hombres y Paula, aunque no vale nada la pobrecilla, es bastante echada para adelante en todos los sentidos, y ya lo decía mi abuelo: “tiran más dos te.tas que dos carretas”. Ojalá sea sólo eso lo que se traen entre manos esos dos. No puedo imaginar otra cosa, Sara, no, desde luego, de Juanma. De ella, sin embargo, podría esperarme cualquier cosa.
Lo que me extraña es la ausencia de ruido. Porque si hicieran “algo”, ya sabes qué quiero decir, lo normal sería que algún sonido se escapara.
Opino, Sara, que debes agarrar el toro por los cuernos y preguntarle directamente a ella…
De: “Sara” sara.gutierrez@hotmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visita
Querida Sonia:
Ayer otra vez y peor que nunca. Al menos estuvieron dos horas encerrados y, cuando salieron, no te imaginas qué miradas, Sonia… Casi tuve miedo y no de Paula sino, sobre todo, de Juanma, ¡si supieras con qué fijeza me miró! Y Paula estaba diferente, completamente relajada, con un gesto de extraña satisfacción, como si nada le importara en absoluto.
Quise hacerte caso y más tarde le pregunté directamente: ¿Qué hacéis los dos encerrados y tan silenciosos? Le pregunté así, a bocajarro. Y se echó a reír por toda respuesta, una carcajada estrepitosa, de escalofrío…
Ya no hablo con Paula desde ayer, no nos dirigimos la palabra. Todo esto ha empezado a darme miedo, no te rías, Sonia, por favor… Es todo tan extraño: esas miradas, el gesto suficiente de Paula, la risa… Y no me atrevo a decirle “lárgate de aquí” por respeto a mi madre, porque fue ella la que quiso que compartiera la casa, que no me quedara sola, como ella, la pobre, tenía esos terribles y tristísimos episodios, pensaba que yo…. Ya sabes cómo era mamá. Y de Juanma, ¿qué puedo decir y, peor, qué puedo decirle?
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: sara.gutierrez@hotmail.com
Asunto: Re: Visita
Sara, querida, me preocupaste tanto con tu mail anterior que decidí hacer algo por mi cuenta y, no te enojes, por favor, hablé personalmente con Juanma. Me dijo, palabras textuales, que él no va a visitar a Paula, que sólo la conoce de un par de veces que ha pasado por tu casa pero que no existen esas visitas que tanto te angustian.
Sara, querida, ¿por qué me dijo esto? Acláramelo, por favor, porque de veras que ya no sé qué pensar.
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: paulafb@gmail.com
Asunto: Visitas
Paula, quiero decirte que todo va bien, que la pobre está de los nervios. ¿Va a ir Juanma esta noche? Procurad no encerraros tanto tiempo como la vez anterior no vaya a ser que llame a alguien y os vean. Calculad un tiempo prudencial para que se ponga nerviosa y crea que está sufriendo visiones (de esa parte ya me estoy encargando con éxito). Si pudierais arreglároslas para que Juanma entrase con una ropa y saliese con otra sería fantástico. Redondearía el efecto…
De: “Paula” paulafb@gmail.com
Para: Juanmaguti@yahoo.com
Asunto: Visitas
Mi amor:
Sonia se está metiendo demasiado en todo. Demasiadas ideas, demasiada “creatividad”. Dice que sería fantástico que esta noche Sara te viera entrar con una ropa y salir con otra, que eso la confundiría aún más, ¿qué opinas? No sé por qué tiene que ser todo tan complicado, Juanma. Me enferma estar una o dos horas encerrada contigo sin hablar ni una palabra. Ya sabes que yo soy mucho más expeditiva y hubiese terminado con esta historia de una forma más rotunda. Todo este lío que has inventado…y, lo peor, que tenga que estar Sonia involucrada. No me fío de ella, ya verás cómo pide más. Si corriera por mi cuenta esa no vería ni un céntimo, ya me las compondría yo…
Te quiero,
De: “Juanma” juanmaguti@yahoo.com
Para: paulafb@gmail.com
Asunto: Re: Visitas
Todo está bien, Paula, no metas prisa que las cosas caerán por sí solas. Recuerda que todo está bien atado y que nada de esto hubiese sucedido si la loca de mi madrastra se hubiese avenido a legarnos la casa mi hermanita Sara y a mí, pero no, claro, al fin y al cabo la casa era de ella, la muy loca, y Sara y yo sólo somos hermanos por parte de padre. La suerte está echada, Paula: mi hermana hará lo mismo que su mamá, ¿entiendes? Y, si no lo hace, ya le daremos nosotros el empujoncito necesario pero, eso sí, cuando todo el mundo piense que está tan desequilibrada como su madre. Lo de los suicidios se hereda, ya te lo dije. Es como una tara, cosas de los genes…
Esta noche iré. Sólo media hora, tiene razón Sonia, no sea que mi hermanita se altere y llame a alguien.
No te preocupes tampoco por Sonia, ya veremos qué hacemos con ella cuando todo esto concluya. De momento, vamos a aprovecharnos de sus ideas, que son inmejorables: lo de la ropa es genial, puede acelerarlo todo.
Espérame a las ocho.
Yo también te quiero.
De: “Paula” paulafb@gmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visitas
Sonia, dice Juanma que es genial tu idea de la ropa y que esta noche la llevaremos adelante. Sara y yo no hablamos pero cuando la miro de reojo la noto a punto de explotar. Juanma se ha vuelto a poner en contacto con los japoneses. Cada vez les interesa más la casa, bueno, el solar, eso a nosotros no nos importa mientras paguen el dineral acordado. Primero tiene que heredarla Juanma, claro…
De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: juanmaguti@yahoo.com
Asunto: Visitas
Juanma, cariño, estoy cansada de pensar que Paula y tú os encerráis durante horas en ese cuarto. Cuando termine todo esto, ¿qué haremos con ella? La odio, la odio, la odio..
Y a ti te quiero, te quiero, te quiero…
CAMILA A LA NATURE
Ellos se observaban mutuamente sin saber qué decirse. El era francés y ella argentina. El hablaba su idioma y ella castellano. De una manera incomprensible se entendieron. Hay encuentros de almas que no necesitan presentación.
Camila había llegado a París para encontrarse con Jorge, su amante. Ella venía desde Barcelona, después de un viaje de mes y medio por Europa con dos amigas. Antes de viajar quedó con él que se encontrarían en París y luego irían a Copenhague y Estocolmo.
Camila esperó ansiosa el momento de verlo; ante la expectativa de tener a Jorge sólo para ella durante una semana, los últimos días con sus amigas habían sido un suplicio. A diferencia de ellas, Camila disfrutaba mezclándose con la gente, viviendo la idiosincrasia de cada lugar, respirando los olores típicos de cada ciudad que visitaban. Con Jorge estaba segura de que podría hacerlo. Más tarde comprobaría cuán equivocada estaba.
Quedaron en que ella lo llamaría desde Roma, su último destino antes del encuentro. Ansiosa por escuchar su voz, lo llamó según lo acordado. Su sorpresa fue mayúscula al escuchar a la operadora, en un mal español, decirle que el señor Jorge Reyes no aceptaba hablar con ella. Una voz de alarma interna le dijo que algo andaba mal pero no quiso darse por aludida y esquivando los fantasmas por las dudas le pidió a la telefonista que insistiera. Tras las súplicas de Camila, ésta aceptó renuente pero fue en vano: una vez más él rechazaba su llamada. Furiosa, le dijo que ella la pagaría y fue entonces que escuchó la voz fría y distante de Jorge:
-Negrita se me complica el encuentro, tengo que estar dos días en cada lugar, de reunión en reunión y no vamos a poder encontrarnos.
La decepción de Camila se tradujo en un rotundo:¡No me importa, quiero verte igual!
-Como quieras, te busco en Orly pero después no digas que no te lo advertí.
Estaba tan sorprendida y triste que olvidó preguntarle por qué había rechazado su llamada. Seguramente fue un error de la telefónica. No podía ser.
El encuentro en el aeropuerto no fue como ella lo había esperado. Una tristeza desconocida en su personalidad, alegre y despreocupada, se había adueñado de ella. Se saludaron con un beso y tomaron un taxi derecho al Hotel Hilton. Cuando llegaron hicieron el amor casi como autómatas, él se dio un baño rápido y le dijo que tenía que salir, pero antes le hizo un encargo.
-Hoy voy a estar ocupadísimo. Necesito que me compres esto.
Es un encargo de mi mujer.
Sin más, le alargó un papel y le dio un dinero. Con esto te va a alcanzar.
-¿No puedo acompañarte?
-De ninguna manera. Te vas a aburrir como una ostra. Nos vemos a la noche.
Camila no sabía si ponerse a llorar o salir a recorrer la ciudad. En el ínterin le echó una ojeada al papel y su rabia fue en aumento cuando vio que se trataba de ropa interior. Salió detrás de él y el conserje la saludó con una sonrisa amable, como si adivinara.
Caminó y caminó sin rumbo por las calles de París; recorrió Montmartre donde un artista joven ofreció pintarla y que le pagara “a la nature, avec le corp”; comió una baguette de jamón y queso cerca de Les Invalides y se sentó en un banco a contemplar el Sena. Sumida en sus pensamientos, no notó que un hombre rubio, de rostro simpático, se sentó a su lado. La saludó en francés y ella le devolvió el saludo en español. Con señas y miradas le dijo que ella era muy linda y que había traído el sol a París. Camila le agradeció el cumplido, también por señas, y le dijo que era casada. El no le creyó. Caminaron juntos hasta el anochecer y se despidieron en la puerta del hotel. El hombre le dio una tarjeta que ella guardó en su cartera. Estas cosas sólo suceden en Paris, pensó divertida.
Cuando llegó a la habitación Jorge ya había llegado. Le preguntó si había cumplido con su encargo. Fue allí cuando se dio cuenta de que había perdido el papel. El reproche silencioso de él fue peor que si la hubiera insultado. En el mismo tono frío y distante del teléfono le dijo:
-No podemos salir esta noche. Vas a tener que pedir que te traigan algo a la habitación. Me surgió una cena de negocios que no puedo postergar.
Camila se preguntó qué hacía allí. Parecía ajena al lugar, a él, a todo. Recordó a su amigo francés y tomó una decisión. Una vez que Jorge salió y la despidió con un beso a las apuradas, se dio una ducha rápida, se puso un jean y un sweater holgado, se miró en el espejo y le gustó su apariencia; juntó sus cosas y bajó al vestíbulo. Sobre el piso quedó el vestido que Jorge le había regalado en su último cumpleaños.
El conserje volvió a sonreírle como si estuviera al tanto de todo. Ella, en un mal francés, le mostró una tarjeta, le pidió que marcara ese número de teléfono y que le hiciera de intérprete.
A la media hora un hombre rubio, de rostro simpático la esperaba afuera. Salió, respiró profundo y se sintió libre. La aventura que había imaginado recién empezaba. Estaba en Paris. ¿Qué más podía pedir?
Camila había llegado a París para encontrarse con Jorge, su amante. Ella venía desde Barcelona, después de un viaje de mes y medio por Europa con dos amigas. Antes de viajar quedó con él que se encontrarían en París y luego irían a Copenhague y Estocolmo.
Camila esperó ansiosa el momento de verlo; ante la expectativa de tener a Jorge sólo para ella durante una semana, los últimos días con sus amigas habían sido un suplicio. A diferencia de ellas, Camila disfrutaba mezclándose con la gente, viviendo la idiosincrasia de cada lugar, respirando los olores típicos de cada ciudad que visitaban. Con Jorge estaba segura de que podría hacerlo. Más tarde comprobaría cuán equivocada estaba.
Quedaron en que ella lo llamaría desde Roma, su último destino antes del encuentro. Ansiosa por escuchar su voz, lo llamó según lo acordado. Su sorpresa fue mayúscula al escuchar a la operadora, en un mal español, decirle que el señor Jorge Reyes no aceptaba hablar con ella. Una voz de alarma interna le dijo que algo andaba mal pero no quiso darse por aludida y esquivando los fantasmas por las dudas le pidió a la telefonista que insistiera. Tras las súplicas de Camila, ésta aceptó renuente pero fue en vano: una vez más él rechazaba su llamada. Furiosa, le dijo que ella la pagaría y fue entonces que escuchó la voz fría y distante de Jorge:
-Negrita se me complica el encuentro, tengo que estar dos días en cada lugar, de reunión en reunión y no vamos a poder encontrarnos.
La decepción de Camila se tradujo en un rotundo:¡No me importa, quiero verte igual!
-Como quieras, te busco en Orly pero después no digas que no te lo advertí.
Estaba tan sorprendida y triste que olvidó preguntarle por qué había rechazado su llamada. Seguramente fue un error de la telefónica. No podía ser.
El encuentro en el aeropuerto no fue como ella lo había esperado. Una tristeza desconocida en su personalidad, alegre y despreocupada, se había adueñado de ella. Se saludaron con un beso y tomaron un taxi derecho al Hotel Hilton. Cuando llegaron hicieron el amor casi como autómatas, él se dio un baño rápido y le dijo que tenía que salir, pero antes le hizo un encargo.
-Hoy voy a estar ocupadísimo. Necesito que me compres esto.
Es un encargo de mi mujer.
Sin más, le alargó un papel y le dio un dinero. Con esto te va a alcanzar.
-¿No puedo acompañarte?
-De ninguna manera. Te vas a aburrir como una ostra. Nos vemos a la noche.
Camila no sabía si ponerse a llorar o salir a recorrer la ciudad. En el ínterin le echó una ojeada al papel y su rabia fue en aumento cuando vio que se trataba de ropa interior. Salió detrás de él y el conserje la saludó con una sonrisa amable, como si adivinara.
Caminó y caminó sin rumbo por las calles de París; recorrió Montmartre donde un artista joven ofreció pintarla y que le pagara “a la nature, avec le corp”; comió una baguette de jamón y queso cerca de Les Invalides y se sentó en un banco a contemplar el Sena. Sumida en sus pensamientos, no notó que un hombre rubio, de rostro simpático, se sentó a su lado. La saludó en francés y ella le devolvió el saludo en español. Con señas y miradas le dijo que ella era muy linda y que había traído el sol a París. Camila le agradeció el cumplido, también por señas, y le dijo que era casada. El no le creyó. Caminaron juntos hasta el anochecer y se despidieron en la puerta del hotel. El hombre le dio una tarjeta que ella guardó en su cartera. Estas cosas sólo suceden en Paris, pensó divertida.
Cuando llegó a la habitación Jorge ya había llegado. Le preguntó si había cumplido con su encargo. Fue allí cuando se dio cuenta de que había perdido el papel. El reproche silencioso de él fue peor que si la hubiera insultado. En el mismo tono frío y distante del teléfono le dijo:
-No podemos salir esta noche. Vas a tener que pedir que te traigan algo a la habitación. Me surgió una cena de negocios que no puedo postergar.
Camila se preguntó qué hacía allí. Parecía ajena al lugar, a él, a todo. Recordó a su amigo francés y tomó una decisión. Una vez que Jorge salió y la despidió con un beso a las apuradas, se dio una ducha rápida, se puso un jean y un sweater holgado, se miró en el espejo y le gustó su apariencia; juntó sus cosas y bajó al vestíbulo. Sobre el piso quedó el vestido que Jorge le había regalado en su último cumpleaños.
El conserje volvió a sonreírle como si estuviera al tanto de todo. Ella, en un mal francés, le mostró una tarjeta, le pidió que marcara ese número de teléfono y que le hiciera de intérprete.
A la media hora un hombre rubio, de rostro simpático la esperaba afuera. Salió, respiró profundo y se sintió libre. La aventura que había imaginado recién empezaba. Estaba en Paris. ¿Qué más podía pedir?
ELLA
Ella me visita cada mañana al despertar, cuando me baño, cuando me peino, cuando me maquillo, cuando me visto. En cada momento del día va junto a mí y me acompaña haciendo mis días más placenteros, convirtiendo mi rutina en un andar suave y mesurado. La encontré hace poco tiempo y cada vez que me visita la tristeza es menos tristeza, el dolor se atenúa y suenan violines en el bullicio sordo de la ciudad. Camina conmigo y modifica mi espacio, me susurra al oído palabras de amor, me hace grande, hermosa, omnipotente, mujer. Ella es mi inspiración y mi silencio cómplice. Ella catapultó mis sueños a lugares exóticos y nuevos, me mostró un mundo distinto; me enseñó a abrazar al amigo, a dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Ella impregnó en mi cuerpo el aroma de su fragancia tibia. Ella se instaló en mí acaparando cada minuto de mi soledad acompañada. Ella. Tu imagen.
UNA MUJER Y UN GATO
A Guillermo no le gustaban los gatos ni sus misteriosas maneras de escabullirse; sí le gustaban los perros, eran más predecibles y leales, pero jamás tendría uno en su departamento. Quizás no soportaba la incógnita, la sorpresa o la duda. Guillermo era un obsesivo del orden y la puntualidad. Su vida monótona y rutinaria transcurría pacíficamente, sin pena ni gloria.
Quizás por eso se conformaba con ver pasar a la mujer cada día por la misma calle sin atreverse a encararla. O quizás sí le gustaban los gatos y todavía no había tomado conciencia de ello. La chica de la mochila rosada era todo un misterio para él; era muy consciente de lo que su cadencia al caminar, su abundante pelo negro cayéndole sobre la espalda y sus largas piernas delgadas moviéndose al compas, lo encendían, de tal forma que no podía pensar en otra cosa más que estar a la hora señalada, siempre en la misma esquina, para verla pasar.
Un día se propuso abordarla. Intentaría lograr que ella lo mirara. Como al descuido la esperó en la misma esquina de siempre, pero esta vez se ubicó de modo tal que a ella no le quedara otra opción más que toparse con él. Sus ojos se cruzaron por un segundo que para él fue eterno pero Guillermo siguió su camino tratando de fingir indiferencia. Temió que ella escuchara los fuertes latidos de su corazón. El aire olía a fresias y lo transportó a mil leguas de allí.
–¿Estás bien? –le preguntó una voz que le sonó celestial.
–Sí ¿Qué me pasó? –preguntó Guillermo incorporándose aturdido.
–Cruzaste la calle sin mirar y te atropelló una moto. Pensé que te había matado.
–¡¡¡Fuera gato!!! Se escuchó a sí mismo gritar con irritación.
–No seas malo, pobre gatito, te lamió la cara hasta que despertaste. ¿Es tuyo?
–No, yo no soporto a los gatos– Y al ver como ella lo levantaba y acariciaba su cabeza como premiándolo, se le ocurrió decir:
–Digo… yo no tengo gatos…
–Me llamo Sofía. ¿Vos?
–Guillermo.
Se despertó a la mañana con un ligero dolor de cabeza. Había tenido una pesadilla donde unos ojos gatunos lo atrapaban en un torbellino de éxtasis y locura. La sensación le duró hasta las diez. Estaba ansioso por escuchar de nuevo la voz dulce y clara de Sofía. Cuando se disponía a salir sonó el timbre de la puerta.
–Hola Guillermo. Vine a ver cómo estabas. ¿Me invitás con un café? –le dijo alargándole una bolsa de papel con humeantes medialunas. En la otra mano sostenía al gato.
Estaba tan confundido que no atinó a preguntarle cómo sabía su dirección. La hizo pasar y ella se apoltronó en el sillón mientras él se quedó parado, incómodo, frente a la puerta sin saber qué hacer. Había soñado muchas veces con el encuentro pero ahora ella lo arruinaba todo con su irrupción violenta, metiéndose en su intimidad de esa manera y encima, trayendo con ella a ese sucio gato. La vio irse a la cocina y poner agua para el café con una familiaridad que le resultó insoportable.
–Sofía, debo irme o voy a llegar tarde al trabajo.
–¿Te importa que me quede un rato? Todavía es temprano para mí y acabo de hacer café…
Guillermo dudó por un momento pero no se animó a contradecirla.
–Por supuesto, no hay problema.
En el trabajo no pudo concentrarse pensando en Sofía y preguntándose si había hecho bien en dejarla sola en su departamento. Al fin y al cabo no la conocía, era una perfecta extraña para él. A la hora de almorzar tomó un taxi y fue directo a su casa. Cuando llegó todo era un caos, fue directamente a la mesa de luz y comprobó que el sobre con el dinero no estaba. Sólo una nota para él: “Guillermo, tuve que tomar prestado algún dinero tuyo pero te lo devolveré cuando aprendas a querer a los gatos. Podes encontrarme en El Tulipán Negro. Nos vemos. Sofía”
Guillermo se maldijo por estúpido. No podía creer que sus ahorros de tres años se hubieran evaporado de la mañana a la noche en manos de una desconocida a quién él había dejado sola en su casa. Buscó frenéticamente en la web El Tulipán Negro. Sin cambiarse corrió al lugar. Era un bar de streapers en la zona roja. Apenas entró la vio, sentada con un hombre corpulento, tipo patovica. Ella le hizo señas para que se acercara. No podía creer el desparpajo de la mujer.
–¡Guillermo, viniste!
La tomó de un brazo y el patovica se levantó con ademán amenazante, pero ella le dijo que estaba todo bien.
–Vení, vamos a aquella mesa y tranquilizate.
–¿Cómo querés que me tranquilice si me robaste todo mi dinero?
–No te lo robé, lo tomé prestado, tal como te puse en la nota.
–Por favor, ¿me viste cara de idiota?...
–Si me escucharas verías que no hay nada de qué preocuparse.
–¡Soy todo oídos!
–El dinero lo jugué todo en el casino y lo dupliqué…
–¡¡¡Vos estás loca de remate!!!
–Calmáte y escuchá. Si venís conmigo a mi casa te daré todo tu dinero, menos la ganancia por supuesto que es mía, me la gané en buena ley.
–No entiendo cómo tenés el descaro de hacer chistes todavía, estás para el Borda nena.
Guillermo no sabía si estrangularla o abrazarla, dentro de su chifladura seguía viendo algo especial en esta mujer que había irrumpido de la noche a la mañana en su vida poniéndola patas para arriba. De mala gana, accedió a acompañarla. El patovica lo miró desconfiado pero Sofía agarró a Guillermo de un brazo y lo llevó hasta la puerta.
Caminaron unas tres cuadras y tomaron un taxi. Cuando ella le dio la dirección, Guillermo se sobresaltó una vez más. En el camino estuvieron silenciosos hasta que el taxi paró frente a un edificio en el barrio más lujoso de la ciudad. En silencio ella abrió la puerta y subieron al ascensor que se abrió directamente en el hall de entrada de su piso.
–Ponéte cómodo. Ya vengo.
Guillermo no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¿Quién era esta mujer? Todo a su alrededor destilaba confort y pulcritud.
Cuando la vio aparecer cambiada, sólo con un jean y una camisa de hombre que contrastaba con la elegancia que la rodeaba, la deseó aún más. Guillermo no quería admitir la fascinación que ella ejercía sobre él. La odiaba por eso.
–Acá está tu dinero. Contálo por favor.
El la zamarreó por los hombros con fuerza y le gritó:
–¿Se puede saber qué significa este juego? ¿Creés que podes entrar así nomás a mi vida y hacer lo que te plazca, niña rica? ¿Quién sos? ¿Qué querés de mí?
–Soy tu ángel guardián. Me mandaron de arriba para que te enseñe a vivir.
Sofía cerró los ojos y le ofreció sus labios. Él no se pudo resistir.
Quizás por eso se conformaba con ver pasar a la mujer cada día por la misma calle sin atreverse a encararla. O quizás sí le gustaban los gatos y todavía no había tomado conciencia de ello. La chica de la mochila rosada era todo un misterio para él; era muy consciente de lo que su cadencia al caminar, su abundante pelo negro cayéndole sobre la espalda y sus largas piernas delgadas moviéndose al compas, lo encendían, de tal forma que no podía pensar en otra cosa más que estar a la hora señalada, siempre en la misma esquina, para verla pasar.
Un día se propuso abordarla. Intentaría lograr que ella lo mirara. Como al descuido la esperó en la misma esquina de siempre, pero esta vez se ubicó de modo tal que a ella no le quedara otra opción más que toparse con él. Sus ojos se cruzaron por un segundo que para él fue eterno pero Guillermo siguió su camino tratando de fingir indiferencia. Temió que ella escuchara los fuertes latidos de su corazón. El aire olía a fresias y lo transportó a mil leguas de allí.
–¿Estás bien? –le preguntó una voz que le sonó celestial.
–Sí ¿Qué me pasó? –preguntó Guillermo incorporándose aturdido.
–Cruzaste la calle sin mirar y te atropelló una moto. Pensé que te había matado.
–¡¡¡Fuera gato!!! Se escuchó a sí mismo gritar con irritación.
–No seas malo, pobre gatito, te lamió la cara hasta que despertaste. ¿Es tuyo?
–No, yo no soporto a los gatos– Y al ver como ella lo levantaba y acariciaba su cabeza como premiándolo, se le ocurrió decir:
–Digo… yo no tengo gatos…
–Me llamo Sofía. ¿Vos?
–Guillermo.
Se despertó a la mañana con un ligero dolor de cabeza. Había tenido una pesadilla donde unos ojos gatunos lo atrapaban en un torbellino de éxtasis y locura. La sensación le duró hasta las diez. Estaba ansioso por escuchar de nuevo la voz dulce y clara de Sofía. Cuando se disponía a salir sonó el timbre de la puerta.
–Hola Guillermo. Vine a ver cómo estabas. ¿Me invitás con un café? –le dijo alargándole una bolsa de papel con humeantes medialunas. En la otra mano sostenía al gato.
Estaba tan confundido que no atinó a preguntarle cómo sabía su dirección. La hizo pasar y ella se apoltronó en el sillón mientras él se quedó parado, incómodo, frente a la puerta sin saber qué hacer. Había soñado muchas veces con el encuentro pero ahora ella lo arruinaba todo con su irrupción violenta, metiéndose en su intimidad de esa manera y encima, trayendo con ella a ese sucio gato. La vio irse a la cocina y poner agua para el café con una familiaridad que le resultó insoportable.
–Sofía, debo irme o voy a llegar tarde al trabajo.
–¿Te importa que me quede un rato? Todavía es temprano para mí y acabo de hacer café…
Guillermo dudó por un momento pero no se animó a contradecirla.
–Por supuesto, no hay problema.
En el trabajo no pudo concentrarse pensando en Sofía y preguntándose si había hecho bien en dejarla sola en su departamento. Al fin y al cabo no la conocía, era una perfecta extraña para él. A la hora de almorzar tomó un taxi y fue directo a su casa. Cuando llegó todo era un caos, fue directamente a la mesa de luz y comprobó que el sobre con el dinero no estaba. Sólo una nota para él: “Guillermo, tuve que tomar prestado algún dinero tuyo pero te lo devolveré cuando aprendas a querer a los gatos. Podes encontrarme en El Tulipán Negro. Nos vemos. Sofía”
Guillermo se maldijo por estúpido. No podía creer que sus ahorros de tres años se hubieran evaporado de la mañana a la noche en manos de una desconocida a quién él había dejado sola en su casa. Buscó frenéticamente en la web El Tulipán Negro. Sin cambiarse corrió al lugar. Era un bar de streapers en la zona roja. Apenas entró la vio, sentada con un hombre corpulento, tipo patovica. Ella le hizo señas para que se acercara. No podía creer el desparpajo de la mujer.
–¡Guillermo, viniste!
La tomó de un brazo y el patovica se levantó con ademán amenazante, pero ella le dijo que estaba todo bien.
–Vení, vamos a aquella mesa y tranquilizate.
–¿Cómo querés que me tranquilice si me robaste todo mi dinero?
–No te lo robé, lo tomé prestado, tal como te puse en la nota.
–Por favor, ¿me viste cara de idiota?...
–Si me escucharas verías que no hay nada de qué preocuparse.
–¡Soy todo oídos!
–El dinero lo jugué todo en el casino y lo dupliqué…
–¡¡¡Vos estás loca de remate!!!
–Calmáte y escuchá. Si venís conmigo a mi casa te daré todo tu dinero, menos la ganancia por supuesto que es mía, me la gané en buena ley.
–No entiendo cómo tenés el descaro de hacer chistes todavía, estás para el Borda nena.
Guillermo no sabía si estrangularla o abrazarla, dentro de su chifladura seguía viendo algo especial en esta mujer que había irrumpido de la noche a la mañana en su vida poniéndola patas para arriba. De mala gana, accedió a acompañarla. El patovica lo miró desconfiado pero Sofía agarró a Guillermo de un brazo y lo llevó hasta la puerta.
Caminaron unas tres cuadras y tomaron un taxi. Cuando ella le dio la dirección, Guillermo se sobresaltó una vez más. En el camino estuvieron silenciosos hasta que el taxi paró frente a un edificio en el barrio más lujoso de la ciudad. En silencio ella abrió la puerta y subieron al ascensor que se abrió directamente en el hall de entrada de su piso.
–Ponéte cómodo. Ya vengo.
Guillermo no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¿Quién era esta mujer? Todo a su alrededor destilaba confort y pulcritud.
Cuando la vio aparecer cambiada, sólo con un jean y una camisa de hombre que contrastaba con la elegancia que la rodeaba, la deseó aún más. Guillermo no quería admitir la fascinación que ella ejercía sobre él. La odiaba por eso.
–Acá está tu dinero. Contálo por favor.
El la zamarreó por los hombros con fuerza y le gritó:
–¿Se puede saber qué significa este juego? ¿Creés que podes entrar así nomás a mi vida y hacer lo que te plazca, niña rica? ¿Quién sos? ¿Qué querés de mí?
–Soy tu ángel guardián. Me mandaron de arriba para que te enseñe a vivir.
Sofía cerró los ojos y le ofreció sus labios. Él no se pudo resistir.
martes, 4 de mayo de 2010
Para que me veas
Para entrar a tu refugio
es preciso que me veas
haré piruetas bailando
te rodearé con mi estela
llevaré en la solapa
una enorme rosa negra
y cantaré a viva voz
sólo para que me veas.
Si después de tanto llamar
incansable a tu puerta
no consigo que me abras
y al verme te das la vuelta
te prometo no llorar
ya buscaré la manera
de evaporarme ante ti
para salir de tu huella.
Piénsalo bien dulce amor
antes de darte la vuelta
no vaya a ser que seas tú
quien me busca
y no me encuentra
es preciso que me veas
haré piruetas bailando
te rodearé con mi estela
llevaré en la solapa
una enorme rosa negra
y cantaré a viva voz
sólo para que me veas.
Si después de tanto llamar
incansable a tu puerta
no consigo que me abras
y al verme te das la vuelta
te prometo no llorar
ya buscaré la manera
de evaporarme ante ti
para salir de tu huella.
Piénsalo bien dulce amor
antes de darte la vuelta
no vaya a ser que seas tú
quien me busca
y no me encuentra
Te vi
Te vi en el resplandor
de esa noche estrellada
yo era una más en tu lista de féminas
me hablabas desde lejos
me observabas
como quien mira distante
sin recuerdos, ni nada
Releí tus poemas
las cartas
me vi en tus ojos
olí el café humeante
sentí otra vez el calor
de nuestras manos atadas
No creo en el amor eterno
-me dijiste-
Y yo ilusa pensé:
a mí me amarás siempre
a pesar tuyo
de las circunstancias
de las sombras que aparecen
si no puedo tenerte
Y lloré por ti y por mí
por la distancia
que separa nuestros cuerpos
pero entrelaza las almas
cuando te veo una vez más
y creo que me llamas
cuando el poema reaviva el fuego
en cada palabra
de esa noche estrellada
yo era una más en tu lista de féminas
me hablabas desde lejos
me observabas
como quien mira distante
sin recuerdos, ni nada
Releí tus poemas
las cartas
me vi en tus ojos
olí el café humeante
sentí otra vez el calor
de nuestras manos atadas
No creo en el amor eterno
-me dijiste-
Y yo ilusa pensé:
a mí me amarás siempre
a pesar tuyo
de las circunstancias
de las sombras que aparecen
si no puedo tenerte
Y lloré por ti y por mí
por la distancia
que separa nuestros cuerpos
pero entrelaza las almas
cuando te veo una vez más
y creo que me llamas
cuando el poema reaviva el fuego
en cada palabra
La morocha y los perros
No puedo creer que todos los rollos que me hice por tanto tiempo se resolvieron en una charla de cuarenta minutos, durante un viaje en tren. En los escasos momentos de intimidad que compartimos con Juan, es raro que nos animemos a hablar de nosotros y, menos que menos, del hastío y la rutina que nos envuelve desde hace varios años. Estamos juntos por conveniencia mutua, de eso no hay ninguna duda. Él, porque es un burgués que no concibe la vida sin su familia, su casa y sus perros; y yo, por un miedo ancestral a salir del sarcófago, según mi psicóloga. De sexo, ni hablar.
Pero hoy algo cambió. No sé si atribuírselo a los astros o a una nueva predisposición mía a romper moldes, a salir del cascarón. Sin pensarlo demasiado le pregunté a boca de jarro:
-Ya que ninguno de los dos se quiere separar, qué opinarías de darnos un permiso mutuo para salir con otras personas. Creo que los dos nos merecemos una vida más plena y feliz y así no podemos seguir.
El se me quedó mirando atónito pero sonrió y me dijo:
-No puedo creer lo que escucho. Vos estás cambiada, algo te está pasando. ¿Eso te lo dijeron en el curso que estás haciendo?
Me reí y le dije que no. Estaba sorprendido pero divertido a la vez. Y yo, que me había pasado los dos últimos años pensando cómo encarar la realidad de que ya no lo amaba ni lo deseaba y, lo peor de todo, cómo decírselo a él, se lo largué así nomás, serenamente, como si hablara de otras personas y no de nosotros.
-Bueno, mi conciencia la tengo tranquila porque no soy quien tiene el problema, estoy siempre dispuesto.
-El problema es de los dos, no mío Juan –le contesté muy tranquila-.
-Vos fuiste quien cambió, no yo. Antes te encantaba y lo hacíamos en cualquier parte y a cualquier hora. Acordate cuando me despertabas a las tres de la mañana porque los chicos a esa hora dormían, y eras una tigresa, nadie podía pararte…
-Eran otros tiempos. Por empezar, teníamos treinta años menos y las hormonas a full. Fue una etapa donde estábamos formando nuestro proyecto de vida, de tener una familia. Ahora es diferente, los chicos ya son grandes, no nos necesitan.
-El famoso síndrome del del nido vacío.
-Sí, y es tiempo de que tengamos un proyecto diferente, pero no sé si juntos. Somos muy distintos. A vos te gusta quedarte en casa y a mi salir, no tenés muchos amigos y yo cada vez más. A mí me gusta viajar, conocer gente, lugares, ir al cine, al teatro. A vos leer y ver películas viejas de Clint Eastwood por dvd. De casa al trabajo y del trabajo a casa, como decía el General.
-Todos mis compañeros de laburo, los de mi edad, están en la misma situación. Las mujeres ya no quieren lola. Y todos, sin excepción, les meten los cuernos. Yo no.
-¿Y como hacés? ¿Cómo te aguantás?
-No me aguanto. Uno tiene sus recursos…propios…
-Decime la verdad Juan. ¿No sería más sano que nos diéramos permiso para salir cada uno por su lado?
-Podría ser… Dejámelo pensar… Yo saldría con putas, eso sí.
-¿Por qué?
-Porque a la larga te salen más baratas.
-¡Dejáte de joder! Vos tenés derecho a conocer a alguien que te dé lo que yo no puedo darte.
-Vos me das todo lo que necesito.
-Todo no.
-Bueno, me la banco.
Mientras veníamos caminando desde la estación rumbo a casa, nos cruzamos con una morocha que rajaba la tierra .
-A esa morocha me la cruzo cada vez que paseo los perros y me mira con ganas…
-Bueno, el arreglo sería que nos damos permiso pero nada de detalles. No pretendo que vos me cuentes con quién salís y a quien te levantás. ¿Ok? ¿En serio nunca me fuiste infiel?
-No, una sola vez le toqué el culo a una mina en el laburo, hace como veinte años y ella se entusiasmó… pero yo preferí cortarlo ahí. Y vos ¿tenés a alguien en la cabeza?
-Mmm… no. Pero me gustaría sentirme libre, saber que si alguien me gusta puedo salir y no te estoy traicionando.
-¡No, la traición jamás! Separarnos tampoco.
-Bueno, no sabemos, quizás alguno de los dos se enamora de otro.
-No. Yo no voy a volver a enamorarme.
-Eso no lo sabés, no podés decirlo ahora.
-Nunca voy a abandonar a mi familia.
Estábamos llegando a casa y la conversación quedó allí. Para seguirla en otro momento, dijimos. Cenamos en silencio y nos fuimos a dormir.
Pero hoy algo cambió. No sé si atribuírselo a los astros o a una nueva predisposición mía a romper moldes, a salir del cascarón. Sin pensarlo demasiado le pregunté a boca de jarro:
-Ya que ninguno de los dos se quiere separar, qué opinarías de darnos un permiso mutuo para salir con otras personas. Creo que los dos nos merecemos una vida más plena y feliz y así no podemos seguir.
El se me quedó mirando atónito pero sonrió y me dijo:
-No puedo creer lo que escucho. Vos estás cambiada, algo te está pasando. ¿Eso te lo dijeron en el curso que estás haciendo?
Me reí y le dije que no. Estaba sorprendido pero divertido a la vez. Y yo, que me había pasado los dos últimos años pensando cómo encarar la realidad de que ya no lo amaba ni lo deseaba y, lo peor de todo, cómo decírselo a él, se lo largué así nomás, serenamente, como si hablara de otras personas y no de nosotros.
-Bueno, mi conciencia la tengo tranquila porque no soy quien tiene el problema, estoy siempre dispuesto.
-El problema es de los dos, no mío Juan –le contesté muy tranquila-.
-Vos fuiste quien cambió, no yo. Antes te encantaba y lo hacíamos en cualquier parte y a cualquier hora. Acordate cuando me despertabas a las tres de la mañana porque los chicos a esa hora dormían, y eras una tigresa, nadie podía pararte…
-Eran otros tiempos. Por empezar, teníamos treinta años menos y las hormonas a full. Fue una etapa donde estábamos formando nuestro proyecto de vida, de tener una familia. Ahora es diferente, los chicos ya son grandes, no nos necesitan.
-El famoso síndrome del del nido vacío.
-Sí, y es tiempo de que tengamos un proyecto diferente, pero no sé si juntos. Somos muy distintos. A vos te gusta quedarte en casa y a mi salir, no tenés muchos amigos y yo cada vez más. A mí me gusta viajar, conocer gente, lugares, ir al cine, al teatro. A vos leer y ver películas viejas de Clint Eastwood por dvd. De casa al trabajo y del trabajo a casa, como decía el General.
-Todos mis compañeros de laburo, los de mi edad, están en la misma situación. Las mujeres ya no quieren lola. Y todos, sin excepción, les meten los cuernos. Yo no.
-¿Y como hacés? ¿Cómo te aguantás?
-No me aguanto. Uno tiene sus recursos…propios…
-Decime la verdad Juan. ¿No sería más sano que nos diéramos permiso para salir cada uno por su lado?
-Podría ser… Dejámelo pensar… Yo saldría con putas, eso sí.
-¿Por qué?
-Porque a la larga te salen más baratas.
-¡Dejáte de joder! Vos tenés derecho a conocer a alguien que te dé lo que yo no puedo darte.
-Vos me das todo lo que necesito.
-Todo no.
-Bueno, me la banco.
Mientras veníamos caminando desde la estación rumbo a casa, nos cruzamos con una morocha que rajaba la tierra .
-A esa morocha me la cruzo cada vez que paseo los perros y me mira con ganas…
-Bueno, el arreglo sería que nos damos permiso pero nada de detalles. No pretendo que vos me cuentes con quién salís y a quien te levantás. ¿Ok? ¿En serio nunca me fuiste infiel?
-No, una sola vez le toqué el culo a una mina en el laburo, hace como veinte años y ella se entusiasmó… pero yo preferí cortarlo ahí. Y vos ¿tenés a alguien en la cabeza?
-Mmm… no. Pero me gustaría sentirme libre, saber que si alguien me gusta puedo salir y no te estoy traicionando.
-¡No, la traición jamás! Separarnos tampoco.
-Bueno, no sabemos, quizás alguno de los dos se enamora de otro.
-No. Yo no voy a volver a enamorarme.
-Eso no lo sabés, no podés decirlo ahora.
-Nunca voy a abandonar a mi familia.
Estábamos llegando a casa y la conversación quedó allí. Para seguirla en otro momento, dijimos. Cenamos en silencio y nos fuimos a dormir.
La rosa blanca
Martín volvió de Haití extenuado pero con una sensación de libertad que no había sentido antes. Durante los quince días que estuvo con los médicos de frontera ayudando a ese pueblo enterrado en vida, por mandato de quién sabe qué dios vengador, había conocido a Elisa. ¿Cómo describirla? Su belleza enigmática parecía provenir de otro planeta, no era real. Sus ojos color avellana parecían ver más allá de él mismo, como si lo conociera de siglos, como si ese mismo dios vengador la hubiera puesto en su camino con el fin de exorcizar los fantasmas que lo consumían desde su último tercer divorcio. Nadie hasta ese momento había podido entrar en su piel y en su corazón como Elisa. Quince días bastaron para atraparlo en un hechizo del que no pudo salir, ni siquiera cuando aterrizó en Buenos Aires hasta donde el horror de un pueblo mutilado lo acompañaba y sólo el recuerdo de sus besos amortiguaba el sufrimiento compartido, donde médico y enfermo se unían en la lucha codo a codo contra el absurdo. Ella estaba desahuciada cuando Martín la encontró y le salvó la vida; por el shock no recordaba quién era ni dónde vivía, sólo que su nombre era Elisa. Elisa. Durante el vuelo no pudo dejar de pensar en ella, como si se hubiera apoderado de todos sus sentidos y ya no fuera él mismo, la sentía en su piel; los dos fundidos en una sola carne. Se sentía extraño, poseído por una pasión inusitada; el sentido común le decía que debía recuperar la cordura pero fue imposible. Ansiaba llegar para llamarla, para escuchar una vez más su voz.
Mientras pasaba por la Aduana escuchó su nombre por los altoparlantes: “Señor Martin Hughes presentarse urgente en la Oficina de Informes”.
-Tenemos una carta que debe serle entregada urgente y en mano. Firme aquí por favor.
El sobre lacrado era de color amarillo pálido y tenía en la esquina iquierda dibujada una rosa negra. Con su equipaje a cuestas, Martín guardó el sobre en el bolsillo y buscó un taxi. Una vez dentro, con manos algo temblorosas, lo abrió.
“Mi dulce Martín:
Recobré la memoria y con ella un destino que nos separa. No me busques, es preciso que te olvides que una vez me conociste, es muy peligroso. Este tiempo no nos pertenece. Sólo tu recuerdo me dará fuerzas para seguir viviendo.
Tuya hoy y siempre
Elisa”
Martin cerró la carta, pagó el taxi y subió a su departamento. Una vez adentro marcó un número de teléfono. A pesar de que insistió varias veces, no hubo respuesta del otro lado. Marco otro número.
-Francisco, soy yo Martín. Acabo de llegar a Buenos Aires y necesito urgente una información. ¿Te acordás de Elisa, la que encontramos entre los escombros cerca del Palacio Presidencial?
-Sí, cómo olvidar a esa belleza… ¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito toda la información que encuentres sobre ella. Es urgente.
-¡Qué misterioso estás mi amigo! Parece que la morocha te atrapó.
-No hagas chistes. Esto es serio.
-Ok…Ok! En cuanto sepa algo te llamo.
-Dale, gracias!
Martin se desvistió y se dio una ducha rápida. Caminaba como fiera enjaulada de un lado para el otro, preguntándose, imaginando mil situaciones que le dieran una respuesta, que no tardó en llegar.
-Hola Martin, soy Fran.
-Decime Fran ¿qué pudiste averiguar?
-No te va a gustar viejo…
-¿Qué pasa?…
-Elisa es la mujer del Presidente de Haití. Sí, así como lo oís. Pero eso no es lo más grave… Parece que éste se enteró de un affair que ella tuvo en su convalecencia y…
-¿Y?
-Dicen que la mandó matar… Justo cuando corté con vos corrió la versión…Es lo que dicen… que apareció muerta en su cama con una rosa negra que al tocar su cadáver se volvió blanca… Lo siento mucho Martín… ¿Eras vos el del affair?
Martín dejó caer el teléfono y se desplomó sobre la cama…
Afuera, el bullicio de la ciudad se confundía con las noticias internacionales que mostraban, en un enorme LCD, el rostro de una hermosa mujer negra.
Mientras pasaba por la Aduana escuchó su nombre por los altoparlantes: “Señor Martin Hughes presentarse urgente en la Oficina de Informes”.
-Tenemos una carta que debe serle entregada urgente y en mano. Firme aquí por favor.
El sobre lacrado era de color amarillo pálido y tenía en la esquina iquierda dibujada una rosa negra. Con su equipaje a cuestas, Martín guardó el sobre en el bolsillo y buscó un taxi. Una vez dentro, con manos algo temblorosas, lo abrió.
“Mi dulce Martín:
Recobré la memoria y con ella un destino que nos separa. No me busques, es preciso que te olvides que una vez me conociste, es muy peligroso. Este tiempo no nos pertenece. Sólo tu recuerdo me dará fuerzas para seguir viviendo.
Tuya hoy y siempre
Elisa”
Martin cerró la carta, pagó el taxi y subió a su departamento. Una vez adentro marcó un número de teléfono. A pesar de que insistió varias veces, no hubo respuesta del otro lado. Marco otro número.
-Francisco, soy yo Martín. Acabo de llegar a Buenos Aires y necesito urgente una información. ¿Te acordás de Elisa, la que encontramos entre los escombros cerca del Palacio Presidencial?
-Sí, cómo olvidar a esa belleza… ¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito toda la información que encuentres sobre ella. Es urgente.
-¡Qué misterioso estás mi amigo! Parece que la morocha te atrapó.
-No hagas chistes. Esto es serio.
-Ok…Ok! En cuanto sepa algo te llamo.
-Dale, gracias!
Martin se desvistió y se dio una ducha rápida. Caminaba como fiera enjaulada de un lado para el otro, preguntándose, imaginando mil situaciones que le dieran una respuesta, que no tardó en llegar.
-Hola Martin, soy Fran.
-Decime Fran ¿qué pudiste averiguar?
-No te va a gustar viejo…
-¿Qué pasa?…
-Elisa es la mujer del Presidente de Haití. Sí, así como lo oís. Pero eso no es lo más grave… Parece que éste se enteró de un affair que ella tuvo en su convalecencia y…
-¿Y?
-Dicen que la mandó matar… Justo cuando corté con vos corrió la versión…Es lo que dicen… que apareció muerta en su cama con una rosa negra que al tocar su cadáver se volvió blanca… Lo siento mucho Martín… ¿Eras vos el del affair?
Martín dejó caer el teléfono y se desplomó sobre la cama…
Afuera, el bullicio de la ciudad se confundía con las noticias internacionales que mostraban, en un enorme LCD, el rostro de una hermosa mujer negra.
viernes, 8 de enero de 2010
TU NOMBRE
No logro concentrarme en el libro aunque en la contratapa está tu nombre. Leo cada palabra y cada palabra es tu nombre. Veo tu figura desdibujada y tu alma intacta, a cinco años de aquella tarde en que nuestras miradas se dijeron todo. Fue tu alma la que me llevó a descubrir que la noche puede estar más iluminada que el día; que la lluvia no cae sólo para la melancolía, que el viento puede ser una brisa que reconforta, un aire fresco y renovado; que los pájaros también componen sinfonías; que la risa cura y que el amor y la amistad se parecen, tanto que duele.
Hoy me sigo viendo en tus ojos aunque allí me quede. Porque Irene fue, antes que vos, mi amiga y yo me creí invencible, segura de que nadie podría cortar ese hilo que tejimos juntos. Ingenua o egoístamente creí que podíamos ser amigos; que ella y Roque iban a entenderlo. Pero nuestras miradas no pudieron ocultar lo que era más evidente para ellos que para nosotros mismos. Huí de vos y de mi traición no consumada y desde aquel momento la noche fue más oscura, la lluvia no lavó mis lágrimas, el viento fue una ráfaga helada que paralizó mis huesos y los pájaros me ensordecieron con sus chillidos.
Hoy me sumerjo en la profundidad de tu mirada que desde el libro me alcanza y entibia esta realidad presente, solitaria y dormida. Lo abrazo, acaricio sus páginas y lo guardo en un cajón. No me atrevo a desentrañar las palabras, a cambiarlas por tu nombre.
Hoy me sigo viendo en tus ojos aunque allí me quede. Porque Irene fue, antes que vos, mi amiga y yo me creí invencible, segura de que nadie podría cortar ese hilo que tejimos juntos. Ingenua o egoístamente creí que podíamos ser amigos; que ella y Roque iban a entenderlo. Pero nuestras miradas no pudieron ocultar lo que era más evidente para ellos que para nosotros mismos. Huí de vos y de mi traición no consumada y desde aquel momento la noche fue más oscura, la lluvia no lavó mis lágrimas, el viento fue una ráfaga helada que paralizó mis huesos y los pájaros me ensordecieron con sus chillidos.
Hoy me sumerjo en la profundidad de tu mirada que desde el libro me alcanza y entibia esta realidad presente, solitaria y dormida. Lo abrazo, acaricio sus páginas y lo guardo en un cajón. No me atrevo a desentrañar las palabras, a cambiarlas por tu nombre.
viernes, 10 de abril de 2009
Yesterday
Vuelo con los Beatles a mis veinte y soy de nuevo esa chica alegre, con la cintura apretada y los palazos ajustados de flores blancas y negras. Me sacudo sin parar y me río y me prendo el primer pucho haciéndome la canchera. El pelo largo, casi hasta la cintura, la sonrisa chispeante y espiando al chico que me gusta y me saca a bailar. Nos contorneamos sin control pendientes de quién nos mira hasta que llega el lento y hago palanca con el codo para que no se pase de la raya. El borrico insiste y se pone meloso. Le zampo un beso en el cachete y le dejo la marca, él corre la cara y ahora sus labios son carmín y es el hazme reír de la fiesta. Nos abrazamos todos y saltamos como desaforados en el jardín hasta que aparecen las primeras luces del día y con la pintura corrida y algunas cervezas de más, volvemos cada uno a su casa a dormir la mona y a soñar con la próxima farra.
Cría cuervos
Salí a caminar por la ciudad. Era un día espléndido de sol, las hojas de los árboles caían como planeando; llegué a una plaza. Había poca gente. Me senté en un banco al lado de un señor mayor que leía el periódico. No pude evitar espiar por el rabillo del ojo el titular en grandes letras de molde: “Inédito: un cuervo sobrevoló la Plaza Mayor”.
El señor se dio cuenta y me ofreció el diario. “Me interesa solamente esa noticia” le dije. “Vea señorita, el cuervo es un pájaro al que se le atribuyen toda clase de poderes. En China casi se lo venera, se dice que alimenta a sus padres, y eso va en contra de otras creencias como que si crías cuervos te sacarán los ojos”, me contestó entregándome el periódico. “¿Dónde queda la Plaza Mayor?”, le pregunté. “Aquí mismo”. “¿Entonces, el cuervo está aquí?”
Mi corazón comenzó a latir con fuerza ante la mirada profunda del viejo. No podía sacarle los ojos de encima y al cabo de un rato era el cuervo quien me miraba.
Se alejó sin despedirse y con angustia pensé en mi madre, sola, en el geriátrico.
El señor se dio cuenta y me ofreció el diario. “Me interesa solamente esa noticia” le dije. “Vea señorita, el cuervo es un pájaro al que se le atribuyen toda clase de poderes. En China casi se lo venera, se dice que alimenta a sus padres, y eso va en contra de otras creencias como que si crías cuervos te sacarán los ojos”, me contestó entregándome el periódico. “¿Dónde queda la Plaza Mayor?”, le pregunté. “Aquí mismo”. “¿Entonces, el cuervo está aquí?”
Mi corazón comenzó a latir con fuerza ante la mirada profunda del viejo. No podía sacarle los ojos de encima y al cabo de un rato era el cuervo quien me miraba.
Se alejó sin despedirse y con angustia pensé en mi madre, sola, en el geriátrico.
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