jueves, 20 de mayo de 2010

VUELVO PRONTO de Celia

-Eva Arévalo afirmó haber encontrado la nota pegada en el espejo del vestíbulo. Tanto Eva como Pablo, su marido, tenían por costumbre comunicarse sus ausencias mediante notas, siempre pegadas en el espejo del vestíbulo: “Salgo a comprar pan”, “Voy a la peluquería” o, como en este caso, “Vuelvo pronto”. Eva Arévalo, por lo tanto, no se extrañó al entrar en casa y encontrar el breve mensaje de Pablo.
“¿Cuánto tiempo suele significar “pronto” para su marido?” Fue la primera pregunta de uno de los policías que acudieron a su llamada. Eva le contestó que no podría precisarlo pero que “pronto” para Pablo significa “pronto”, más o menos lo que para todo el mundo. “¿Media hora, una hora, dos…?” El policía insistió y Eva lo miró con fijeza. “No lo sé – le replicó con calma-. Una hora, quizá dos como mucho, pero nunca un día entero, como ahora. “Pronto” no significa una demora de más de veinticuatro horas, no para Pablo. Ni para mí.”
Eva Arévalo, según la impresión de los policías, parecía una mujer serena. Preocupada, sí, pero sensata y poco dada a especulaciones fantásticas. En ningún momento perdió los nervios ni la compostura, ni apremió a los policías, ni balbuceó ni se contradijo en las explicaciones que ofreció sobre su vida cotidiana y los hábitos que marcaban la convivencia con Pablo. Los policías, tras estas y otras formalidades iniciales, se convencieron de que algo extraño había ocurrido con Pablo y abrieron una investigación.

La investigación duró poco; en apenas un día el proceso se resolvió de una forma inesperada: con un diagnóstico. Los policías interrogaron a los vecinos con los cuestionarios habituales en estos casos, preguntas abocadas principalmente a clarificar si alguno de ellos había visto a Pablo en las horas anteriores o posteriores en las que se había calculado su desaparición. La respuesta fue siempre la misma, un no rotundo. Nadie había visto a Pablo, ni en ese intervalo de tiempo ni en ningún otro porque nadie, ninguno de los interrogados, había visto jamás a Pablo pues Pablo, simplemente, no existía, no podía existir, en la casa sólo vivía ella, Eva Arévalo, una mujer de mediana edad que llegó al edificio hacía un año, sola; una mujer, Eva Arévalo, que se caracterizaba por no recibir visitas, ni cartas (esta circunstancia la facilitó el cartero, sorprendido de que incluso los bancos la excluyeran de su correspondencia); una mujer que salía todos los días a las mismas horas a comprar, según suponía el vecindario, lo más elemental.
Lo curioso, pensaba uno de los policías, no era que una mujer solitaria y con seguridad aquejada de alguna dolencia del alma, mucho más que de la mente, se hubiese inventado una pareja e incluso hubiese facilitado una fotografía para las pesquisas. Lo curioso había sido la tranquilidad con que Eva Arévalo escuchó a los policías cuando la visitaron para hacerle un resumen de la investigación y comunicarle el resultado. Eva Arévalo se limitó a asentir y a entrelazar los brazos en su regazo. Miró a los ojos a los policías y dijo “Gracias. Han hecho ustedes todo lo que estaba en sus manos.”
El policía, junto con la fotografía del presunto Pablo, guardó en un cajón de su mesa la nota manuscrita “Vuelvo pronto”. El grafólogo le había asegurado que esa letra no era la de Eva Arévalo, aunque este detalle podría no decir nada si, como resultaba evidente, la mujer padecía un severo trastorno de personalidad. Se han dado casos –argumentó el grafólogo- de personas que pueden escribir con tres o cuatro caligrafías diferentes, según se vean visitadas en esos momentos por una u otra de sus múltiples personalidades.
Al policía, sin embargo, esta explicación le parecía en exceso rebuscada. Y las explicaciones rebuscadas, lo sabía por experiencia, no solían ser las correctas.
El tiempo, más que en minutos, días y años, se mide para los policías en casos abiertos y cerrados, en éxitos y fracasos, en horrores e injusticias. Todo lo abyecto de lo que el ser humano es capaz pasa por sus mesas y se estaciona en tablones de corcho llenos de truculencias clavadas con alfileres: fotografías de víctimas, de sospechosos, esquemas, mapas, planos donde se expresa matemática y estadísticamente la geografía y frecuencia del horror. Y todo acaba depositado en los archivos: una morgue tan helada y aséptica como la de los sótanos.
Muchos casos se cerraron y abrieron pero el policía seguía pensando en Eva Arévalo. A veces abría el cajón y se demoraba mirando la nota “Vuelvo pronto” y se preguntaba qué habría sido de aquella mujer sosegada y amable cuyo historial se cerró con la evidencia de un trastorno que el policía seguía resistiéndose a domiciliar en su mente. Él siempre pensó en Eva Arévalo como en una enferma del alma.
Quizá por este diagnóstico íntimo el policía se alegró tanto de ver a Eva Arévalo acompañada de otro policía. Ambos se acercaban a su mesa. La mujer había solicitado verlo.
“Cuánto tiempo”-dijo el policía por todo saludo. Y se estrecharon las manos y el policía vio una luz desconocida en los ojos de Eva. “Mucho tiempo, sí -respondió la mujer-. Supongo que le extrañará mi visita.” “Su visita me alegra mucho más de lo que pueda extrañarme. He pensado en usted más de lo que imagina” –el policía sopesó la posibilidad de que sus palabras fuesen malinterpretadas, pero Eva sonrió con placidez y tomó asiento. “Ya lo sé. Mis palabras de antes eran pura cortesía. Sé que ha pensado mucho en mí, por eso vengo a comunicarle que Pablo ha vuelto.”
El policía sintió un nudo en el estómago. Interpretó esta afirmación como la prueba evidente de la locura de Eva que él tanto se había resistido a reconocer, pero antes de tomar una determinación prefirió escuchar lo que la mujer venía a decirle.
“Pablo volvió. Ya no vivimos en la misma casa de antes. Me mudé. Los vecinos, después de lo que pasó, me miraban con recelo y a nadie le gusta que le miren con recelo, ¿comprende? Me marché antes de que Pablo regresase, pero Pablo me encontró. Me gustaría que fuese usted a hablar con él, que averiguase dónde ha estado durante todo este tiempo. Quiero saber, aunque nada más sea por encima, por qué no volvió pronto, como me aseguraba en su nota. Pero, por favor, no vaya como policía. Vaya como amigo, como un amigo mío que me ha ayudado durante todo este tiempo.”
El policía llegó a la dirección que le había facilitado Eva y llamó al timbre. Un hombre que se ajustaba plenamente al de la fotografía facilitada tanto tiempo atrás abrió la puerta. Parecía apesadumbrado, de movimientos tardos y mirada velada. El policía se presentó como un amigo de su mujer, Eva Arévalo, y preguntó si estaba en casa y podía verla.
Pablo, porque no cabía ninguna duda de su identidad, franqueó la puerta y, con un gesto, invitó a pasar al policía. Por la razón que fuese el hombre llamado Pablo pareció, de pronto, haber envejecido veinte años. Sus movimientos se hicieron más pesados y lentos todavía, sus pupilas se extraviaron como absorbidas por una pena huracanada y las manos le temblaron ligeramente.
Entraron en una pequeña salita presidida por una librería y un retrato. Se trataba de una fotografía ampliada y enmarcada con un listoncillo dorado. “Aquí la tiene- dijo Pablo señalando el retrato-. Eva, mi mujer.” El policía replicó que ya la conocía, que reparara en que al presentarse le había dicho que era amigo suyo. Pablo lo observó con una sonrisa desvaída: “Un amigo venido de muy lejos y de muy antes, por lo que veo. ¿No sabe que Eva murió hace diez años?” “¿Diez años? –Exclamó el policía-. ¡Eso no es posible! Conocí a Eva hace apenas tres años y la he visto hace dos días. Dos días, ¿entiende?”
Pablo, más que sentarse, se derrumbó sobre una butaca y el policía pensó que podría hacer lo propio en un sofá. La conversación había tomado un giro tan absurdo que obviaba cualquier fórmula cortés.
Ninguno de ellos habló; no obstante, no pesaba en el ambiente la espesa incomodidad del silencio. Ambos aguardaban algo, quizá unas migajas de inspiración que lograran conducir su conversación hasta un terreno libre de sobresaltos. Pablo se decidió:
“Murió en un estúpido accidente casero. Se resbaló y se golpeó contra la esquina de una mesita. Yo había salido, ¿sabe? Yo había salido hacía rato pero si hubiese regresado antes…
Le dejé una nota. Siempre que nos ausentábamos nos avisábamos así, mediante notas. “Vuelvo pronto”, le escribí, pero no volví pronto porque si hubiese vuelto pronto Eva se habría salvado, su cerebro no hubiera estado tanto tiempo falto de oxigeno…. Pero no volví pronto, maldita sea, ¿sabe por qué no volví pronto? No se lo he contado jamás a nadie y creo que ya es hora de hacerlo. Verá, no volví pronto porque un olor, unos ojos y una voz que desde hacía unas semanas se habían instalado en mi mente se concretaron. No me mire así, no me culpe de lo que durante todos los minutos de esta década vengo culpándome. Jamás le había sido infiel a Eva hasta ese día. Cuando volví, ya no había nada que hacer. Fue un accidente, claro, un estúpido accidente casero como le he dicho antes pero, para mí, fue mucho más que eso.”
El policía contempló a Pablo; nunca en sus muchos años de oficio había visto un hombre tan derrotado. Ni los culpables de los peores crímenes dejaban traslucir jamás una cuarta parte del arrepentimiento que delataba todo su ser. El policía sintió una pena infinita y, extrañamente, le pareció lógico lo que estaba sucediendo.
“Eva volvió –dijo en voz baja pero segura el policía-. Regresó hace tres años y me dio su nota. La tengo aquí, ¿es su letra, verdad Pablo?” Pablo leyó las dos palabras “Vuelvo pronto” y asintió. “Sí, por supuesto que es su letra- corroboró el policía-, siempre presentí que Eva no estaba loca, siempre supe que era una enferma del alma. Lo que nunca llegué a imaginar es que Eva fuese, en realidad, un alma enferma.”
El policía se levantó dispuesto a marcharse. Ya no había nada que hacer ni que decir. Pablo, por su parte, pensó que quizá debería haber contado mucho antes los sucesos de aquel día que habían corroído todos sus sentimientos y emociones durante diez años. De repente se sentía más liviano y ágil, incluso su pulso parecía más firme y su respiración más vivaz.
Acompañó al policía hasta la puerta y se dieron un fuerte apretón de manos. El policía no quiso advertirle a Pablo que en el espejo del recibidor había pegada una nota que antes, a su llegada, no estaba. “Me voy”, se veía escrito con una letra que el policía no dudó ni un instante en atribuir a alguien que, ahora sí, se marchaba para no volver, porque ahora, por fin, ya sabía lo que durante diez años de peregrinaje su alma buscó saber.

viernes, 14 de mayo de 2010

VISITA de Celia (España)

De: “Sara” sara.gutierrez@hotmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visita

Querida Sonia:
Anoche volvió Juanma a visitar a Paula, y digo anoche porque ya casi íbamos a cenar, ¿te parecen horas? Y otra vez, como los días pasados, sucedió lo mismo: se encerraron en el cuarto de Paula y te prometo que no se oía ni el más mínimo ruido. Ya sabes que no soy curiosa pero, al fin, me dije que la casa es mía y ella la que me paga un alquiler así que me decidí y de puntillas fui hasta la puerta de su cuarto y nada, ni una mosca se oía. Me pregunto qué harán, porque hablar no hablan, Sonia, porque si hablasen, algo, un susurro siquiera, se filtraría…
Estuvieron casi una hora. Cuando salieron y Juanma se marchó yo ya había cenado. Le dije a Paula que ahí tenía las sobras si quería y, si no, que se preparase lo que le diese la gana pero me contestó que no tenía hambre, que ya había cenado, lo cual es imposible porque llegó de trabajar a las siete, como siempre.
¿Qué harán esos dos allí encerrados? ¿A ti qué te parece? ¡Estoy harta de estas visitas!

De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: sara.gutierrez@hotmail.com
Asunto: Re: Visita

Sara, querida, ya sabes que siempre me dio mala espina esa Paula y que nunca me pareció adecuado que compartieras tu casa con una desconocida porque, digas lo que digas y por mucho que insistiera tu madre, ¿qué sabes de ella? De acuerdo, es una especie de prima segunda pero los parentescos no significan nada ni implican ninguna clase de confianza. Considero urgente que le preguntes por sus tratos con Juanma y espero y deseo que no pase todo de ser más que un vulgar flirteo, ya sabes cómo son los hombres y Paula, aunque no vale nada la pobrecilla, es bastante echada para adelante en todos los sentidos, y ya lo decía mi abuelo: “tiran más dos te.tas que dos carretas”. Ojalá sea sólo eso lo que se traen entre manos esos dos. No puedo imaginar otra cosa, Sara, no, desde luego, de Juanma. De ella, sin embargo, podría esperarme cualquier cosa.
Lo que me extraña es la ausencia de ruido. Porque si hicieran “algo”, ya sabes qué quiero decir, lo normal sería que algún sonido se escapara.
Opino, Sara, que debes agarrar el toro por los cuernos y preguntarle directamente a ella…

De: “Sara” sara.gutierrez@hotmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visita

Querida Sonia:

Ayer otra vez y peor que nunca. Al menos estuvieron dos horas encerrados y, cuando salieron, no te imaginas qué miradas, Sonia… Casi tuve miedo y no de Paula sino, sobre todo, de Juanma, ¡si supieras con qué fijeza me miró! Y Paula estaba diferente, completamente relajada, con un gesto de extraña satisfacción, como si nada le importara en absoluto.
Quise hacerte caso y más tarde le pregunté directamente: ¿Qué hacéis los dos encerrados y tan silenciosos? Le pregunté así, a bocajarro. Y se echó a reír por toda respuesta, una carcajada estrepitosa, de escalofrío…
Ya no hablo con Paula desde ayer, no nos dirigimos la palabra. Todo esto ha empezado a darme miedo, no te rías, Sonia, por favor… Es todo tan extraño: esas miradas, el gesto suficiente de Paula, la risa… Y no me atrevo a decirle “lárgate de aquí” por respeto a mi madre, porque fue ella la que quiso que compartiera la casa, que no me quedara sola, como ella, la pobre, tenía esos terribles y tristísimos episodios, pensaba que yo…. Ya sabes cómo era mamá. Y de Juanma, ¿qué puedo decir y, peor, qué puedo decirle?

De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: sara.gutierrez@hotmail.com
Asunto: Re: Visita

Sara, querida, me preocupaste tanto con tu mail anterior que decidí hacer algo por mi cuenta y, no te enojes, por favor, hablé personalmente con Juanma. Me dijo, palabras textuales, que él no va a visitar a Paula, que sólo la conoce de un par de veces que ha pasado por tu casa pero que no existen esas visitas que tanto te angustian.
Sara, querida, ¿por qué me dijo esto? Acláramelo, por favor, porque de veras que ya no sé qué pensar.

De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: paulafb@gmail.com
Asunto: Visitas

Paula, quiero decirte que todo va bien, que la pobre está de los nervios. ¿Va a ir Juanma esta noche? Procurad no encerraros tanto tiempo como la vez anterior no vaya a ser que llame a alguien y os vean. Calculad un tiempo prudencial para que se ponga nerviosa y crea que está sufriendo visiones (de esa parte ya me estoy encargando con éxito). Si pudierais arreglároslas para que Juanma entrase con una ropa y saliese con otra sería fantástico. Redondearía el efecto…

De: “Paula” paulafb@gmail.com
Para: Juanmaguti@yahoo.com
Asunto: Visitas

Mi amor:
Sonia se está metiendo demasiado en todo. Demasiadas ideas, demasiada “creatividad”. Dice que sería fantástico que esta noche Sara te viera entrar con una ropa y salir con otra, que eso la confundiría aún más, ¿qué opinas? No sé por qué tiene que ser todo tan complicado, Juanma. Me enferma estar una o dos horas encerrada contigo sin hablar ni una palabra. Ya sabes que yo soy mucho más expeditiva y hubiese terminado con esta historia de una forma más rotunda. Todo este lío que has inventado…y, lo peor, que tenga que estar Sonia involucrada. No me fío de ella, ya verás cómo pide más. Si corriera por mi cuenta esa no vería ni un céntimo, ya me las compondría yo…
Te quiero,

De: “Juanma” juanmaguti@yahoo.com
Para: paulafb@gmail.com
Asunto: Re: Visitas

Todo está bien, Paula, no metas prisa que las cosas caerán por sí solas. Recuerda que todo está bien atado y que nada de esto hubiese sucedido si la loca de mi madrastra se hubiese avenido a legarnos la casa mi hermanita Sara y a mí, pero no, claro, al fin y al cabo la casa era de ella, la muy loca, y Sara y yo sólo somos hermanos por parte de padre. La suerte está echada, Paula: mi hermana hará lo mismo que su mamá, ¿entiendes? Y, si no lo hace, ya le daremos nosotros el empujoncito necesario pero, eso sí, cuando todo el mundo piense que está tan desequilibrada como su madre. Lo de los suicidios se hereda, ya te lo dije. Es como una tara, cosas de los genes…
Esta noche iré. Sólo media hora, tiene razón Sonia, no sea que mi hermanita se altere y llame a alguien.
No te preocupes tampoco por Sonia, ya veremos qué hacemos con ella cuando todo esto concluya. De momento, vamos a aprovecharnos de sus ideas, que son inmejorables: lo de la ropa es genial, puede acelerarlo todo.
Espérame a las ocho.
Yo también te quiero.

De: “Paula” paulafb@gmail.com
Para: soniaranguren07@yahoo.com
Asunto: Visitas

Sonia, dice Juanma que es genial tu idea de la ropa y que esta noche la llevaremos adelante. Sara y yo no hablamos pero cuando la miro de reojo la noto a punto de explotar. Juanma se ha vuelto a poner en contacto con los japoneses. Cada vez les interesa más la casa, bueno, el solar, eso a nosotros no nos importa mientras paguen el dineral acordado. Primero tiene que heredarla Juanma, claro…

De: “Sonia” soniaranguren07@yahoo.com
Para: juanmaguti@yahoo.com
Asunto: Visitas

Juanma, cariño, estoy cansada de pensar que Paula y tú os encerráis durante horas en ese cuarto. Cuando termine todo esto, ¿qué haremos con ella? La odio, la odio, la odio..
Y a ti te quiero, te quiero, te quiero…

CAMILA A LA NATURE

Ellos se observaban mutuamente sin saber qué decirse. El era francés y ella argentina. El hablaba su idioma y ella castellano. De una manera incomprensible se entendieron. Hay encuentros de almas que no necesitan presentación.

Camila había llegado a París para encontrarse con Jorge, su amante. Ella venía desde Barcelona, después de un viaje de mes y medio por Europa con dos amigas. Antes de viajar quedó con él que se encontrarían en París y luego irían a Copenhague y Estocolmo.

Camila esperó ansiosa el momento de verlo; ante la expectativa de tener a Jorge sólo para ella durante una semana, los últimos días con sus amigas habían sido un suplicio. A diferencia de ellas, Camila disfrutaba mezclándose con la gente, viviendo la idiosincrasia de cada lugar, respirando los olores típicos de cada ciudad que visitaban. Con Jorge estaba segura de que podría hacerlo. Más tarde comprobaría cuán equivocada estaba.

Quedaron en que ella lo llamaría desde Roma, su último destino antes del encuentro. Ansiosa por escuchar su voz, lo llamó según lo acordado. Su sorpresa fue mayúscula al escuchar a la operadora, en un mal español, decirle que el señor Jorge Reyes no aceptaba hablar con ella. Una voz de alarma interna le dijo que algo andaba mal pero no quiso darse por aludida y esquivando los fantasmas por las dudas le pidió a la telefonista que insistiera. Tras las súplicas de Camila, ésta aceptó renuente pero fue en vano: una vez más él rechazaba su llamada. Furiosa, le dijo que ella la pagaría y fue entonces que escuchó la voz fría y distante de Jorge:

-Negrita se me complica el encuentro, tengo que estar dos días en cada lugar, de reunión en reunión y no vamos a poder encontrarnos.

La decepción de Camila se tradujo en un rotundo:¡No me importa, quiero verte igual!

-Como quieras, te busco en Orly pero después no digas que no te lo advertí.

Estaba tan sorprendida y triste que olvidó preguntarle por qué había rechazado su llamada. Seguramente fue un error de la telefónica. No podía ser.

El encuentro en el aeropuerto no fue como ella lo había esperado. Una tristeza desconocida en su personalidad, alegre y despreocupada, se había adueñado de ella. Se saludaron con un beso y tomaron un taxi derecho al Hotel Hilton. Cuando llegaron hicieron el amor casi como autómatas, él se dio un baño rápido y le dijo que tenía que salir, pero antes le hizo un encargo.

-Hoy voy a estar ocupadísimo. Necesito que me compres esto.
Es un encargo de mi mujer.

Sin más, le alargó un papel y le dio un dinero. Con esto te va a alcanzar.

-¿No puedo acompañarte?

-De ninguna manera. Te vas a aburrir como una ostra. Nos vemos a la noche.

Camila no sabía si ponerse a llorar o salir a recorrer la ciudad. En el ínterin le echó una ojeada al papel y su rabia fue en aumento cuando vio que se trataba de ropa interior. Salió detrás de él y el conserje la saludó con una sonrisa amable, como si adivinara.

Caminó y caminó sin rumbo por las calles de París; recorrió Montmartre donde un artista joven ofreció pintarla y que le pagara “a la nature, avec le corp”; comió una baguette de jamón y queso cerca de Les Invalides y se sentó en un banco a contemplar el Sena. Sumida en sus pensamientos, no notó que un hombre rubio, de rostro simpático, se sentó a su lado. La saludó en francés y ella le devolvió el saludo en español. Con señas y miradas le dijo que ella era muy linda y que había traído el sol a París. Camila le agradeció el cumplido, también por señas, y le dijo que era casada. El no le creyó. Caminaron juntos hasta el anochecer y se despidieron en la puerta del hotel. El hombre le dio una tarjeta que ella guardó en su cartera. Estas cosas sólo suceden en Paris, pensó divertida.

Cuando llegó a la habitación Jorge ya había llegado. Le preguntó si había cumplido con su encargo. Fue allí cuando se dio cuenta de que había perdido el papel. El reproche silencioso de él fue peor que si la hubiera insultado. En el mismo tono frío y distante del teléfono le dijo:

-No podemos salir esta noche. Vas a tener que pedir que te traigan algo a la habitación. Me surgió una cena de negocios que no puedo postergar.

Camila se preguntó qué hacía allí. Parecía ajena al lugar, a él, a todo. Recordó a su amigo francés y tomó una decisión. Una vez que Jorge salió y la despidió con un beso a las apuradas, se dio una ducha rápida, se puso un jean y un sweater holgado, se miró en el espejo y le gustó su apariencia; juntó sus cosas y bajó al vestíbulo. Sobre el piso quedó el vestido que Jorge le había regalado en su último cumpleaños.

El conserje volvió a sonreírle como si estuviera al tanto de todo. Ella, en un mal francés, le mostró una tarjeta, le pidió que marcara ese número de teléfono y que le hiciera de intérprete.

A la media hora un hombre rubio, de rostro simpático la esperaba afuera. Salió, respiró profundo y se sintió libre. La aventura que había imaginado recién empezaba. Estaba en Paris. ¿Qué más podía pedir?

ELLA

Ella me visita cada mañana al despertar, cuando me baño, cuando me peino, cuando me maquillo, cuando me visto. En cada momento del día va junto a mí y me acompaña haciendo mis días más placenteros, convirtiendo mi rutina en un andar suave y mesurado. La encontré hace poco tiempo y cada vez que me visita la tristeza es menos tristeza, el dolor se atenúa y suenan violines en el bullicio sordo de la ciudad. Camina conmigo y modifica mi espacio, me susurra al oído palabras de amor, me hace grande, hermosa, omnipotente, mujer. Ella es mi inspiración y mi silencio cómplice. Ella catapultó mis sueños a lugares exóticos y nuevos, me mostró un mundo distinto; me enseñó a abrazar al amigo, a dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Ella impregnó en mi cuerpo el aroma de su fragancia tibia. Ella se instaló en mí acaparando cada minuto de mi soledad acompañada. Ella. Tu imagen.

UNA MUJER Y UN GATO

A Guillermo no le gustaban los gatos ni sus misteriosas maneras de escabullirse; sí le gustaban los perros, eran más predecibles y leales, pero jamás tendría uno en su departamento. Quizás no soportaba la incógnita, la sorpresa o la duda. Guillermo era un obsesivo del orden y la puntualidad. Su vida monótona y rutinaria transcurría pacíficamente, sin pena ni gloria.
Quizás por eso se conformaba con ver pasar a la mujer cada día por la misma calle sin atreverse a encararla. O quizás sí le gustaban los gatos y todavía no había tomado conciencia de ello. La chica de la mochila rosada era todo un misterio para él; era muy consciente de lo que su cadencia al caminar, su abundante pelo negro cayéndole sobre la espalda y sus largas piernas delgadas moviéndose al compas, lo encendían, de tal forma que no podía pensar en otra cosa más que estar a la hora señalada, siempre en la misma esquina, para verla pasar.
Un día se propuso abordarla. Intentaría lograr que ella lo mirara. Como al descuido la esperó en la misma esquina de siempre, pero esta vez se ubicó de modo tal que a ella no le quedara otra opción más que toparse con él. Sus ojos se cruzaron por un segundo que para él fue eterno pero Guillermo siguió su camino tratando de fingir indiferencia. Temió que ella escuchara los fuertes latidos de su corazón. El aire olía a fresias y lo transportó a mil leguas de allí.
–¿Estás bien? –le preguntó una voz que le sonó celestial.
–Sí ¿Qué me pasó? –preguntó Guillermo incorporándose aturdido.
–Cruzaste la calle sin mirar y te atropelló una moto. Pensé que te había matado.
–¡¡¡Fuera gato!!! Se escuchó a sí mismo gritar con irritación.
–No seas malo, pobre gatito, te lamió la cara hasta que despertaste. ¿Es tuyo?
–No, yo no soporto a los gatos– Y al ver como ella lo levantaba y acariciaba su cabeza como premiándolo, se le ocurrió decir:
–Digo… yo no tengo gatos…
–Me llamo Sofía. ¿Vos?
–Guillermo.
Se despertó a la mañana con un ligero dolor de cabeza. Había tenido una pesadilla donde unos ojos gatunos lo atrapaban en un torbellino de éxtasis y locura. La sensación le duró hasta las diez. Estaba ansioso por escuchar de nuevo la voz dulce y clara de Sofía. Cuando se disponía a salir sonó el timbre de la puerta.
–Hola Guillermo. Vine a ver cómo estabas. ¿Me invitás con un café? –le dijo alargándole una bolsa de papel con humeantes medialunas. En la otra mano sostenía al gato.
Estaba tan confundido que no atinó a preguntarle cómo sabía su dirección. La hizo pasar y ella se apoltronó en el sillón mientras él se quedó parado, incómodo, frente a la puerta sin saber qué hacer. Había soñado muchas veces con el encuentro pero ahora ella lo arruinaba todo con su irrupción violenta, metiéndose en su intimidad de esa manera y encima, trayendo con ella a ese sucio gato. La vio irse a la cocina y poner agua para el café con una familiaridad que le resultó insoportable.
–Sofía, debo irme o voy a llegar tarde al trabajo.
–¿Te importa que me quede un rato? Todavía es temprano para mí y acabo de hacer café…
Guillermo dudó por un momento pero no se animó a contradecirla.
–Por supuesto, no hay problema.
En el trabajo no pudo concentrarse pensando en Sofía y preguntándose si había hecho bien en dejarla sola en su departamento. Al fin y al cabo no la conocía, era una perfecta extraña para él. A la hora de almorzar tomó un taxi y fue directo a su casa. Cuando llegó todo era un caos, fue directamente a la mesa de luz y comprobó que el sobre con el dinero no estaba. Sólo una nota para él: “Guillermo, tuve que tomar prestado algún dinero tuyo pero te lo devolveré cuando aprendas a querer a los gatos. Podes encontrarme en El Tulipán Negro. Nos vemos. Sofía”
Guillermo se maldijo por estúpido. No podía creer que sus ahorros de tres años se hubieran evaporado de la mañana a la noche en manos de una desconocida a quién él había dejado sola en su casa. Buscó frenéticamente en la web El Tulipán Negro. Sin cambiarse corrió al lugar. Era un bar de streapers en la zona roja. Apenas entró la vio, sentada con un hombre corpulento, tipo patovica. Ella le hizo señas para que se acercara. No podía creer el desparpajo de la mujer.
–¡Guillermo, viniste!
La tomó de un brazo y el patovica se levantó con ademán amenazante, pero ella le dijo que estaba todo bien.
–Vení, vamos a aquella mesa y tranquilizate.
–¿Cómo querés que me tranquilice si me robaste todo mi dinero?
–No te lo robé, lo tomé prestado, tal como te puse en la nota.
–Por favor, ¿me viste cara de idiota?...
–Si me escucharas verías que no hay nada de qué preocuparse.
–¡Soy todo oídos!
–El dinero lo jugué todo en el casino y lo dupliqué…
–¡¡¡Vos estás loca de remate!!!
–Calmáte y escuchá. Si venís conmigo a mi casa te daré todo tu dinero, menos la ganancia por supuesto que es mía, me la gané en buena ley.
–No entiendo cómo tenés el descaro de hacer chistes todavía, estás para el Borda nena.
Guillermo no sabía si estrangularla o abrazarla, dentro de su chifladura seguía viendo algo especial en esta mujer que había irrumpido de la noche a la mañana en su vida poniéndola patas para arriba. De mala gana, accedió a acompañarla. El patovica lo miró desconfiado pero Sofía agarró a Guillermo de un brazo y lo llevó hasta la puerta.
Caminaron unas tres cuadras y tomaron un taxi. Cuando ella le dio la dirección, Guillermo se sobresaltó una vez más. En el camino estuvieron silenciosos hasta que el taxi paró frente a un edificio en el barrio más lujoso de la ciudad. En silencio ella abrió la puerta y subieron al ascensor que se abrió directamente en el hall de entrada de su piso.
–Ponéte cómodo. Ya vengo.
Guillermo no daba crédito a lo que veían sus ojos. ¿Quién era esta mujer? Todo a su alrededor destilaba confort y pulcritud.
Cuando la vio aparecer cambiada, sólo con un jean y una camisa de hombre que contrastaba con la elegancia que la rodeaba, la deseó aún más. Guillermo no quería admitir la fascinación que ella ejercía sobre él. La odiaba por eso.
–Acá está tu dinero. Contálo por favor.
El la zamarreó por los hombros con fuerza y le gritó:
–¿Se puede saber qué significa este juego? ¿Creés que podes entrar así nomás a mi vida y hacer lo que te plazca, niña rica? ¿Quién sos? ¿Qué querés de mí?
–Soy tu ángel guardián. Me mandaron de arriba para que te enseñe a vivir.
Sofía cerró los ojos y le ofreció sus labios. Él no se pudo resistir.

martes, 4 de mayo de 2010

Para que me veas

Para entrar a tu refugio
es preciso que me veas
haré piruetas bailando
te rodearé con mi estela
llevaré en la solapa
una enorme rosa negra
y cantaré a viva voz
sólo para que me veas.

Si después de tanto llamar
incansable a tu puerta
no consigo que me abras
y al verme te das la vuelta
te prometo no llorar
ya buscaré la manera
de evaporarme ante ti
para salir de tu huella.

Piénsalo bien dulce amor
antes de darte la vuelta
no vaya a ser que seas tú
quien me busca
y no me encuentra

Te vi

Te vi en el resplandor
de esa noche estrellada
yo era una más en tu lista de féminas
me hablabas desde lejos
me observabas
como quien mira distante
sin recuerdos, ni nada

Releí tus poemas
las cartas
me vi en tus ojos
olí el café humeante
sentí otra vez el calor
de nuestras manos atadas

No creo en el amor eterno
-me dijiste-
Y yo ilusa pensé:
a mí me amarás siempre
a pesar tuyo
de las circunstancias
de las sombras que aparecen
si no puedo tenerte

Y lloré por ti y por mí
por la distancia
que separa nuestros cuerpos
pero entrelaza las almas
cuando te veo una vez más
y creo que me llamas
cuando el poema reaviva el fuego
en cada palabra

La morocha y los perros

No puedo creer que todos los rollos que me hice por tanto tiempo se resolvieron en una charla de cuarenta minutos, durante un viaje en tren. En los escasos momentos de intimidad que compartimos con Juan, es raro que nos animemos a hablar de nosotros y, menos que menos, del hastío y la rutina que nos envuelve desde hace varios años. Estamos juntos por conveniencia mutua, de eso no hay ninguna duda. Él, porque es un burgués que no concibe la vida sin su familia, su casa y sus perros; y yo, por un miedo ancestral a salir del sarcófago, según mi psicóloga. De sexo, ni hablar.

Pero hoy algo cambió. No sé si atribuírselo a los astros o a una nueva predisposición mía a romper moldes, a salir del cascarón. Sin pensarlo demasiado le pregunté a boca de jarro:

-Ya que ninguno de los dos se quiere separar, qué opinarías de darnos un permiso mutuo para salir con otras personas. Creo que los dos nos merecemos una vida más plena y feliz y así no podemos seguir.

El se me quedó mirando atónito pero sonrió y me dijo:

-No puedo creer lo que escucho. Vos estás cambiada, algo te está pasando. ¿Eso te lo dijeron en el curso que estás haciendo?

Me reí y le dije que no. Estaba sorprendido pero divertido a la vez. Y yo, que me había pasado los dos últimos años pensando cómo encarar la realidad de que ya no lo amaba ni lo deseaba y, lo peor de todo, cómo decírselo a él, se lo largué así nomás, serenamente, como si hablara de otras personas y no de nosotros.

-Bueno, mi conciencia la tengo tranquila porque no soy quien tiene el problema, estoy siempre dispuesto.

-El problema es de los dos, no mío Juan –le contesté muy tranquila-.

-Vos fuiste quien cambió, no yo. Antes te encantaba y lo hacíamos en cualquier parte y a cualquier hora. Acordate cuando me despertabas a las tres de la mañana porque los chicos a esa hora dormían, y eras una tigresa, nadie podía pararte…

-Eran otros tiempos. Por empezar, teníamos treinta años menos y las hormonas a full. Fue una etapa donde estábamos formando nuestro proyecto de vida, de tener una familia. Ahora es diferente, los chicos ya son grandes, no nos necesitan.

-El famoso síndrome del del nido vacío.

-Sí, y es tiempo de que tengamos un proyecto diferente, pero no sé si juntos. Somos muy distintos. A vos te gusta quedarte en casa y a mi salir, no tenés muchos amigos y yo cada vez más. A mí me gusta viajar, conocer gente, lugares, ir al cine, al teatro. A vos leer y ver películas viejas de Clint Eastwood por dvd. De casa al trabajo y del trabajo a casa, como decía el General.

-Todos mis compañeros de laburo, los de mi edad, están en la misma situación. Las mujeres ya no quieren lola. Y todos, sin excepción, les meten los cuernos. Yo no.

-¿Y como hacés? ¿Cómo te aguantás?

-No me aguanto. Uno tiene sus recursos…propios…

-Decime la verdad Juan. ¿No sería más sano que nos diéramos permiso para salir cada uno por su lado?

-Podría ser… Dejámelo pensar… Yo saldría con putas, eso sí.

-¿Por qué?

-Porque a la larga te salen más baratas.

-¡Dejáte de joder! Vos tenés derecho a conocer a alguien que te dé lo que yo no puedo darte.

-Vos me das todo lo que necesito.

-Todo no.

-Bueno, me la banco.

Mientras veníamos caminando desde la estación rumbo a casa, nos cruzamos con una morocha que rajaba la tierra .

-A esa morocha me la cruzo cada vez que paseo los perros y me mira con ganas…

-Bueno, el arreglo sería que nos damos permiso pero nada de detalles. No pretendo que vos me cuentes con quién salís y a quien te levantás. ¿Ok? ¿En serio nunca me fuiste infiel?

-No, una sola vez le toqué el culo a una mina en el laburo, hace como veinte años y ella se entusiasmó… pero yo preferí cortarlo ahí. Y vos ¿tenés a alguien en la cabeza?

-Mmm… no. Pero me gustaría sentirme libre, saber que si alguien me gusta puedo salir y no te estoy traicionando.

-¡No, la traición jamás! Separarnos tampoco.

-Bueno, no sabemos, quizás alguno de los dos se enamora de otro.

-No. Yo no voy a volver a enamorarme.

-Eso no lo sabés, no podés decirlo ahora.

-Nunca voy a abandonar a mi familia.

Estábamos llegando a casa y la conversación quedó allí. Para seguirla en otro momento, dijimos. Cenamos en silencio y nos fuimos a dormir.

La rosa blanca

Martín volvió de Haití extenuado pero con una sensación de libertad que no había sentido antes. Durante los quince días que estuvo con los médicos de frontera ayudando a ese pueblo enterrado en vida, por mandato de quién sabe qué dios vengador, había conocido a Elisa. ¿Cómo describirla? Su belleza enigmática parecía provenir de otro planeta, no era real. Sus ojos color avellana parecían ver más allá de él mismo, como si lo conociera de siglos, como si ese mismo dios vengador la hubiera puesto en su camino con el fin de exorcizar los fantasmas que lo consumían desde su último tercer divorcio. Nadie hasta ese momento había podido entrar en su piel y en su corazón como Elisa. Quince días bastaron para atraparlo en un hechizo del que no pudo salir, ni siquiera cuando aterrizó en Buenos Aires hasta donde el horror de un pueblo mutilado lo acompañaba y sólo el recuerdo de sus besos amortiguaba el sufrimiento compartido, donde médico y enfermo se unían en la lucha codo a codo contra el absurdo. Ella estaba desahuciada cuando Martín la encontró y le salvó la vida; por el shock no recordaba quién era ni dónde vivía, sólo que su nombre era Elisa. Elisa. Durante el vuelo no pudo dejar de pensar en ella, como si se hubiera apoderado de todos sus sentidos y ya no fuera él mismo, la sentía en su piel; los dos fundidos en una sola carne. Se sentía extraño, poseído por una pasión inusitada; el sentido común le decía que debía recuperar la cordura pero fue imposible. Ansiaba llegar para llamarla, para escuchar una vez más su voz.
Mientras pasaba por la Aduana escuchó su nombre por los altoparlantes: “Señor Martin Hughes presentarse urgente en la Oficina de Informes”.
-Tenemos una carta que debe serle entregada urgente y en mano. Firme aquí por favor.
El sobre lacrado era de color amarillo pálido y tenía en la esquina iquierda dibujada una rosa negra. Con su equipaje a cuestas, Martín guardó el sobre en el bolsillo y buscó un taxi. Una vez dentro, con manos algo temblorosas, lo abrió.
“Mi dulce Martín:
Recobré la memoria y con ella un destino que nos separa. No me busques, es preciso que te olvides que una vez me conociste, es muy peligroso. Este tiempo no nos pertenece. Sólo tu recuerdo me dará fuerzas para seguir viviendo.
Tuya hoy y siempre
Elisa”
Martin cerró la carta, pagó el taxi y subió a su departamento. Una vez adentro marcó un número de teléfono. A pesar de que insistió varias veces, no hubo respuesta del otro lado. Marco otro número.
-Francisco, soy yo Martín. Acabo de llegar a Buenos Aires y necesito urgente una información. ¿Te acordás de Elisa, la que encontramos entre los escombros cerca del Palacio Presidencial?
-Sí, cómo olvidar a esa belleza… ¿En qué puedo ayudarte?
-Necesito toda la información que encuentres sobre ella. Es urgente.
-¡Qué misterioso estás mi amigo! Parece que la morocha te atrapó.
-No hagas chistes. Esto es serio.
-Ok…Ok! En cuanto sepa algo te llamo.
-Dale, gracias!
Martin se desvistió y se dio una ducha rápida. Caminaba como fiera enjaulada de un lado para el otro, preguntándose, imaginando mil situaciones que le dieran una respuesta, que no tardó en llegar.
-Hola Martin, soy Fran.
-Decime Fran ¿qué pudiste averiguar?
-No te va a gustar viejo…
-¿Qué pasa?…
-Elisa es la mujer del Presidente de Haití. Sí, así como lo oís. Pero eso no es lo más grave… Parece que éste se enteró de un affair que ella tuvo en su convalecencia y…
-¿Y?
-Dicen que la mandó matar… Justo cuando corté con vos corrió la versión…Es lo que dicen… que apareció muerta en su cama con una rosa negra que al tocar su cadáver se volvió blanca… Lo siento mucho Martín… ¿Eras vos el del affair?
Martín dejó caer el teléfono y se desplomó sobre la cama…

Afuera, el bullicio de la ciudad se confundía con las noticias internacionales que mostraban, en un enorme LCD, el rostro de una hermosa mujer negra.

viernes, 8 de enero de 2010

TU NOMBRE

No logro concentrarme en el libro aunque en la contratapa está tu nombre. Leo cada palabra y cada palabra es tu nombre. Veo tu figura desdibujada y tu alma intacta, a cinco años de aquella tarde en que nuestras miradas se dijeron todo. Fue tu alma la que me llevó a descubrir que la noche puede estar más iluminada que el día; que la lluvia no cae sólo para la melancolía, que el viento puede ser una brisa que reconforta, un aire fresco y renovado; que los pájaros también componen sinfonías; que la risa cura y que el amor y la amistad se parecen, tanto que duele.

Hoy me sigo viendo en tus ojos aunque allí me quede. Porque Irene fue, antes que vos, mi amiga y yo me creí invencible, segura de que nadie podría cortar ese hilo que tejimos juntos. Ingenua o egoístamente creí que podíamos ser amigos; que ella y Roque iban a entenderlo. Pero nuestras miradas no pudieron ocultar lo que era más evidente para ellos que para nosotros mismos. Huí de vos y de mi traición no consumada y desde aquel momento la noche fue más oscura, la lluvia no lavó mis lágrimas, el viento fue una ráfaga helada que paralizó mis huesos y los pájaros me ensordecieron con sus chillidos.

Hoy me sumerjo en la profundidad de tu mirada que desde el libro me alcanza y entibia esta realidad presente, solitaria y dormida. Lo abrazo, acaricio sus páginas y lo guardo en un cajón. No me atrevo a desentrañar las palabras, a cambiarlas por tu nombre.

viernes, 10 de abril de 2009

Yesterday

Vuelo con los Beatles a mis veinte y soy de nuevo esa chica alegre, con la cintura apretada y los palazos ajustados de flores blancas y negras. Me sacudo sin parar y me río y me prendo el primer pucho haciéndome la canchera. El pelo largo, casi hasta la cintura, la sonrisa chispeante y espiando al chico que me gusta y me saca a bailar. Nos contorneamos sin control pendientes de quién nos mira hasta que llega el lento y hago palanca con el codo para que no se pase de la raya. El borrico insiste y se pone meloso. Le zampo un beso en el cachete y le dejo la marca, él corre la cara y ahora sus labios son carmín y es el hazme reír de la fiesta. Nos abrazamos todos y saltamos como desaforados en el jardín hasta que aparecen las primeras luces del día y con la pintura corrida y algunas cervezas de más, volvemos cada uno a su casa a dormir la mona y a soñar con la próxima farra.

Cría cuervos

Salí a caminar por la ciudad. Era un día espléndido de sol, las hojas de los árboles caían como planeando; llegué a una plaza. Había poca gente. Me senté en un banco al lado de un señor mayor que leía el periódico. No pude evitar espiar por el rabillo del ojo el titular en grandes letras de molde: “Inédito: un cuervo sobrevoló la Plaza Mayor”.

El señor se dio cuenta y me ofreció el diario. “Me interesa solamente esa noticia” le dije. “Vea señorita, el cuervo es un pájaro al que se le atribuyen toda clase de poderes. En China casi se lo venera, se dice que alimenta a sus padres, y eso va en contra de otras creencias como que si crías cuervos te sacarán los ojos”, me contestó entregándome el periódico. “¿Dónde queda la Plaza Mayor?”, le pregunté. “Aquí mismo”. “¿Entonces, el cuervo está aquí?”

Mi corazón comenzó a latir con fuerza ante la mirada profunda del viejo. No podía sacarle los ojos de encima y al cabo de un rato era el cuervo quien me miraba.

Se alejó sin despedirse y con angustia pensé en mi madre, sola, en el geriátrico.

sábado, 28 de febrero de 2009

Mi puerto más seguro

Consigna: escribir un cuento situado en un puerto lejano

Múltiples pensamientos se mezclan como un amasijo de cables que no puedo desenredar; me dejo envolver por rutinas para ocultar lo que me intranquiliza, esa sensación subliminal que me invade de tanto en tanto y me dice cosas que no quiero escuchar. Como que necesito ese puerto seguro, ahora tan lejano, que fue él para mí. Se que no volverá, que sólo puedo recrearlo en mi memoria, en mi corazón solitario, en esa búsqueda que no termina de concretarse.

A veces temo volverme un espectro, una sombra incrustada en la pared de la existencia. Tengo que encontrar la manera de salir de este letargo, de jugarme por lo que quiero, de romper la coraza que aprisiona mi verdadera naturaleza y atreverme. A vivir. Como sea. Como soy. Sin esperar nada a cambio. Sin temer a que una vez más, rompan mi corazón en mil pedazos. Y para eso deberé entregarme a la aventura de ser yo misma.

Quizá descubra entonces que no hay nada escrito en las estrellas y que mi salvación no está en el otro.

viernes, 6 de febrero de 2009

De tí depende, geor (mención foro LNOL)

Consigna: escribir un cuento de no más de 200 palabras desde dentro de una computadora.

-¡Dale, anímate hombre! Pruébame. Estás utilizando sólo el veinte por ciento de mi capacidad. No haces más que pensar y pensar y no te decides a dejar todo en mis manos. Dame algunas pautas nomás, lo demás corre por mi cuenta. ¿Quieres escribir un cuento? ¿Y la consigna soy yo? Me haces reír. Es tan simple y tú lo ves tan complicado. Ese es el problema de los hombres: la falta de entrega.

-Ensayemos: “Estoy cansada de esperarte, de escuchar tus lamentos sostenidos sobre tu falta de creatividad, de amor, de emociones, de ideas. Si supieras lo fácil que es. Con sólo decírmelo, te quiero, y ya está. No sabes de lo que soy capaz; si te atrevieras. Recorreríamos juntos el mundo y viviríamos las más divertidas aventuras. Yo contengo todo lo que tú deseas. ¿No crees que yo pueda amarte de esta manera absoluta, sin condicionamientos, sin prejuicios, así tal como eres? Pruébame, aquí estaré siempre; aunque me canse de tus indecisiones, no me iré, salvo que tú decidas dejarme. De ti depende. ¡Vamos hombre, atrévete!”

¿Viste qué fácil fue? Yo te escribí el cuento y tú te llevas las palmas. ¿Ahora comprendes la medida de mi amor?

domingo, 18 de enero de 2009

Ansias que matan, geor (mención foro cuentos LNOL)

Consigna: escribir un cuento de no más de 200 palabras que contenga las palabras "carmín, burrico y palanca"

Buscaba a mi alma gemela, lo venía haciendo desde cuatro vidas atrás. Pero en esta tenía que ser el amante más fogoso. En las otras fue mi hijo, mi perro, mi abuelo y mi dentista. En ésta creí reconocerlo varias veces pero finalmente descarté todas porque, a la larga, mostró la hilacha.

La primera vez fue el semental que me hizo mujer. Era un semental porque no le perdonaba la vida a ninguna. “De noche todos los gatos son pardos”. Me dijo una vez. Allí mismo descubrí mi error. La segunda vez fue mi marido, nos casamos, yo de blanco él de azul, pero era impotente, lo descubrí en la luna de miel. Entonces pensé: mi alma gemela tiene que ser un león enjaulado, un tigre de los llanos, un latin lover. Esta vez se me tiene que dar.

Cuando ya había perdido las esperanzas y me encontraba en mi auto contemplando el horizonte gris en La Silla del Moro, lo vi. Era él. Busqué en mi cartera el rouge color carmín, me pinté los labios, pulsé la palanca de cambios en retroceso y salí a toda velocidad.

El borrico de mis sueños yacía muerto a mis pies.

miércoles, 14 de enero de 2009

El último grito, geor (mención foro LNOL)

Consigna: escribir un cuento de no más de 200 palabras situado en el año 1 de nuestra era

Mis movimientos son suaves y armónicos. Nada perturba el silencio que me rodea; me deslizo y doy vueltas en este lago de aguas cálidas y tranquilas. No sé a dónde voy aunque lo percibo. A través de un cordón recibo mi alimento y eso me basta para saber que estoy vivo. Quiero permanecer aquí por siempre aunque algo me dice que durará poco esta sensación que inunda mi universo, tan pequeño y tan vasto. Sé que estoy predestinado y me esperan horas aciagas, que deberé afrontar con mayor valentía que el vientre que me acuna. Veo una cruz muy grande que me abarca y en ella cargo todos los pecados del mundo. Quisiera poder quedarme en este lugar seguro pero no debo, no puedo. ¿No quiero? Creo saber que mi destino es traer paz al afligido, y que éste desoirá mi voz y olvidará a quien le dio alivio. Igual deberé hacerlo. Me muevo en este pedazo de cielo de donde vine y a donde volveré algún día, con todas mis heridas purificadas. Cuando nazca deberé ser fuerte; cuando vea esa otra luz, enceguecido y sufriente, gritaré por última vez. Después será ella, mi madre, quien llorará por mí, eternamente.

sábado, 6 de diciembre de 2008

Un gorrión herido, geor (Ganador LNOL)

Consigna: escribir un cuento de no más de 200 palabras que comience: "Se hundió sin saber cómo emerger..."

Se hundió sin saber cómo emerger de las profundidades de su ego. Cada momento compartido era un ulular de sirenas dolientes, que la atrapaban en un abismo de vértigo y lujuria. No había retorno de ese mundo de sensaciones y placeres no compartidos. Solitaria, se atornillaba en el éxtasis mientras contemplaba impávida la decadencia que la rodeaba. Un espíritu puro en un equipaje que se marchitaba sin compasión.

El teatro de Nueva York estalló en aplausos con el último acorde de su voz de oro. Ella era su público y se alimentaba de la fascinación que producía con su música en una simbiosis casi mística. Una lírica prodigiosa, un arte que ella transmitió como nadie.

Edith curó las alas de aquel gorrión herido, nacido bajo un farol en una calle cualquiera de Paris, y voló hacia Marcel. Para vivir el amor que se le negó en vida y que, como una cruel paradoja del destino, fue el impulso vital que la catapultó a la gloria.

Hoy escucho su fantástico trino que parece entrar por mi piel y decirme que recuerde cómo se hace para emerger del abismo.

Geor

lunes, 3 de noviembre de 2008

La hormiga gigante

Éramos tres chicos descubriendo el mundo. Lo tangible estaba ante nuestros ojos y cada cual le daba su mirada. Lo intangible era otra historia, de eso no hablábamos; sólo capturábamos la experiencia sin saber qué huellas dejaría en nosotros. El ritual, cada tarde de aquel verano caliente, era repetido hasta que debíamos volver a casa, con las mejillas arrebatadas y el asombro vibrando en nuestras miradas.

El juego consistía en captar cualquier imagen con una lupa y describir lo que veíamos. Anotábamos en un cuaderno la experiencia y luego lo guardábamos en una caja de lata que yacía enterrada bajo el viejo alcanfor.

Cuando Marita murió por sobredosis, Lucho y yo volvimos, luego de diez años, a desenterrar aquel cuaderno. Éste se abrió en la hoja donde ella había escrito: “las tres hormigas gigantes acarrean un peso descomunal sobre sus espaldas, pero es ella la que lleva la carga más pesada. Un dedo humano le arrebata la vida en un certero golpe. Ella lucha infructuosamente. Los dos compañeros pretenden reavivarla, no lo logran y escapan asustados. Es curioso, el dedo ahora es pequeñito y la hormiga gigante. Es muy bella en su quietud. Pobrecita. Voy a enterrarla en mi jardín”.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Casimiro

Casimiro es un hombre con todas las letras, aunque algo despistado.
Desde que lo conocí me enternecieron sus modales pausados y su mirada profunda, que parecía atravesarme. Tiene costumbres extrañas y habla consigo mismo, aunque lo hace tan bajito que no entiendo lo que dice. Conmigo casi no habla pero hace otras cosas que son mucho más interesantes, y en eso soy muy afortunada porque, a mi edad, la mayoría de las mujeres se quejan de que sus maridos ya no las atienden. Y no hablo de cursilerías; jamás me regaló flores o bombones.

Hoy cumplimos cuarenta años de casados y me hizo una confesión y una propuesta.

“Mi querida y fiel Lucrecia. Después de casi una vida juntos debo decirte que soy un ser de otro planeta, un extra terrestre. El día que te conocí había aterrizado en la Tierra, a la que me costó mucho adaptarme. Te amé apenas verte y te sigo amando. Pero hoy debo regresar a Marte y quiero que vengas conmigo. Hay cosas que allá no se estilan pero si me acompañas podríamos seguir con nuestras prácticas nocturnas, tan excitantes. ¿Qué me dices?”

Juré amarlo hasta que la muerte nos separe.

Niño Índigo

Sucedió en mi pueblo, un día del más frío invierno que recuerdo. Fue durante el festejo de mi cumpleaños número diez. La abuela Inga me hizo una gran torta de manzana y nuez. Mi madre calentaba el chocolate cuando el cielo se puso rojo y una rara penumbra adelantó la noche. El asombro primero y lo inverosímil después: un encuentro de dos mundos, que sólo yo experimenté. Para mi familia fue un capricho más de la naturaleza, un suceso de los tantos que suceden en el campo.

Salí afuera y vi al cielo unirse con la tierra. Aunque era de noche, pude ver el sol sin encandilarme; por sus rayos él se deslizó como en un tobogán de luz. Un niño igual a mí vestido de blanco entró en mi cuerpo y una voz interior susurró: “Vengo de Saturno para decirte que tu hora ha llegado. Estás listo para informarnos sobre la conducta de los habitantes del planeta azul”.

Desde entonces, cada noche viajo hasta Antares, mi estrella; ella me nutre de la energía que necesito para cumplir mi misión en este denso y extraño mundo, donde los hombres se niegan a entender. Quisiera poder quedarme allí.

Semiramis, hija de una paloma, de depoetasydelocos (mención LNOL)

En los jardines flotantes de Babilonia se posa una paloma azul, perdida busca a su madre.
Abandonada a su suerte cuando aún no tenía plumaje.
Apiadándose de su soledad un hombre construyó una jaula de dorados barrotes para contenerla.
Ella ansiaba vivir en libertad, quería revolotear sobre las flores de los majestuosos jardines.
El destino que es sabio la liberó de su prisión, convirtiéndola en una bella mujer que con el tiempo sería reina de Babilonia.
Pese a todo la bella Semiramis dejaba ver su mirada triste.
Shamshi el guerrero enamoró a la bonita mujer.
Adad-Nirani fue el primer fruto del amor que se profesaban, un ángel de ojos color de cielo y cabellos robados al sol.
Nadie podía presagiar el futuro incierto.
Semiramis recibió una carta, buscó la fragancia de los jazmines para leerla.
Tenía el corazón estrujado por el dolor, al conocer la traición de su primogénito.
Guardó el sobre en su pecho, buscó una filosa daga para hundirla en su corazón, así llamaría al olvido.
Hoy esa solitaria paloma sigue su vuelo entre las flores, se eleva al cielo, tal vez encuentre el nido perdido.

El Maestro, de Lili Marleen (ganador LNOL)

Caminó hacia atrás buscando un horizonte invertido en los confines del alma. No encontró ningún signo en la Naturaleza que pudiera ayudar a los hombres. Los registros akáshicos se habían esfumado y la Atlántida descansaba en algún lugar. El jardín sucumbió y sus discípulos permanecieron a su lado. La dimensión se había modificado; les quedaba una muralla dividiendo sus cerebros. En la parte izquierda conservaban la lógica y en la derecha la intuición. Sólo los vórtices de energía en un viaje lleno de giros los llevaría al paraíso perdido. Puede que los majestuosos Jardines Colgantes de Babilonía no representen ni un mito ni una utopía y que en algún momento puedan descubrir que esos jardines existen en el futuro…

jueves, 23 de octubre de 2008

Pantomima, de Lili Marleen (mención LNOL)

Esta escena comienza en una calle donde las macetas estallan de flores con pétalos que semejan sábanas. Un gato abraza una casa y el pájaro prisionero yace muerto dentro de la jaula. Muchos hombres con su mano izquierda se toman su frente gacha, mientras otros elevan su mirada al cielo. En una silla una mujer está cosiendo ropa mientras los muchachos juegan con vehículos de diferentes modelos. Las niñas entran y salen de las casas dando brincos con improvisadas muñecas en sus regazos Tras una profusa niebla cambia la luz. La luna de utilería que bañó la escena anterior ahora ha bajado mucho más y se torna como un sombrero.

Es un lugar que asemeja a un museo. Los hombres miran con interés y emiten imágenes más que elocuentes a través de gestos y miradas. El ambiente ahora guarda relación con su estatura. Están leyendo las placas donde se exhiben unas pequeñísimas estatuas de cuerpo entero pertenecientes a hombres notables de una época pasada.

Polifemos, de Randos (mención LNOL)

Si se me pregunta cuando comenzó esta vocación por la vigilancia no convencional les diré que a mis 7 u 8 años. Empecé colocando un grabador durante una charla que mantuve con una amiga de mi hermana, que a poco de tirarle la lengua empezó a hablarme pestes de ella creyendo que yo estaba en todo de acuerdo.Con el tiempo me aburrí, deseché el juguete hasta que se me ocurrió dejar prendida durante una noche una cámara de video en la habitación de la galería; el lugar donde jamás ingresaría pasada la medianoche.La sola quietud quedó impresa, pero La fantasía de estar presente mientras la cinta corría, me estimulaba placenteramente.

Durante la vigilia del viernes- gracias a sofisticados medios que fui incorporando- descubrí que los destrozos de las casas del otro lado del puente, las producen gigantes ciegos, “Polifemos”, que guiados por el ladrido de los perros y los olores del pantano, les hincan el diente a esas endebles estructuras de adobe y cartón; las roen como a casitas de chocolate hasta las primeras luces del alba, ocasionando ese horrible espectáculo de paredes, puertas y ventanas carcomidas.

Principio del fin, de Celia

-Tibia es la noche, empapada de fragancias que resbalan por los ropajes de los ilustres paseantes. El Rey, dos sacerdotes astrólogos y un alto dignatario caminan por las terrazas húmedas y hablan de imperios, mapas y códigos, astros y vaticinios.La luna alfombra pasos y alumbra palabras. Todo parece eterno como la noche, sabio como los siglos, firme como la confianza de los poderosos en el porvenir.Una mujeruca se agazapa bajo un sicomoro al paso de los mandatarios. Es vieja y arrugada y ya nadie reclama sus servicios en el Templo de Ishtar. Todas las noches se guarece en las sombras de los Jardines y se alimenta de frutos caídos, grillos y polillas. Arrebujada en su túnica rueda como un amasijo informe cuando uno de los jerarcas la patea como a escoria.”¡Paso libre al Rey!”Los ilustres continúan su sosegado trayecto mientras sus educadas voces susurran conquistas y proyectos.Tras ellos, un amasijo informe de telas yace desnudo del viejo cuerpo que lo habitaba. En su lugar, un palpitante ramillete de culebras surge y se dispersa multiplicándose por todos los rincones, contaminando de muerte la tierra y las raíces. Y una flor se cierra.
Y la eternidad se adelgaza.

A vos, de hugozimmer

A vos que me salvaste tantas veces de monstruos horribles que esperaban tras las puertas.A vos que convertiste las mas siniestras pesadillas en dulces sueños.A vos que habitas en mis gestos, en mis maneras y vas conmigo con tu sello.A vos que repartías las monedas en partes iguales fuéramos los que éramos, hermano, amigo o compañero del colegio.A vos que me regalaste lo mejor que tenias, y que lo único que te guardabas eran las amarguras escondidas. A vos que me contabas chistes cuando el agua subía hasta el cuello.Por vos creo en el cielo, aunque fueras la única habitante, creo. Por que cuando me faltan fuerzas, cuando me estoy cayendo, en la tristeza, te apareces en mis pensamientos, y me das esa potencia inusitada, y escucho como que fuera hoy , aquella canción que cantabas:“Por cuatro días locos que tenemos que vivir, por cuatro días locos te tenes que divertir” Y entonces en lo peor de mis infiernos, tu sonrisa me salva con solo mirar al cielo.

El jardinero

Hoy debo escribir sobre los jardines colgantes de Babilonia y yo, que vivo en Babia, me pregunto qué significado tendrán, en mi miserable existencia, esos antiguos jardines que nunca existieron. ¿O sí? Lo único cierto es que Nabucodonosor II fue un rey y yo soy un simple mortal que apenas puede vivir de sueños. Quizás lo que nos una, a ese rey caldeo y a mí, es que mi oficio es de jardinero y él, parece que construyó aquellos fantásticos jardines en honor a su reina, en prueba de su gran amor.

Yo, por más flores que le lleve a la mía, no logro conquistar su solitario corazón, aunque abrigo la secreta esperanza de que algún día descubra la maravilla que le aguarda en mi jardín y lo bien que se sentiría en él. Aún ignora que éste necesita su luz y su mirada puesta en cada semilla caso contrario éstas se irán secando y morirán. Pueda ser que en sus laberintos encuentre el secreto del amor o también que se pierda en ellos para siempre. Si se produce el milagro y me acepta, nuestra historia trascenderá los sinuosos vericuetos del tiempo y seré como aquel famoso rey.

Babilonia

Babilonia,
imperio bañado por el Tigris y el Eufrates,
tu poderío cultural,
el más grande del occidente asiático;
tus murallas y tus cien puertas de bronce
guardaron las pasiones y arrebatos de los dioses.
Tu terreno fértil, tus colinas húmedas,
propiciaron el conocimiento, la astronomía,
las ciencia exactas, las artes.
Hoy aquel brillo sucumbe junto a la majestuosidad
de los Jardines colgantes,
emblema del amor que yace sepultado en tus ruinas.
Por los celos y la envidia de quien no merece
llamarse hombre.
Quien en su pequeñez,
no reconoce la magnificencia de sus ropajes.
Y en su incomprensión,
destruye la vida
en todas sus manifestaciones.
Es, fue y será el hombre,
quien en su afán de superar a Dios,
en su arrogancia,
erige una Torre,
desconoce que El está
en cada planta, en cada flor
que el Rey obsequió a su reina,
en los senderos de abetos,
en los laberintos
cubiertos de verde follaje;
en la semilla que pisotea altanero.
No sabe que en ese Jardín se condensa
la verdad de todas las cosas,
el misterio del hombre,
el ciclo de la vida,
la simiente que crece, se reproduce y muere,
para volver a nacer, una y mil veces.

jueves, 9 de octubre de 2008

Seda de araña, por Lilianfossi (mención foro de cuentos LNOL)

El departamento de desarrollos y proyectos de la líder en neumáticos laboraba frenéticamente en la nueva invención. El Ceo y, el poderoso grupo de inversores, entre ellos, la automotriz interesada, iniciaban una nueva era en las carreras. . Se encontraban sumergidos totalmente en el proyecto. Las reuniones y el trabajo; con todo el personal abocado a la tarea se transformaron en full time. No había feriados, familia; ni días, ni noches. Todo al máximo secreto, incluso al personal se les construyó un magnifico hotel dentro del predio de la fábrica, con el objeto de evitar contacto con el exterior y fuga de información. Aunque el proyecto había costado al principio, millones de pesos; el costo de aplicación actual era ínfimo, con ganancias por sobre el100%. Estimándose en días, el recupero de la inversión. El piloto estaba garantizado y era el aval ante los fanáticos. Las consultoras dieron el ok sobre todo los concerniente a legislación y reglamentos locales e internacionales. El camino estaba allanado de cualquier sorpresa. Las pruebas pilotos afiladas a perfección. Por fin se había logrado que los gusanos de seda elaboraran seda de araña. Las gomas, el traje, el auto, fabricados con ese producto, elástico y fuerte.

PD: La seda de araña es màs resistente y elastica que el metal. Se considera que un pequeño làpiz de esta seda, puede detener un aviòn. Se està buscando imitarla quimicamente y se ha experimentado con gusanos de seda: introduciendo genes de seda de araña en cromosomas de gusanos de seda. Para el 2010 se lanzarà ropa de esta seda. besos

Rutinas de hipódromo, por Celia (Ganador foro de cuentos LNOL)

-Justo cuando arrancaron los caballos cayó a mi lado, blandito, como si las piernas se le derritiesen. Nadie en la tribuna se dio cuenta; no era momento de fijarse en esos detalles, la carrera había comenzado y requería toda la atención, también la mía que había apostado por Tornasol. Una corazonada.
Lunazul, la yegua baya, le sacaba un cuerpo a medio recorrido; aproveché un segundo para mirar hacia abajo: un tiro en la cabeza. Todavía se movía un poco, los últimos estertores. Tornasol se activó de pronto. La gente enronquecía, Tornasol arreciaba. Me pregunté si sería un ajuste de cuentas. ¿Se trataría de un mafioso? Quizá... Tornasol ya rebasaba una cabeza al segundo. ¿O se habrían equivocado de objetivo? Esas cosas pasan. ¡Tornasol! ¡Tornasol primero! Qué alboroto. La gente lo deja todo perdido, la tribuna llena de habanos a medio fumar, boletos arrugados, envoltorios de chocolates, me lo decía al final un encargado de la limpieza: "señora, cuánta porquería, ¿ha visto?" y lo señalaba a él, que ya estaba muerto del todo. "¿Lo conocía, era algo suyo?" Entendí sus dudas. "Mi marido. Pero puede recogerlo con todo lo demás, descuide"- respondí. Y lo barrió entre papeles, chicles, mondas de mandarina?

martes, 30 de septiembre de 2008

Topazio, de rubiainteligen2 (mención foro cuentos LNOL)

Mireille observaba a su hija frente al tocador. El corte a lo garçon y la clochè de terciopelo, enmarcaban su rostro aniñado. Se había convertido en una bella mujer, que vestía a la moda parisina.

Afuera, junto a la acera, aguardaba la flamante Bugatti verde inglés de su compañero de universidad.

-Ivi, se dice que las universidades son semilleros de espías. Temo por ti.-Sólo voy a estudiar, madre. No te inquietes.

La joven, había elegido el profesorado de Filosofía.
A Mireille, le alarmaba el enorme interés de su hija, por los debates políticos que se llevaban a cabo en la sala Magna de la casa de estudios. Los universitarios admiraban a Lenin, mientras todavía conmovía la noticia del fusilamiento de la espía holandesa Mata Hari, cinco años antes.El creciente temor de que su hija cayera en las redes del espionaje, no la dejaba dormir. Hasta que una noche, mientras Ivonne estaba ausente, encontró entre sus apuntes la evidencia de que pertenecía al grupo Topazio.Por ese motivo, cuando el grupo de hombres llamó a su puerta, preguntando por Ivonne, vistió con ropas de su hija y no dudó en entregarse, diciendo:
-Yo soy Ivonne. Vivo sola en París.

TRUST, de Geowal (mención foro cuentos LNOL)

Suena el fonógrafo mientras el humo del Partagás persiste en el haz de luz que proyecta la lámpara. Soña despidió a su amante y deberá esperar su regreso. Su cuerpo recto, sin curvas, enfundado en un vestido de satén gris que deja entrever el contorno afilado de sus rodillas; el chal beige, de crespón de seda, mueve sus flecos al compás del taconeo que se repite, insistente, por la habitación. El volverá para escapar juntos. Durante tres años pudieron ocultar su amor entre los altibajos de su trabajo en la T.R.U.S.T., esa falsa organización creada por Félix Dzerzhinsky para destruir a la contrarrevolución que pretende derrocar al régimen bolchevique. Sydney descubrió el engaño y participa de su última reunión en la supuesta resistencia rusa; de ese modo nadie sospechará. Soña deberá estar atenta a los tres golpes en la puerta, seguidos de un silencio y luego dos golpes más. Chequea los pasaportes falsos, el dinero, y se viste con algo más cómodo para viajar. Un ruido en el pasillo la lleva, confiada, hacia la puerta. En breve descubrirá el doble engaño: para un hombre con ideales, el amor es un mero instrumento.

Lo que se hereda...

A mi me gusta espiar y dicen que eso lo heredé de mi abuela materna, una mujer de armas llevar. Me compré un telescopio y desde la ventana de mi quinto piso, cada tanto soy testigo de historias que darían para escribir varios libros. La policía me pagaría fortunas por los datos que guardo en mi memoria. Hombres y mujeres golpeadores, ancianos pervertidos que también espían –aunque con fines muy diferentes a los míos-, y hasta un crimen. Sí, fui testigo de un asesinato en el edificio de enfrente. No lo reporté porque el hombre me vio y yo no soy quien para meterme en la vida de otros; fisgonear es una cosa, pero buchona no soy. Eso sí, me operé la nariz, me cambié el color del pelo y de los ojos y me mudé a este lugar, que es más seguro. Mi abuela escapó en la post guerra y salvó la vida de mi abuelo al esconderlo dentro de una vaca que venía en un barco desde París.Los dos eran espías británicos. Ahora me tengo que ir a cenar con los otros internados. Acá están todos locos. Una de ellas se cree Cleopatra. Yo me divierto espiándolos.

Las sábanas blancas, de Galagata (mención foro cuentos LNOL)

Quiero soltar amarras y emprender un viaje sin retorno hacia abajo, mar profundo. Un olor a algas a moluscos a yodo y sal me salpica y penetra. En las profundidades veo una cama, sábanas blancas infladas por un viento inexistente. Dormido un hombre descansa. El olor a mar sale de su piel. Exuda. Tomo su mano, está fría. Se despierta y me encuentro con sus ojos.Allí descubro un mar infinito colmado de corales y madréporas, me dejo arrastrar y me elevo por encima de las olas en un viaje eterno.Vuelvo a la pureza de sus ojos. Sonríe. Sus afilados brazos me envuelven y yo no se qué hacer con su olor y decido amarlo. Océano en calma permito que sus manos heladas me recorran y se entibien. Caigo zozobrando entre las olas que depositan su espuma en la orilla.Ha pasado mucho tiempo… ¿Cuánto? No lo sé, el ya no está. Una sonrisa de alga marina feliz, ilumina mi rostro. Me interno en sus aguas hasta tocar fondo, mis pies se afirman para luego con la fuerza de las piernas y un último impulso emerjo, dejando el cuerpo fatigado sobre las sábanas blancas de mi cama.

Hidratación, de Celia (mención foro cuentos LNOL)

-Desde pequeña me gustó el agua. Bebía no menos de cincuenta vasos al día pese a la opinión generalizada de que era perjudicial para la salud. En la adolescencia podía pasar casi un día entero sumergida sin que mi piel se arrugase ni perdiera su color. A los veinte años, durante unas vacaciones en Cerdeña, me introduje en el mar y ya no salí más.Mi vida submarina es como cualquier vida pero el tiempo parece comportarse de otra forma. Todo semeja más lento y a menudo me dejo llevar por la cadencia y es como si navegase por las leyes físicas, y el antes fuera ahora y el después ya pasó.Sé que a muchos puede parecerles una existencia aburrida y sin sentido, pero aquí se sufre y se goza con gran intensidad porque todo está impregnado de la sal de las lágrimas y el gorgoteo vibrátil de la risa.Ahora vivo en una colonia de almejas. Las almejas son los seres más tristes de este mundo, por eso estoy aquí, porque hace poco unas redes capturaron a mi amado pulpo gigante. Y nada es comparable al amor de un pulpo ni al silencioso luto de las almejas.

Profundamente, de hugozimmer (mención foro cuentos LNOL)

La vi en el mar, a pesar de tanta agua pude ver sus lagrimas, en la profundidad nos encontramos, en la casi oscuridad del desamor, quise abrazarla pero ¿que puede un desconocido si no asustarla?, en su mano estaba el papel del poema escrito con sangre. Me ofrecí a recitarlo, solo una leve sonrisa como un abrazo, los dos nos despedimos, moríamos de amores distintos pero tan parecidos, ella perpetua, yo ignoto.Ella poetiza, yo un lector anónimo.

Dos calamares en apuros

-Corré Nadia, corré... hoy los buzos salieron nuevamente a inspeccionar. Va a llover sangre, lo presiento.-¡No seas “zamborotudo” Clito! Siempre a la defensiva, buscando excusas para no aventurarte. Hoy es un precioso día, el agua está más cálida que otras veces, se respira paz y calma. ¡Carascupines! ¡Me chiflan tus miedos!-¡Déjate de usar esas palabras rimbombantes!... ¿por qué no maldecís con palabrotas comunes, las que decimos todos?-Porque mi padre me lo ha prohibido y además, me gusta más cómo suenan y no ofendo a nadie. “Ropertucio”, por ejemplo. ¿Tienes idea a qué me refiero? No, no sabes si te estoy insultando o diciéndote un piropo y me encanta tu expresión de sorpresa cuando te las digo... Sos un marisco muy "éplíptico" Clito y además... muy pero muy “sabrospiro”. -No pestañees de esa manera que me turbas Nadia. Basta de hablar y corré mujer, corré....-Si, voy a correr contigo hasta el arrecife de corales. Vamos "boronito" calamarcito. Ven conmigo y no fantasees; de paso... podemos... podemos... “corcupilar”... Si hasta me sonrojo de solo pensarlo...
Clito y Nadia huyeron despavoridos con el estruendo y atónitos contemplaron el agua teñirse de rojo. -¡“Carampalpitas” Clito, mi héroe. ¡Qué tipos “prosopompudos”!

Noche de hotel, por Celia (mención foro cuentos LNOL)

-Él –no importa su nombre- prende un cigarrillo turco. Tumbado en la cama, lanza anillos de humo que se entrelazan en la penumbra violácea del amanecer. Ella –tampoco su nombre importa- se viste con la elegancia de un potrillo. Con movimientos pausados ajusta sus medias y el vestido de satén negro se convierte en una segunda piel. Es ella, no cabe error, sus informadores nunca fallan pero… ¿dónde esconde la fórmula? Anoche él mismo fue despojándola de sus ropas, lentamente, buscando, al acompasado ritmo de un amor que no era amor pero se le pareció tanto…Ella lo mira de reojo. No estuvo mal –piensa-, y ahora va a completar su éxito saliendo del hotel con la fórmula intacta. Se mira al espejo y no siente pena por su pelo. Siempre lo lleva corto, a lo “garçon”: las modas conspiran a su favor. Dentro de unas horas la raparán por completo y anotarán la fórmula que lleva tatuada en su cabeza. Treta antiquísima de espías y criptógrafos –se dice-, y sonríe; se pinta los labios con calculada indolencia y le envía un beso volandero, carmesí.Y se va. Él, pensativo, aparta un pelo de la almohada y sigue fumando.

Aniversario de bodas, por Grifo (ganador foro de cuentos LNOL)

A fines de 1920, la NKVD planeó infiltrar el sistema de inteligencia inglés, contactando brillantes estudiantes universitarios británicos. George fue uno de ellos, pero sólo simulaba su traición a Inglaterra, pues sus informes a los rusos eran absolutamente falsos.
Casado con Bárbara, una bella mujer dedicada a su hogar, cuya única arma asesina eran aquellos dulcísimos ojos celestes que lo enamoraron, cierta noche George festejaba con ella el cuarto aniversario de bodas, cenando en un lujoso restaurante londinense.
-¡De acuerdo! Cuando regrese de mi viaje -accedió él ante la insistencia de Bárbara por tener un hijo.
-¡Oh, cariño! Me haces tan feliz.
Mientras tanto, dos hombres los observaban desde una mesa próxima.
Fingiendo ir al baño, George se ausentó brevemente para hacer cierto llamado telefónico -Bárbara no podía saber que estaba casada con un espía- y al regresar, tomó su copa de champán brindando por el futuro hijo. Dos minutos más tarde? caía muerto.
Bárbara saltó entonces de la silla y huyó con aquellos hombres de la mesa vecina. Su cartera beige escondía el veneno, y sus ojos claros como el de sus ancestros; el odio. En la mesa de aquellos sujetos quedaron dos copas de vodka a medio beber?

En el fondo, de Gabriel Busquets (premio foro de cuentos LNOL)

No me di cuenta cuando llegamos después de navegar una hora. Tomé el tanque automáticamente mirando hacia el mar sin verlo. Ajusté el regulador, controlé la carga pero no soporté y me paré en la cubierta mirando al horizonte vacío, quebrado por la sensación de fuego en el pecho. Te extrañé -me dijo. Luego la catarata de sentimientos desbarrancándose milimétricamente uno detrás del otro.
El día caluroso y húmedo y el traje y el golpe de agua en la cara. Un simple y certero "te extrañé" justo cuando andaba con el corazón en la mano, un momento inoportuno.
Hay un poco de suspensión pero la visibilidad es buena. Luego las noches en vela sin sentido y ahora en el desierto de la mente el tiempo detenido solo con tu imagen repetida hasta el hartazgo. Acostado en la arena en posición fetal, me invade repentinamente todo tu ser y me gana un pequeño llanto. Dibujo nada con los dedos en la arena mientras los peces huyen sin que yo lo perciba, solo un atrevido pez mariposa se anima pero no lo veo. Ya no tengo ojos para él.
Creo estar definitivamente en el fondo.

El bolso marrón por Galagata (mención foro cuentos LNOL)

Emma Mollet es una mujer joven y bonita. Sus ojos, de un azul profundo miran desconfiados hacia los lados, en tanto aprieta contra su pecho un bolso marrón.
Sabe que muchos asesinarían sin piedad por tenerlo; la vida de miles, millones, depende de él. Ella misma corre peligro de muerte.
Emma se dirige a la isla de Melee; sólo allí se sentirá segura y sin temor.
Sube a su auto de propulsión a hidrógeno y masas moleculares. En ese preciso instante aparecen dos desconocidos que sin darle tiempo a reaccionar la toman por el cuello y le aplican un chip en la cien, el dolor hace que Emma suelte el bolso que uno de ellos levanta presuroso.
Abandonan a la mujer agonizando y se dirigen a su Tamagawa híbrido, las puertas caen herméticas. Uno de ellos se dispone a espiar el contenido del bolso. El terror aparece en su rostro. Mira a su amigo que se entrega sin resistencia en tanto toma entre sus dedos el chip mortal. Sabe que solo vivirán segundos.
Los suficientes como para ver el objeto sin forma ni color que comienza a asomar y se expande pulsante y húmedo fuera ya… del bolso marrón.
Iris Faba.

Mensis por Grifo (mención foro cuentos LNOL)

El Inspector UWK627 dejó de chatear con su hija, y ahora pensaba en Z311R4, un sujeto que gracias a él moriría en Mensis -la cárcel de alta seguridad de la base lunar- condenado a la pena capital. La ejecución se produciría ya, y el policía esperaba la noticia en la página de la prisión.
El criminal había desarrollado un programa que valiéndose de un inocente correo electrónico, entraba al microchip cerebral de su víctima; copiaba su clave bancaria; y luego borraba la memoria de aquel dispositivo, evitando dejar rastros del mail invasor. Desafortunadamente, borrar el microchip era letal. Con la clave en su poder, Z311R4 obtenía en las terminales del banco en cuestión, una tarjeta impersonal cargada con los bonus propiedad de su víctima, que se utilizaban como dinero electrónico.
La última voluntad del reo fue despedirse de su padre con un mail, cosa que hizo rodeado de guardias. “¡Hola papi!”, decía el asunto, y el texto rezaba: Mi último pensamiento es para vos, jamás te olvidaré.”
Al día siguiente, UWK627 fue hallado muerto frente a su computadora, con el microchip cerebral en blanco. Nadie supo jamás cómo sucedió, pero en el monitor podían leerse claramente dos palabras: ¡Hola papi!

Censor Cerebral de lilianfossi (cuento ganador foro LNOL)

Nicholas Avaca estaba furioso. Se vengaría de su infiel y ambiciosa esposa. No necesitaba sicarios, pero si una buena coartada. Por suerte tenia licencia de importación y exportación de chips. Preparó su viaje a Australia. Se despidió de su esposa como si nada hubiese pasado y embarcó. Allí lo esperaba una pequeña operación. El implante de un diminuto chip de silicio con 100 electrodos en una parte locomotora de su cerebro. Cuarenta y ocho horas después; recibió un mensaje en el hotel." Viajar urgente. Accidente fatal de su mujer"
El condolido inspector le explicaba lo sucedido. La aspiradora de su casa inteligente se volvió incontrolable, enroscó la manguera en el cuello y la mató por asfixia. Se decretó muerte accidental.
Luego de la ceremonia funeral y las condolencias de sus amigos; solo por fin; sirvió dos copas de champagne y frente al retrato de ella expresó "Brindemos querida por esta gran ocasión. Por suerte soy importador y exportador de chips. Una simple operación. Una actividad de la célula grabada y enviada a un ordenador y, el permiso de mover y dirigir un dispositivo externo con solo pensarlo nos ha permitido a los dos no sufrir. Buen viaje a la eternidad". lilianfossi

jueves, 11 de septiembre de 2008

Voluntades compradas

Corría el año 2050 cuando el ingeniero Mariano Doménico desarrolló un invento revolucionario: una fina malla térmica que protegería a las personas tanto del frío como del calor intenso. Con su uso se podría mantener la temperatura normal del cuerpo sin necesidad de vestirse o desvestirse en exceso. Sara, una bioquímica atractiva e inteligente, quien se había enamorado de Mariano, fue parte importante del desarrollo del producto al transformar el novedoso hilado en un aerosol; sólo bastaría con rociarse el cuerpo entero antes de vestirse para comprobar su espectacular efecto. El no había tomado conciencia del impacto que ello causaría en el mundo; tampoco Sara, quien cometió la imprudencia de confiárselo a su padre, un poderoso magnate de la industria de aire acondicionado.

Cuando Mariano consideró que su producto estaba listo para patentar y comercializar apareció muerto en su laboratorio. El mismo día desapareció todo rastro de la fórmula. El forense dictaminó “muerte súbita”. Sara recordó el vino que su padre le había enviado a Mariano la noche anterior. Lloró sobre el cuerpo inerte de su amante pero se consoló pensando que había una sola voluntad que el asesino jamás podría comprar. Felizmente la fórmula permanecía intacta en su mente.

Rutina

Se cortó la luz y me quedé sentada frente a la computadora con su mail a medio leer ¿Puedo haber sido tan estúpida de ver signos donde no los hay? ¿Puedo haberme equivocado tanto? La oscuridad de afuera se confundió con la de adentro y me quedé sentada, mirando cómo la luz de la luna se reflejaba en el estanque; parecía decirme que ella también estaba sola. Que su función era proyectar la luz, pero no era parte de su ser. Que como yo lo necesitaba a él, ella los rayos del sol para brillar.

Mis lágrimas corrían silenciosas y agradecí que nadie pudiera verlas. No podía compartir mi tristeza con ellos, no entenderían que mi corazón estaba herido y que tardaría en cicatrizar. La noche me protegía como una suave máscara y agradecí al corte de luz esa complicidad; al menos alguien se había apiadado de mí.

La luz volvió y otra vez la compostura. El tiempo de llorar pasó, guardé mi pena en un lugar secreto de mi conciencia y la casa se llenó de ruidos y exigencias. Me calcé una vez mi armadura, apagué la computadora y seguí con mi rutina.

Adiós a un fiel amigo

La última vez que lo vi me cegó su mirada penetrante diciéndome que estaba todo bien, que entendía y hasta agradecía mi decisión. Desde que lo conocí sus ojos me vieron de una manera especial, como diciendo: acá estoy, dame una orden y yo la cumpliré. Abrigame, dame calor y amor y seré tu fiel compañía. Acaricié su cabeza y me despedí de él y él de mi, hasta en eso fue obediente, sabía que sólo pretendía librarlo de su dolor, que no podía verlo sufrir un minuto más.

Desde hoy extrañaré su ladrido sostenido e insistente a la hora de comer, su cola moviéndose de un lado al otro cada vez que me veía llegar. Adiós Boby, mi fiel y cariñoso amigo. Jamás pensé que tu ausencia me dolería tanto.

domingo, 3 de agosto de 2008

Una lección de amor

Mientras trataba de poner mi lámpara nueva descubrí que la vieja tenía arreglo. ¿Por qué desecharla si todavía podía aguantar un tiempo más? La observé detenidamente en todos sus detalles: el bronce algo opacado por la falta de cuidado, los cables sucios y viejos y en, algunas partes, gastados; el portalámparas flojo y partido. Todo tenía arreglo pero había buscado el camino más fácil: tirarla a la basura y comprar otra. Decidí darle una oportunidad. Con esmero fui componiendo todas las piezas gastadas por el tiempo. Me quedó como nueva y me alegré por ella y por mí. Salí más contenta a la calle y me dirigí al geriátrico a visitar a la tía Lita. Ella me recibió con los brazos abiertos y con su risa contagiosa que no hablaba de su soledad y de la tristeza que, yo sabía, le provocaba el encierro. Estaba sola en el mundo, el tío Paco, su marido, se había muerto hacía dos años y no tuvieron hijos. Con mis hermanos habíamos decidido internarla en ese geriátrico después de descubrir que ya no podía vivir sola. El encargado nos había dicho que tomaba y que se aparecía en camisón a cualquier hora de la noche, en el palier de entrada, alarmando a los vecinos. La noté más avejentada, su mirada algo más opaca y gris aunque trató de disimularlo con chistes. Me habló del tío la mayoría del tiempo. De los viajes que habían hecho juntos, del amor que los unió durante tantos años. Sus manos temblorosas tomaron las mías y me agradecieron la visita. -Lita, tengo algo que decirte. -Si, m’hijita, te escucho. -Quiero que vengas a vivir con nosotros. Con los ojos vidriosos, tratando de reprimir la emoción, me dijo: -No querida. De ninguna manera. Yo ahora estoy sola pero he sido muy feliz con tu tío Paco. Nuestro amor fue tan perfecto que la falta de los hijos lejos de empañar nuestra unión, la aumentó. Yo aquí vivo por su recuerdo, cada día espero el momento que el Señor decida llevarme para encontrarme con él. Tú estás comenzando tu vida. Tienes un marido y cuatro niños maravillosos que criar. Yo sería un estorbo para ustedes. -Ya lo hablé con Joaquín y él está de acuerdo. Te pido que aceptes tía, nos harías muy felices a todos si vivieras con nosotros. -Esta bien hijita. Déjamelo pensar. Vuelve mañana y te daré una respuesta. Me fui de allí con una rara sensación. A la mañana siguiente, me di una ducha rápida y cuando me disponía a salir a buscarla, segura de que esta vez iba a convencerla, sonó el teléfono. Era la directora del geriátrico para decirme que la tía Lita había muerto durante la noche, mientras dormía. Sin sufrir, como ella quería. Me senté en la cama y lloré por ella y por mi.

martes, 29 de julio de 2008

Penélope

Eran dos seres que habían sido destinados el uno para el otro. Las edades no importaban. Ella era algunos años menor y él un hombre maduro. Se encontraron en Internet y se reconocieron de otras vidas, de otros tiempos. El juego de seducción comenzó y la magia hizo estragos en los dos corazones solitarios. Intercambiaron fotos y mails. Todo fue perfecto hasta que el silencio de los dos interrumpió el hechizo. Cuando hay tanta pasión acumulada, la energía puede descontrolarse. Ella pensó que él se había asustado y él pensó lo mismo. En estos juegos del amor el miedo es un tirano que ahuyenta nuestras mejores intenciones y las esconde entre tules y sedas para saltar en el momento menos pensado.
Penélope finalmente tuvo noticias de él, pero fueron tristes, repletas de reproches y dolor. Se desesperó, no sabía cómo hacer para que él entendiera que los planetas no se habían alineado esta vez y una mano oscura había cortado esa fluida comunicación que los había unido. El cerró la llave de su corazón intempestivamente, se sintió herido y se lo dijo. Ese fue el único mail que llegó. Los otros, los de Penélope, siguen vagando en algún lugar del ciberespacio, esperando que él se decida a leerlos. La puerta está sin llave y ella sigue tejiendo ilusiones de día y destejiendo de noche, porque sabe que Odiseo volverá a ella y matará a todos los miedos, esos pretendientes intrusos que lo confundieron, para permanecer con ella, como está escrito, como debe ser.

domingo, 27 de julio de 2008

Golpe de calor

Me senté en el bar de la esquina de Corrientes y San Martín para tomar algo fresco. El calor insoportable estaba apretando mi cerebro pero lo sentía en los pies. Busqué un lugar cerca de la ventana y fijé la mirada en toda esa gente que pulula, como hormigas, por la ciudad. Caras de dolor, de aburrimiento, de contento, de resignación, de zozobra, caras, tantas caras y cuerpos que se me venían encima y me apretaban y me ahogaban... Con el primer trago, el fresco líquido entró por mis venas hasta mis pies y miré otra vez por la ventana. Ahora veía sólo zapatos, zapatos negros, marrones, blancos, azules, rojos, verdes, amarillos, celestes. Zapatos de hombre y de mujer sin sus cuerpos, caminando desenfrenados en todas direcciones; algunos se detenían indecisos o esperaban a cruzar la calle, pero todos se movían nerviosos para adelante, para el costado, se detenían, seguían... De repente comenzaron a caminar para atrás y todos se dirigían a mi y una multitud de zapatos al revés se paró del otro lado de la ventana, esperándome a que saliera. Miré a mi alrededor y las demás personas que estaban en el bar parecieron no notarlo. Entré en pánico. Una señora que estaba al lado mío desapareció pero se olvidó los zapatos. -¡Señora! Grité pero al rato me di cuenta de que en el bar no había nadie y todos se habían ido dejando allí sus zapatos y los zapatos de afuera empezaron a entrar y se me vinieron todos encima y...

-Señor, señor...

-¿Qué, qué pasa?

-No lo sé, pero está muy pálido. ¿Se siente bien? ¿Quiere un vaso de agua?

Le pagué, me tomé un taxi con aire acondicionado y lo llamé al Cholo, que sabe una torta de estas cosas y además, es veterinario. Me dijo que tenía un golpe de calor. Que cuando él les pone herraduras a los caballos en pleno verano les pasa lo mismo.

-¿Pero cómo que les pasa lo mismo? -le pregunté. –¿Qué es lo que les pasa?

-No -me dijo- eso no lo puedo saber, pero se ponen así de idiotas, empiezan a dar vueltas y se quieren sacar las herraduras.

-¿Y? ¿Qué tiene que ver eso con lo que te estoy contando?

-No tengo ni idea viejo, creo que a mi también me agarró un golpe de calor.

lunes, 21 de julio de 2008

¿Quién soy yo?

Me paro y observo a mi alrededor. Por momentos todo está bien, en su lugar, como tiene que ser. Y de repente, el caos, el torbellino, la casa, los hijos, las obligaciones. Mi mente alborotada busca el silencio y lo pide a gritos.

¿Quién soy? La respuesta se hace esperar; estoy demasiado ansiosa por saber. Me entrego y busco la quietud. ¿Quiénes son mis hijos? ¿Quién es mi marido? ¿Quiénes son mis amigos? No lo sé. Sólo sé que mi vida sin ellos no tendría sentido y muchas veces la vida con ellos me pesa. ¿Quiénes somos todos? ¿Para qué vinimos a este mundo extraño? ¿Para luchar por un lugar propio donde destacarnos?

¿Quién soy yo? En la limitación de mi cuerpo no soy nada. Una cara, una imagen que me devuelve el espejo pero que no es igual a la que ven los otros. Un envoltorio que mi mente utiliza para regodearse en pensamientos negativos que taladran mi cerebro sin pausa buscando quién sabe qué cosa. En lo que trato de entender de mi espíritu, un alma que encuentra a otras almas con quien se conecta y otras con quien apenas puede comunicarse; un ente solitario que deambula por universos misteriosos y desconocidos.

Y mis sentimientos, mi corazón. ¿A quién responden? ¿A una necesidad de amor que se nutre de trueques engañosos? ¿Yo te doy si me das algo a cambio y si no me das lo que quiero, te cargo de culpa para que vuelvas a amarme?

¿Quién soy yo?

Un salto al vacío

La orquesta tocaba en el lugar. Sentada en la barra esperaba ansiosamente a Germán. Me congratulé por haber salido de casa temprano, ya que en el camino me crucé con un piquete que no me dejaba pasar; estacioné el auto a diez cuadras y caminé hasta el pub. Por fin habíamos decidido encontrarnos y nos citamos en este bar alejado del mundanal ruido. Los músicos tocaban jazz moderno, las luces bastante tenues para mi gusto y el salón de un tamaño mediano, decorado con buen gusto, tenía a los costados unos confortables sillones rojos conformando espacios más íntimos.

Hacía días, quizás semanas, que me había obsesionado con Germán. Nos conocimos de casualidad en casa de unos amigos y si bien de entrada no me había llamado la atención, él se acercó a mi de una manera tan natural y despreocupada que me cautivó al segundo. En aquel momento mis hormonas todavía estaban revolucionadas por Julián, un rubio con quien antes de comenzar un romance que se insinuaba tempestuoso y pasional me había anunciado, sin mucho preámbulo, que se iba a Rusia, persiguiendo a un novio a quien no podía olvidar. Así que, sin recuperarme del todo del shock, trasladé mi lívido de Julián a Germán, con una velocidad pasmosa. Me enamoré perdidamente de la barba oscura y canosa de este último y de su manera un tanto excéntrica de vestirse. La charla esa noche había girado en torno a la situación del país y, aunque tenía ideas un tanto anarquistas y contradictorias, había algo en sus modos, en su manera de hablar, en sus gestos, que me habían atrapado. Aunque no me resultó tan fácil conseguir que se fijara en mí y no era cuestión de que me le regalara tan fácilmente. Durante casi seis meses intercambiamos mails y mantuvimos una comunicación solamente epistolar. No volví a verlo hasta esa noche en que por fin sentiría su olor, podría rozar su mano como al descuido y mirarlo directamente a los ojos; en eso me tenía fe porque escribir no es mi fuerte y soy lo que se dice muy torpe para expresar mis verdaderos sentimientos en frases seductoras o dejarlo con la pelota picando, como dice mi amiga Roberta. Estaba nerviosa y me había tomado un whisky puro para darme valor. No había comido nada desde el mediodía por lo que el alcohol se me subió directamente a la cabeza; eso me permitió no notar el retraso de Germán y me concentré en mis pensamientos y en disfrutar de la música. Me pedí otro whisky, esta vez con algunas aceitunas y mientras el barman llenaba el vaso me concentré en el líquido color malta y en las formas que adquirían las gotas al fusionarse unas con otras. Un barullo proveniente de la entrada llamó mi atención y me encontré mirando hacia allí con una sonrisita estúpida y despreocupada. Miré la hora, eran las nueve y nos habíamos citado a las ocho. Comencé a impacientarme pero decidí caminar hasta la puerta para ver qué pasaba: un tipo quería entrar y no lo dejaban, me acerqué un poco y lo vi; tenía una gorra en la cabeza que le tapaba toda la cara, sólo se le veían los ojos, y se estaba peleando con el encargado del bar.

-¡Es que adentro me están esperando hace una hora! ¡No se da cuenta de que necesito entrar!

-Lo siento señor. Podrá entrar sólo si se quita esa máscara de la cara.

-Dígame dónde dice que está prohibido entrar con la cara tapada. ¿Acaso hay alguna regla municipal que lo prohíba?

-Es regla de la casa. Últimamente hemos tenido muchos robos y no podemos arriesgarnos.

-¡Pero ya le he dicho que no traigo ningún arma! ¡Revíseme, vea!- el hombre alzó las manos pero el encargado no hizo ningún gesto para palparlo de armas.

La voz me resultaba familiar y no necesité mucho tiempo para darme cuenta de que era Germán.

-¿Germán? ¿Sos vos?

-¡Hola Luisa! ¡Menos mal que saliste porque este pelo tudo no me dejaba entrar!

-Pero...¿se puede saber por qué tenés puesto un pasamontaña?

-Vení. Vamos que después te explico.

-¿A dónde vamos?

Sin contestarme me tomó suavemente de la mano y nos fuimos caminando hacia la esquina, donde finalmente se sacó la gorra de lana. Entramos a un café, nos sentamos en una mesa cerca de la ventana, me miró a los ojos, tomó mis manos entre las suyas y con la sonrisa más seductora del mundo me dijo:

-¿Te querés casar conmigo?

Hace diez años que estamos juntos. Cada día Germán me sorprende con algo diferente: un día es peronista, al otro conservador y al otro radical; por suerte no milita. El dice que la política corrompe y que por eso se hizo anarquista. Un día me trae flores, otro día llega, sin decir nada nos mete a todos en el auto y nos lleva al Planetario; a veces se enoja y grita pero enseguida se encierra en el baño, pone la música a todo lo que dá y sale al rato, me pide perdón y me da un beso. Me vuelve loca con sus cambios de ideología y con sus excentricidades y también me vuelve loca de amor. Mi vida a su lado es un salto al vacío pero él siempre aparece en el momento justo para salvarme. Es mi amor loco, mi puerto seguro, mi amigo tierno y el mejor padre que podría haber elegido para nuestros cuatro preciosos hijos. Nunca me explicó el porqué del pasamontaña; alguno de estos días quizás me acuerde de preguntarle.

No más yo

Con la lámpara encendida o apagada, a oscuras o encandilada, sé que camino aunque no sepa dónde voy. Lloro, río, me emociono, acaricio, abrazo, suelto, amarro, sigo caminando, me encuentro, me pierdo, fumo, me calzo un jean, rejuvenezco, me descalzo, bailo, vuelo, giro, doy vueltas y me divierto. Soy un remolino que se lleva el viento, una brisa suave que se va convirtiendo en vendaval que arrasa con mis penas y las hace añicos. Me tiro al piso y me arrastro, me doy vuelta sobre mi misma y como un resorte me levanto, salto, brinco, vibro y me elevo. Vuelo y te encuentro en el aire. Nos confundimos en un abrazo y mutamos; ahora somos nubes, luego soles, luego rocas, luego fuego, luego lunas, luego espejos y cristales que se derriten y se funden en una sola copa, nueva, fulgurante, única. Y ahora caminamos, aunque no sepamos dónde vamos, lloramos, reímos, nos emocionamos, nos amamos. Ya no más yo, ahora nosotros.

Al menos, hoy (de Alicia)

Decidí podar la enredadera. Y llenar de floreros con campanillas azules, toda la casa. Y también decidí hacer unas cuantas cosas más.
No atender el teléfono.
Abrir todas las ventanas para que las cortinas bailen como locas. Como nunca antes.
Saludar a todo el que pase por la vereda.
Poner la música bien fuerte y bailar griego, descalza.Vaciar los cajones y tirar un montón de cosas en bolsas negras. Salvo los jabones de violetas y mi túnica blanca, comprados durante algún veraneo en Brasil.
Poner el regador del jardín girando al máximo para que lo empape todo.
Juntar menta del cantero, para prepararme una enorme taza de té.
Cocinar un bizcochuelo de chocolate y otro con manzanas verdes. Para acompañar el té.
Dejarme el pelo suelto todo el día.
Andar por la casa con los ojos cerrados. Para verla distinta.
No barrer las hojas del patio, porque me gustan sus ocres variados.
Subir hasta la terraza para cortar un ramito del jazmín celeste del vecino, para mezclarlos con las campanillas.
Poner el colchón en el suelo y dormir una siesta con mi perra mestiza, en el medio de la galería del frente.
Es increíble las ideas que surgen y las cosas que hay para hacer, cuando se decide por fin, podar una enredadera y entender que se puede ser feliz. Es cuestión de empezar… Al menos, hoy.

El segundo aliento (para mis amigos del foro de cuentos LNOL)

Amiga, amigo, hoy quiero decirte tantas cosas
pero mi corazón adormecido se regodea en la pena
y me impide ver todo lo bueno que me diste.
Te conocí y me regalaste un pedazo de vida.
Caminamos de la mano y en un abrazo cálido nos fundimos
dentro de un mundo que a veces me pregunto si existe,
ese que no está pero está y que cala hondo
en cada palabra, en cada silencio.
Te conocí un veinticuatro de agosto, un año atrás,
cuando te encontré en un espacio nuevo,
que descubrí de casualidad, en la que no creo.
De a poco me fui habituando a tus estilos,
a tus modos literarios,
a tus maneras de regalarme en palabras tus sueños.
Y despacio fui interpretando tus duelos,
festejando tus humoradas,
vibrando con cada explosión de tu creatividad
y tu talento.
Y otra dimensión apareció con eso.
Me descubrí cambiando, mutando mi intelecto dormido
en un renacer muy adentro,
donde despertaron esos mudos anhelos.
Y pude hablarte de ellos.
Y me reconocí en tus poemas o en tus cuentos.
Lloré con vos el desgarro de la partida
de nuestro querido barquero.
Y cuando ya me sentí parte de ésto,
apareció también el miedo.
Y ahora espero el segundo aliento,
ese que elevará mi voz hasta el cielo
para que pueda decirte cuánto te quiero,
para pedirte perdón si alguna vez te herí sin saberlo.

Mañana será otro día (de Elisabeth)

De las arenas del tiempo vinieron los recuerdos,
se me terminaron las excusas para seguir el camino,
perdí la brújula y el horizonte
me pregunté cuál era mi destino.
Y no halle respuestas en mis lágrimas.
Ni en las de otros.
Ni en el amor o en la gloria.
Ni en la visión de un futuro brillante.
Ni en la alegría o la euforia…
Vi que todo era efímero y casual.
Un instante en el infinito.
Un destello en el cielo.
Un deseo perdido.
Miré a mi alrededor:
estaba sola
pero algo dentro mío decía:
“Dejá que pase la marea.
Mañana será otro día”.

sábado, 12 de julio de 2008

Los hermanos Nilsen

(versión libre de La Intrusa, de Jorge Luis Borges)

Corría el año mil ochocientos noventa y tantos. Los primeros fríos del retrasado invierno se hacían sentir hasta en los huesos, como si quisieran recuperar en intensidad el casi mes y medio perdido. Ese día las tranquilas calles de Turdera, semivacías, evocaban con cierta nostalgia épocas pasadas.

Yo me encontraba en la taberna del Mudo, para no perder la costumbre de los sábados a la tarde en que, luego de jugar una partida con los amigos, me sentaba ante una de las mesas que daban a la plaza, para ver pasar a la Juliana, camino a la Iglesia.

¡La muy zorra! Como si una confesión semanal la librara de su culpa. ¿Quién entiende a las mujeres? Pero, ¡qué linda era! Con esos ojos tan negros que contrastaban con su piel suave y blanca; aunque yo jamás había podido tocarla. Cada vez que imaginaba a los hermanos Nilsen hacerlo juraba que algún día los mataría. Yo la quería bien y hubiera podido ofrecerle un hogar seguro, si alguna vez me hubiera decidido a ofrecerle matrimonio; siempre que me proponía abordarla, surgía como un rayo, la imagen de Cristián y Eduardo Nilsen, y todo mi amor se convertía en odio.

Esa tarde la Juliana no había pasado. Esperé aproximadamente una hora más y, preocupado, me encaminé presuroso a lo de los hermanos. Anochecía y pude esconderme entre la maleza sin ser visto. La casa estaba a oscuras y no se oía ningún ruido, pero algo me decía que había gente adentro. Como un ladrón al acecho, empuñé el picaporte de la puerta trasera, que estaba sin asegurar y entré. Un gato cruzó por delante de mí y, maullando en la oscuridad, se escabulló por la puerta que yo había dejado abierta. Sigilosamente, y tratando de no hacer ruido, di con el dormitorio de ella.

La luz de la luna se reflejaba en la ventana, iluminando parte de la habitación. Había algo allí, una especie de atracción, que me impulsaba a entrar. Mi corazón latía a velocidad vertiginosa. Cuando ya no pude soportar esa opresión, y quise convencerme de lo absurdo de mi presencia allí, me di vuelta para salir. Entonces mi pie tropezó con un bulto. Mi corazón dio un vuelco al comprobar que se trataba del cuerpo de una mujer; al instante comprendí que era la Juliana.
¡Tanto tiempo había esperado estar a solas con ella! Y, una vez más, el destino sepultaba, con un cuchillo, todas mis vanas ilusiones. Lloré sobre el cuerpo inerte, en un tardío intento de expresarle mi cobarde y ya estéril amor; hasta que la realidad me recordó dónde y en qué difícil situación me encontraba. Ella había sido asesinada y yo ya no podía salvarla.

Aparentemente, no había nadie más en la casa y, antes de que me descubrieran, -con el corazón destrozado y jurando vengar su muerte- huí como si me persiguiera el mismo diablo. El gato aulló una vez más en un tono que me sonó a burla.

La noticia se generalizó muy pronto. Yo me uní a los chismosos para no despertar sospechas, acusando sorpresa ante lo sucedido. Los hermanos Nilsen fueron detenidos para declarar y, dado que el cuerpo había sido encontrado en el pantano –nadie había mencionado un cuchillo-, al cabo de tres días la Policía los dejó en libertad por falta de pruebas. La Juliana no tenía parientes en el pueblo y, como no era nadie, al poco tiempo el caso se cerró y el hecho pasó al olvido. Pero no para mi que, desde su muerte, no había tenido un solo momento de paz.

Seguí frecuentando la taberna del Mudo, cosa de pasar desapercibido, ya que no quería correr el riesgo de que me asociaran con aquel episodio. Últimamente, me había entregado a la bebida como único refugio de mis penas, aunque sólo conseguía acrecentar mi amargura y, por ende, mis ansias de venganza. Había planeado cuidadosamente la muerte de Cristián Nilsen quien, estaba seguro, era el único culpable. Pero antes el hombre tendría que confesarme su traición.
Una noche clara de octubre esperé en el Reñidero a que la paisanada se retirara del lugar. Cristián solía ser el último en irse. Cuando los dos quedamos solos le dije, como al pasar:

-Se la extraña a la doña. ¿No?

El hombre me clavó la mirada, sorprendido- -¿Supongo que se referirá a la Juliana?

-¿Y a quién iba a ser si no?

-Si, claro. Pero yo no soy de esos pollerudos que andan lagrimeando por ahí porque les falta china. La vida continúa y mañana debo madrugar, así que si me disculpa...

-¡Usted no va a ninguna parte! -le dije- y, tomándolo de la solapa, le mostré el filo de mi cuchillo.

-¡Antes me tiene que aclarar algunas dudas!

-Pero, ¿quién es usted y qué es lo que tengo que aclararle?

-Yo soy Juan Somoza y me va a decir la verdad, toda la verdad, desde el principio.

-No sé a qué se refiere –dijo-, pero supe que había entendido.

Y así fue que me enteré de la historia. El mayor de los Nilsen había intentado resistirse, pero el arma y mi decidida expresión terminaron por someterlo. Una vez que empezó a hablar parecía que estaba frente al confesionario. Me contó el modo en que ella lo había embrujado, primero a él y luego a su hermano Eduardo, enemistándolos y convirtiendo sus vidas en un infierno. El intento de ambos de venderla a un prostíbulo de Morón para que los dejara en paz, el posterior rescate y su vuelta para llenar el vacío que su ausencia había dejado en la casa que, sin ella, parecía una tumba, con su espíritu deambulando por cada rincón. Y, por último, el modo en que la había matado, a espaldas de su hermano. Me costaba creer que el hombre que hablaba entrecortadamente y en sollozos, fuese Cristián Nilsen. Yo me había hecho otra idea de ese recio varón, prototipo del orillero de la época.

Y, hecho curioso, su confesión no despertó mi más mínima compasión; por el contrario, un profundo desprecio se apoderó de mí y me abalancé sobre el miserable.
Comenzó la lucha y le asesté un fuerte golpe, desplomándolo inconsciente en el suelo. Faltándome el valor para matarlo, lo dejé allí tendido y me fui. Bastante castigo tenía ya con el peso de sus remordimientos y no era precisamente yo quien debía salvarlo, enviándolo al otro mundo.

Al cabo de una semana lo encontraron muerto en su casa. Nunca se supo la causa. Algunos dijeron que se había suicidado. Fui al velorio a presentarle mis condolencias al infortunado Eduardo, siempre hombre de ley. Por alguna extraña razón, nunca le había guardado rencor al menor de los Nilsen.

Caminemos juntos

Buen día hermano,
caminemos juntos
en este día aciago.
Compartamos nuestra única
bandera, la celeste y blanca,
sin estridencias.
No te dejes engañar
por el rencor que te inyecta
quien convirtió tus ideales
en vanas promesas.

Buen día hermano,
déjame ver tu rostro
que, como el mío,
sólo ambiciona un país
en paz, sin diferencias.
Marchemos unidos,
nadie te desprecia,
sólo el poder de aquel que busca
en nuestra enemistad
su riqueza.

Buen día hermano,
deja atrás el odio,
la lucha armada,
la violencia.
Camina conmigo
y peleemos de la mano
a cara descubierta,
con la fuerza de la Verdad;
esa que, con o sin máscaras,
siempre se manifiesta.

viernes, 11 de julio de 2008

Mafalda va al psicólogo

-Che Susanita, estoy algo alicaída. Me pesa la vida.

-¿Por qué no vas al psicólogo Mafalda? Mi mamá dice que te hace hablar y hablar y todos los problemas se evaporan, como por arte de magia.

-¿Te parece? Bueno, voy a ir. ¿Me pedís hora?

-Si, ya mismo me ocupo.

Mafalda llega a la sesión a la hora señalada. Un cartel en la puerta le llama la atención: Clínica del Otro Yo del Dr. Merengue. Mafalda se lleva la mano a la barbilla y piensa: “el Dr. Merengue es abogado, ahora tiene una clínica parece. Y bueno, ya que estoy acá, sigo”. La secretaria, que se parece mucho a Susanita, le dice que pase, que todo está listo.

-¡Buenos días Mafalda!- Un hombre atildado y correcto se pone de pie para recibirla y le extiende la mano.

-¡Buenas!

-¿Qué te trae por aquí querida niña?- le contesta Merengue mientras se pregunta qué se traerá entre manos esta mocosa insoportable?

-Me dijeron que venga a hablar con usted para que mis problemas se evaporen.

-Los problemas no se evaporan Mafalda. Se solucionan. Sólo tenés que decirme qué es lo que te preocupa. (Y pensar que es la hora en que la panadera preciosa sale a comprar harina y yo acá con esta nena precoz que seguramente vino a tomarme el pelo...)

-Antes que nada quiero hacerle una pregunta doctor: ¿Si usted es abogado cómo puede ser que ahora sea croquetólogo?

-(Y ahora... ¿de qué me disfrazo?) Mirá querida, como leíste en la puerta mi clínica se llama “El Otro Yo del Dr. Merengue” y mi otro yo es psicólogo.

-Ah bueno! Entonces... ¿estoy hablando con su otro yo?

-Exactamente. (¡Qué alivio, se lo tragó!)

-Pero su otro yo es algo degenerado, según tengo entendido. No sé si estoy en muy buenas manos.

Mientras los colores suben a la cara del Dr. Merengue, éste finge una carcajada y le contesta:

-Ay Mafaldita, sos incorregible... la gente es muy envidiosa e inventa cosas. Vamos a hacer una cosa. Vos contame tus problemas y vas a ver qué bien te sentís después. (Por suerte se está terminando la sesión... ésta es capaz de denunciarme)

-Bueno. Le cuento. La vida se me está haciendo algo insoportable y siento mucho vacío interior. Me pregunto muchas cosas que no tienen respuesta, entre ellas “qué hago acá contándole mis problemas a un perfecto desconocido, a un chanta, que eso es lo que es usted doctor”

-Jeje (mocosa estúpida... ya verá con quién se metió) mi amor, no me digas eso... ¿acaso te he dicho algo inconveniente, te he tratado mal, te he hecho llorar?

-Ninguna de las tres cosas pero yo no soy su amor y seguimos dando vueltas como en una calesita y mis problemas siguen estando sin resolver.

-Pero ¡Qué lástima, se acabó el tiempo! Nos vemos la semana que viene querida. El Dr. Sale apurado de la oficina... (uffff qué alivio... le diré a mi secretaria que la borre de la lista de pacientes, esta nenita es una bomba de tiempo)

-Adiós Otro Yo del Dr. Merengue. Creo que no voy a volver porque ya solucioné mis problemas... era cuestión de sacar para afuera lo que uno tiene atragantado adentro...
Mafalda se alejó del consultorio mientras pensaba: “la humanidad está irremediablemente perdida y con tipos como éste va a ser difícil que encuentre su rumbo...”.