domingo, 23 de junio de 2013

Añoranza


Hay momentos en los que el pasado vuelve con brutal intensidad y lo que uno creía guardado bajo siete llaves de repente se vuelve real y nos invade; nuestro cuerpo respira imágenes que se nos aparecen con estremecedora claridad.

Hoy fue uno de esos días. Releí casi todos sus mails y estuve con él toda la tarde. Me pregunté si seguiré siendo aquella mujer que él tanto decía querer. Poco importa ahora que ya no está conmigo pero vale para reafirmar que fue el único hombre que entendió mi espíritu solitario. Nadie más pudo entrar a mi mundo interno como lo hizo él. Aunque por espacios de tiempo, algunas veces cortos, otras veces largos, no estuvo presente en mi realidad, sí en lo trascendente, en un tiempo en que pude conocer el amor. Se puede amar a alguien que nunca vio nuestra cara al despertar, que no conoció la calle donde vivo ni la cotidianidad de un paseo con mi perro? Categóricamente sí. Yo tampoco conocí sus rutinas y, sin embargo, fuimos juntos a todas partes.

Esta tarde, quizás por un hecho fortuito del inconsciente, me encontré añorando sus palabras cariñosas, sus besos cálidos, su abrazo y sus ojos cuando me vieron por primera vez.

Y pienso cómo estará, si seguirá enredado en sus circunstancias o habrá encontrado esa paz que tanto buscaba. Me gustaría que supiera que yo finalmente la encontré y que, gracias a él, la soledad ya no es más mi compañera de ruta. El recompuso mis alas, ahuyentó los fantasmas que me rondaron siempre y me enseñó el camino más seguro para llegar a casa donde estoy hoy, segura y confiada en que la felicidad está en hechos tan simples como haber compartido con él otra tarde soleada de invierno.

jueves, 29 de noviembre de 2012

RUBIOS GIRASOLES



Cuando te llevaste nuestro amor lejos
intenté sobreponerme a tu olvido
me dejaste con la ilusión partida
vacía también de palabras, sola.

Se cerraron de una vez todas las compuertas
no quise mirar atrás
el cansancio ganó la partida
la pasión se convirtió en volátiles cenizas
le endosé al tiempo la melancolía
y me escapé a destinos más apacibles
donde el amor no es protagonista.

Ahora camino entre rubios girasoles
buscando el sol que entibie las zonas frías
me enfrasqué en los libros para entender
por qué seguimos siendo niños obstinados
en un juego solitario y narcisista
que nos devuelve silencio y apatía.

Te quise tanto y sé que a tu modo me amaste
y aunque intente cada día no pensarte
tu recuerdo no será olvido
en cada célula de mi cuerpo extenuado
que aún insiste en creer
una parte de vos se ha empeñado en quedarse.

martes, 17 de julio de 2012

Mejor retirarse

El señor Trimarchi estaba nervioso. Tenía que justificar la reunión de último momento con su jefe.
-Licenciado Bisconti, sostengo que sería apropiado renunciar al cometido. –dijo.
-¿A qué se refiere, señor Trimarchi?
-Someter las papilas gustativas de nuestros clientes a semejante experiencia de sabor puede volverse peligroso.
Su jefe lo miró con recelo.
-¿Juzga usted reprochable la calidad de nuestros productos? –cuestionó.
-Todo lo contrario, licenciado. Precisamente, es su exquisitez lo que me tiene preocupado.
-Explíquese, señor Trimarchi.
El empleado revolvió algunas hojas, y continuó:
-Mire, es la segunda vez que formo fila en el supermercado y me enfrento con situaciones irracionales provocadas por nuestras galletitas. En mi caso sucedió con la línea Crachitas, pero sospecho que toda la gama de productos Franbún está implicada.
El licenciado Bisconti frunció el ceño.
-Cuénteme del episodio –dijo.
-¿Cuál entre los dos?
-Cualquiera, señor Trimarchi. No ande con vericuetos.
-Discúlpeme, Licenciado. Procedo a relatarle el último de ellos: resulta que estaba yo aguardando mi turno en la caja cuando reparé en un niño de modos inquietos. Apenas superaba los diez años, lagrimeaba y sujetaba tenazmente la blusa de su madre en un evidente gesto de reclamo.
-¿Por qué motivo llorisqueaba el precoz, señor Trimarchi?
-Según la lógica del diálogo que alcancé a escuchar, la madre le prohibió llevarse un ejemplar de la línea Crachitas rellenas con dulce de leche.
El licenciado Bisconti apuntó con un dedo a su empleado y protestó:
-¿Está usted insinuando que un niño infeliz es la razón por la cual Franbún debería retirar sus productos del mercado?
El señor Trimarchi temblaba:
-Bajo ningún punto de vista, licenciado. Con todo respeto, es que no me dejó continuar con la historia.
-Entonces hágalo, por favor, y le ruego que direccione su relato hacia los aspectos relevantes.
-Sí, licenciado –devolvió Trimarchi, que subrayaba palabras intrascendentes en sus apuntes- Resulta que al niño no le bastaron los argumentos esgrimidos por su madre, por lo cual acentuó su reclamo hasta mutar la escena en un escándalo.
-Justifique si es tan amable el calificativo de escandaloso. –desafió el jefe.
-Resulta, licenciado, que la escena llamó la atención de todos los presentes y hasta forzó la intervención del personal de seguridad.
-Señor Trimarchi, está usted agotando mi paciencia con el ejercicio retórico de evadir las cuestiones centrales del relato. Si no me brinda las explicaciones pertinentes, me veré obligado a ignorarlo y a relevar un informe haciendo énfasis en su comportamiento extraño.
-Le pido nuevamente disculpas, licenciado. Elijo detallar para que logre usted representarse los hechos adecuadamente.
-Señor Trimarchi, no necesito transformar esta reunión en un encuentro literario. Usted pretende poner en juego el futuro de productos Franbún, y su servidor, gerente comercial de esta prestigiosa empresa, desea saber los motivos. Cada palabra prescindible de su relato es un instante perdido de mi valioso tiempo. ¿Sería capaz de comentarme qué hecho concreto activó el desenlace al que usted hizo referencia?
-Le ruego que entienda, licenciado, que no se remite a un factor específico. Es más bien el desencadenamiento de diversos sucesos que fueron agravándose. Prosigo –dijo el señor Trimarchi acomodando los papeles-: al insistente tironeo de la blusa de la madre y al llanto caprichoso, les sucedieron los gritos. Primero los de él, acusándola de esotérica y de faltar a la justicia. Por lo que pude deducir, un segundo hijo completaba el triángulo de la historia, uno que, según recordaba el primero, había sido beneficiado con una importante golosina el día anterior.
-En efecto, obraba con criterio el niño al hacer ese reclamo. –Opinó el licenciado Bisconti, mostrando mayor interés.
-Pero espere a conocer la réplica de la madre. La señora, elevando aún más el volumen de los gritos, le recriminó a su hijo calificaciones bajas en un examen. Evidentemente, su hermano se merecía la golosina, no así él las galletitas de la línea Crachitas rellenas con dulce de leche. ¿Comprende?
-Comprendo. Habría que estar al detalle de los acontecimientos previos al día señalado para dar un veredicto juicioso. –Agregó Bisconti, de pie y sosteniéndose el mentón.
-Sin ninguna duda, licenciado. Esa es la razón por la cual deseché la posibilidad de intervenir –explicó Trimarchi, más aliviado.
-Algo quedó en el debe, señor Trimarchi: ¿Cuándo se concretó la intervención del personal de seguridad?
-Luego de que una clienta murmurara palabras a su oído antes de retirarse con el carro repleto. Tenga en cuenta que el enfrentamiento crecía en intensidad y a esa altura ya incluía insultos.
-¿El precoz faltó el respeto a su madre?
-Fue recíproco. ¿Me creería usted si le dijera que la señora planteó la pelea en código infantil? No vaciló en mostrar sus lágrimas y hasta le recriminó a su hijo cuestiones menos superficiales. Algo relativo al desinterés de él hacia los problemas de ella.
-Qué imprudente la madre, señor Trimarchi, ¡esos no son asuntos para discutir con una criatura!
-Coincido con su apreciación, licenciado. Para entonces la madre ya no estaba asistida por la cordura. La situación se tornó incómoda para los de la fila, mientras madre e hijo continuaban agrediéndose frente a la cajera y al personal de seguridad. Pero se sorprenderá cuando sepa que nada de lo sucedido hasta el momento fue en definitiva lo más curioso. Ese calificativo queda reservado para el final.
-¡Cuénteme! –exclamó el licenciado Bisconti.
-La madre no estuvo en condiciones de controlar la situación, por ende aflojó las rodillas y se dejó caer. Todos notamos que desde el piso observaba con detenimiento la góndola de bebidas, aunque parecía absorta en algún pensamiento triste. Permaneció inmóvil durante algunos minutos, rechazando la ayuda de terceros.
Bisconti le dio la espalda a su empleado en actitud pensativa.
-¿Qué hizo el precoz mientras tanto, señor Trimarchi?
- Aprovechó el desliz emocional de su madre para tomar su cartera y sustraer de allí los cuatro pesos con setenta y cinco centavos necesarios para adquirir nuestro producto. Por supuesto que la cajera lo impidió. ¿Pero entiende hacia dónde voy? A la hora de decidir entre su madre y Franbún, la criatura nos eligió a nosotros. Me pregunto si no estaremos atentando contra los valores de la familia.
Bisconti, del otro lado de la sala, reflexionó. Volvió a mostrarse y apoyó sus manos en la mesa.
-Un desenlace a la altura de los acontecimientos, y una historia de tintes dramáticos. Sin embargo, señor Trimarchi, sería imprudente de mi parte supeditar los capitales de la empresa a los caprichos de un infante.
-Licenciado, este es apenas un ápice del conjunto de factores. ¿Dispone de tiempo para atender a la segunda anécdota?
En ese momento llamaron a la puerta. Sin esperar permiso entró el ingeniero Ronchetti, alterado:
-Licenciado Bisconti, la asamblea está aguardando su presencia en la sala de conferencias para dar inicio a las sesiones ordinarias. ¿Qué razón amerita semejante retraso? –interpeló.
-Ingeniero Ronchetti, dispénseme por el incumplimiento de los horarios debidamente pactados con usted vía telefónica. Sucede que el señor Trimarchi, a quien le presento mediante este sencillo y desprolijo acto –dijo Bisconti señalando a su empleado- vio la imperiosa necesidad de convocarme a una reunión de carácter urgente. Amparado en evidencias discutibles, cree menester el paso a retiro de productos Franbún.
Con los ojos puestos en Trimarchi, Ronchetti sostuvo:
¬-Licenciado Bisconti, apelo a mi intachable juicio para pensar que los motivos que alega el empleado deberían ser atendibles si por ello usted osa concretar tamaño desplante a la junta directiva.
-Una vez más, ingeniero, me permito felicitarlo por sus atinadas conclusiones. En efecto, los argumentos del señor Trimarchi debieran considerarse, ya sea que determinen o no el futuro inmediato de tan prestigiosa empresa.
-Tenga a buen criterio facilitarme los detalles que hacen factible la desaparición de productos Franbún.
También tembló Bisconti al relatarle a Ronchetti con delicada precisión lo ocurrido en el supermercado. Finalizada la exposición, el ingeniero dirigió la palabra a Trimarchi:
-¿Es cierto que fue testigo usted de un segundo altercado de características similares?
-Absolutamente –respondió el señor Trimarchi.
-Y dígame, ¿haría falta conocer sus pormenores o podríamos considerarlo como un elemento más sin necesidad de agotar más minutos de nuestro invaluable tiempo?
-El segundo caso, ingeniero Ronchetti, conduce a las mismas conclusiones que el primero. Bien podríamos no abordarlo e iniciar sin miramientos el debate pertinente.
-Licenciado Bisconti, me enorgullece y tranquiliza por igual tener conocimiento de empleados tan comprometidos con el porvenir de productos Franbún. No obstante, mi apreciación no implica concordancia con las alternativas planteadas.
Aquí el señor Trimarchi arriesgó decir:
-Con el debido respeto que le otorga su magnánima investidura, ingeniero Ronchetti, me doy permiso a prescindir del protocolo e instar tanto a usted como al licenciado Bisconti a abandonar el edificio so pretexto de adentrarnos en el supermercado más próximo, para dar cuenta de indeseables que ocurran en torno a la adquisición de un producto de la gama Franbún. Arriesgo en esta causa mi honrado puesto, firme en mis convencimientos de que en estos términos, nuestras deliciosas galletitas serán únicas responsables de un descalabro cultural.
El ingeniero Ronchetti suspiró, luego levantó el teléfono y mandó a su secretaria a disculparse con los ejecutivos.


-Señor Trimarchi, ¿habrá sido prudente usted al inclinarse por este horario para demostrar su hipótesis? No percibo suficiente movimiento en este reducto de orientales -dijo el ingeniero Ronchetti mientras sujetaba y observaba un paquete de Crachitas.
-Ingeniero, será excluyente que usted se abandone a la paciencia. De lo contrario, sugiero que retome su agenda habitual y desestime el asunto. –se atrevió a responder Trimarchi, a lo cual el licenciado Bisconti creyó conveniente agregar:
-No puedo menos de imaginar que semejante entrega a esta causa tiene fundamento en la razón, habida cuenta de que el señor Trimarchi está apostado el futuro de su estabilidad económica en ella.
Pocos segundos después, un adolescente recorría con su mirada la góndola de galletitas.
-Estimados, préstense a observar al detalle el comportamiento del cliente –advirtió Trimarchi a sus jefes, a metros del comprador.
-Figúrense que sus ojos aparentan desorbitarse en estos instantes en que no logran dar visualmente con nuestro producto –agregó.
-¿Qué basamento sostiene su afirmación de que el lampiño se halla a la búsqueda de un producto Franbún? –preguntó el ingeniero Ronchetti.
-Cedo al transcurso del tiempo la respuesta a sus dudas –respondió Trimarchi con seguridad.
Finalmente, el adolescente eligió un paquete de Crachitas rellenas con dulce de leche. El licenciado Bisconti sonrió.
-Adivinó, Trimarchi. Sin embargo, lejos está la escena de tornarse escandalosa.
-Le ruego, licenciado, que espere a ver la reacción progresiva del lampiño cuando perciba que la demora para efectuar el intercambio de dinero por producto no estará por debajo de los cinco minutos. ¿No ve la cantidad de clientes que aguardan su turno en la caja? Sumado a esto, la empleada pareciera no estar avezada en la tarea de cobrar. Auguro un desenlace infeliz.
¬El ingeniero Ronchetti intervino:
-En efecto, observo que el púber carece de facultades para controlar su sistema nervioso. Ahora sus hombros y rodillas obran bajo la tutela de un intenso temblequeo.
-Note además la frecuencia con que tuerce el brazo para revisar la hora –agregó Trimarchi.
-¿Es mi ángulo de visión el que me engaña o ciertamente el subdesarrollado intenta comunicarse con la vendedora desde su posición? –consultó Bisconti. Su superior replicó:
-En vano realiza tal empresa, visto y considerando que la nacionalidad de la empleada y su inexperiencia implican desconocimiento total del idioma castellano.
-Esto pareciera atentar aun más contra su nula parsimonia –subrayó el licenciado.
-Afloran las primeras víctimas –remarcó Trimarchi-. La integrante de la fila que precede al virginal acaba de reprocharle a éste cierta falta de respeto.
Bisconti agregó:
-No supone esto una solución al conflicto. El virginal comienza a priorizar gestos iracundos por sobre los socialmente aceptados. ¿Continúo acaso desfavorecido por el campo visual o efectivamente lo que el púber tironea con su diestra es cabello de la predecesora?
-No falta a la verdad, licenciado. Lo que es más, permítame aportar que la intervención a gritos de la encargada sólo colabora con transmutar el entredicho en una mezcolanza incomprensible de idiomas.
-Tal vez debiéramos abandonar nuestra condición de espectadores e intervenir a los meros fines de prevenir una ola de violencia –sugirió Bisconti.
-Nuestro trabajo abarca un terreno más amplio, licenciado. De nuestro juicio depende que esta clase de hechos continúen o no sucediendo a la postre. Para ello debemos limitarnos a la abstracción –señaló Ronchetti.
-¿Aún mientras el alterado, tal como podemos apreciar, continúe proyectando sus fluidos salivales hacia los rostros de los orientales? –cuestionó Bisconti.
-Es este justamente uno de los parámetros a tener cuenta. Excelentísimos, estimo que ya contamos con evidencia suficiente. Procedamos a regresar a nuestras oficinas para debatir con la tranquilidad necesaria, lejos de este caos derivado.
Al atravesar la zona de conflicto rumbo a la salida, los tres trabajadores simularon no prestar atención al ida y vuelta de golpes de puño entre cliente, empleados y terceros.
Antes de cruzar la calle, Ronchetti percibió un último detalle y alertó a sus compañeros:
-¿Pueden verlo? Es el virginal escapando del asedio oriental. Presa de la gula y el vicio, elude peatones mediante empujones y se voltea para comprobar que la distancia que lo separa de sus adversarios sea sostenible en el tiempo. Allí avanza nuestro héroe, con todo dado para disfrutar de su objeto de deseo.
Hizo una pausa y luego continuó:
-Excelentísimos, escasean los motivos para discutir. Encuentro idónea la circunstancia para tomar una decisión unilateral: productos Franbún adelantará el lanzamiento de la línea Crachitas bañadas con chocolate. ¿Qué opina, licenciado Bisconti?
-Ingeniero, no podría esperarse de usted determinación menos atinada.

martes, 3 de julio de 2012

Rayos

En un juego de tramposos intercambios -si me das te doy- la corriente se estira en rayos que van y vienen, de otros a mí y de mí a ellos, y descubro el alimento que alienta mi metamorfosis. De eso se nutren mis venas y escribo.

Cada palabra que surge espontánea tiene la cadencia de sus guiños, de un mínimo gesto de aprobación, aunque no sea cierto. Vos, vos y vos son mi contínua inspiración. Pero me alejo. Mi sombra melancólica se escapa temerosa desintegrándose en justificaciones vanas.

Busco el amor en este mundo que se empeña en mostrarme el miedo.

Sin lágrimas que me ayuden a vivir el duelo, recorro caminos ajenos y me redimo en el recuerdo de tus besos cálidos.

Las palabras resurgen y vuelvo a ser, a saber, a entender...

Te necesito cerca para quebrar juntos el silencio.

sábado, 16 de junio de 2012

El artista de las mariposas (Celia Castro, España)

-Fue en verano, en un mediodía abrasador. El verano no es propicio para las confidencias; todo tiene demasiada luz, todo queda demasiado expuesto ante nuestros ojos.
Hacía casi quince años que no veía a mi amigo Simón. Quince años son muchos años para el amor pero no para la amistad que, en el primer abrazo de nuestro encuentro, se nos vino de golpe, avasalladora, intacta y entera. “Quiero contarte algo – me dijo Simón-. La verdad es que no pensaba contárselo a nadie pero ahora sé que quiero contarlo y que ha de ser a ti.”
No le hice ninguna pregunta ni me permití especulaciones. Simón no se caracteriza por ser hombre de carácter accesible. Las mujeres que se han relacionado con él han acabado huyendo de su lado. Las imagino despavoridas, escapando con lo puesto, obligándose a olvidar el traspié que en sus vidas supuso conocer a Simón.
La vida sentimental de mi amigo me tiene sin cuidado. Yo, simplemente, lo quiero como es: inteligente y oscuro; irónico hasta rayar en el sarcasmo; duro en sus juicios, sobre todo en los propios; solitario y huraño. No sé por qué lo quiero ni mucho menos me explico por qué él me quiere a mí. Creo que se trata de una especie de mutua debilidad o quizá del vestigio de una antigua rebeldía. “Grita si te muerde” – me dijo el conocido común que nos presentó cuando teníamos diecisiete años. Pero Simón no me mordió ni aquel día ni nunca. También supimos algo uno del otro ese primer día: sin palabras, como un conocimiento repentino y tácito, comprendimos que jamás llegaríamos a amarnos. Supongo que esta garantía rompió entre nosotros cualquier barrera y consolidó nuestra incorruptible amistad.

Para desmentir la hiriente claridad del verano recurrimos a un restaurante cercano. Una buena comida, una botella de vino y, sobre todo, una temperatura más benévola, formalizarían el conjuro que toda confidencia precisa.
El vino lo escogió Simón. Todos los misántropos son excelentes catadores de vino porque el vino, además de magnífico catalizador de emociones compartidas, es también una pasión solitaria.
Así comenzó nuestra conversación:
-Quiero hablarte de piedras.
-¿Renales? ¿Además de miope también padeces cólicos?
-Déjate de tonterías, bebe este vino indigno de tu paladar y escucha lo que voy a contarte…
Y esto es lo que Simón me contó:

“Sabes que no creo en nada ni en nadie, ni siquiera en mí mismo. Antes era un simple escéptico pero ahora, degenerando a propósito, ante la certeza íntima de que la degeneración es la forma más inteligente de evolución, me he convertido en un cínico. Ser un cínico tiene sus ventajas, sobre todo cuando el principal deseo es estar solo. Pero ser un cínico, créeme, es una pesadísima carga. Lo que empieza como un truco o un recurso estético termina por devorarte. Uno comienza siendo un cínico como deporte, como un juego de sociedad que te mantenga intocable dentro de una mampara de cristal y acaba por ser víctima de su propio maltrato.
Está bien, ya lo sabes, soy un repugnante cínico, un antisocial, un ser arrogante que elude el contacto con sus semejantes y, sin embargo….sin embargo, no hay nada que me atraiga más en este mundo que las cosas que vienen de la mano de los hombres, sus obras, todo aquello que los seres humanos son capaces de crear, de construir y, por consiguiente, de destruir.
Sigo, como siempre, detestando los amaneceres; los arrullos de las aves; los panoramas pintorescos; las fuentes cantarinas y todas esas zarandajas de égloga pastoril que hacen a las gentes más felices y no sé por qué, sinceramente. Esa misma naturaleza tan apacible que admiran con ojos empañados puede volverse contra ellos en cualquier instante. Un amanecer es en la otra esquina del mundo tiniebla; una brisa es la sonrisa de un rugiente huracán que asuela el otro extremo del mapamundi.
La naturaleza es hostil, mucho más que los hombres. Los hombres nos matamos por necesidad, por odio, por interés, por rencor, por maldad, siempre por alguna causa. La naturaleza no se justifica. Arrasa con la misma indolencia que fascina. Y aquí es justo donde quería llegar:
Yo, el cínico, el que todo lo niega, el incrédulo, he sido testigo de un hecho inexplicable, uno de esos hechos que tú, que eres una sentimental, llamarías milagro.
Las piedras… ¿Leíste mi último artículo en la revista de Arte? Sí, estoy convencido pero, de cualquier forma, lo que voy a contarte sucedió después, cuando ya había concluido el estudio de todos aquellos capiteles. ¿Te gustó el enfoque que le di? Estaba harto de hablar siempre desde la admiración, de exaltar la belleza, de arrodillarme ante el genio creativo de los artistas y quise ponerme del otro lado.
Cuando se restauró aquel claustro y salió a la luz después de tantos siglos el esplendor de sus capiteles, me sucedió algo inexplicable. La fascinación que ejercen sobre mí las piedras esculpidas, domesticadas por el hombre y transformadas en libro pétreo, se vio sustituida en esta ocasión por una especie de descontrol emocional, de furia interna. Por eso redacté el artículo desde esa misma convulsión. No me preguntes cómo lo supe pero el caso es que tuve el convencimiento de que la furia no era mía, de que el anónimo artista que talló aquellos extraños capiteles era cautivo del dolor y la inquina. No había nada piadoso en las figuras retorcidas, ningún afán doctrinal, no había siquiera una voluntad de crear belleza. Ese hombre atormentado, desconocido y antiguo, odiaba su obra, o a quien se la había encargado, o a sí mismo, ¿qué importa? El odio no se atiene a razones. Es puro y simple, auténtico.
Todo mi artículo, la minuciosa descripción de los capiteles, la atención a su originalidad, está escrito desde la rabia. Paradójicamente, ha sido el trabajo que más felicitaciones me ha reportado. Quizá las gentes estén cansadas de que les hablen siempre desde la perspectiva bondadosa. Quizá deseen que se las ubique en la perspectiva correcta: la del dolor y la náusea.
Las mariposas… En todas las facetas de cada capitel hay una mariposa esculpida que no debería estar ahí. Una mariposa coronando la cabeza decapitada del Bautista; otra, brotando del árbol de Jesé; otra, sobrevolando las ruinas de Sodoma; otra más surgiendo de las fauces de un dragón… No son mariposas amables ni están talladas con esmero. Estas mariposas fueron esculpidas impetuosamente: quién sabe por qué motivo el artista descargó su cincel sobre la obra ya concluida y la fue llenando de pequeñas figuras aladas, de mariposas ávidas de protagonismo.
Ninguna de las mariposas nos procura una sensación placentera. No están pensadas para adorno. Están ahí por un motivo terrible, como si las mariposas fuesen desde el principio de los tiempos testigos de lo más aberrante del alma humana. Como si Dios las hubiese creado para espiarnos.
Claro que yo no creo en Dios, pero el artista que cinceló las mariposas sí. Y eso es lo que importa.
Un artista verdadero, sobre todo si se deja llevar por un arrebato, puede legarnos mucho más que su obra. Puede legarnos su fe. O su odio. Y yo lo heredé todo. Fui aquel anónimo artista mientras escribía el estudio sobre su obra. No era yo, ¿entiendes?, era él quien me llevaba la mano, renglón a renglón, como a un párvulo.
Y luego, cuando el artículo se publicó, pasó lo que pasó. Pero esto requiere algo más fuerte que el vino que acabamos de consumir. Me tomaré un brandy. Tómate tú una de esas ponzoñas amaneradas y dulzonas que tanto te agradan. Un Baileys, qué horror. Tú nunca serás testigo de un prodigio. Dios, que no existe, lo perdona todo menos el mal gusto.

En fin, allá va:

Una semana después de que la revista de Arte estuviera editada y en circulación me desperté de madrugada con una sed espantosa, como de resaca, sólo que la noche anterior no había bebido nada. Tenía la boca como llena de estropajos, seca y áspera. Me levanté y fui directo a la cocina. No me gusta beber agua en el baño, me sabe distinta, más blanda, más… pero mejor dejemos a un lado mis manías…
…Tenías que haberlas visto. No me dio tiempo de fotografiarlas, lo cierto es que en esos momentos ni lo pensé. Se me olvidó que existiesen artilugios capaces de registrar lo que vemos y guardarlo… Se me olvidó todo, hasta la sed. Me quedé pasmado, atónito… Tenías que haberlas visto: revoloteaban por mi casa en racimos, en nubes, en pequeñas nebulosas, por todas partes… Mariposas de toda clase, diurnas y nocturnas; pardas, negras y de vivísimos colores; grandes y pequeñas; rápidas y pausadas, pero todas silenciosas. Me parecía mentira que tanto aleteo no causase el mínimo roce en el aire cerrado de mi casa.
Poco a poco fui recobrando el movimiento, lo justo para sentarme en mi sillón y mirar, mirarlas… No se chocaban entre sí, lo cual era asombroso si tenemos en cuenta el poco espacio y la miríada de mariposas que se desplazaban ante mis ojos. No podía apartar la vista de sus extrañas evoluciones aéreas. Me percaté de que respondían a un patrón. Las mariposas no volaban azarosamente sino atentas a una cadencia. A un plan.
Al principio describían círculos concéntricos de tal manera que conformaban una profunda espiral cuya visión producía vértigo. El efecto óptico, como en un cuadro de Vasarely, era el de que un abismo en movimiento rotatorio se cernía ante mí, aproximándose y amenazando con succionarme. Después, las mariposas variaron su trayectoria, rompieron los círculos y comenzaron a volar en zigzag. Parecía como si abriesen un hueco, como si pretendiesen dejar un espacio libre con algún fin. Y así fue. Eso era lo que hacían: apartarse para liberar el centro de la habitación. Se trataba de una representación. Las mariposas que formaban parte del cortejo, como actrices secundarias, se retiraban del proscenio para que hiciese su aparición triunfal la estrella de la velada. La diva. La mariposa que, de pronto ocupó el centro.
Por supuesto. Era la misma mariposa labrada en los capiteles. La misma mariposa tosca y cincelada con furia. Era ella, reconocible en la forma de sus alas y de su cabeza, similar a la de una víbora.
No, no tuve miedo. De alguna forma la había estado esperando. A ella o a él, eso ya no puedo concretarlo. Cuando se fueron todas –que no fue un irse repentino sino una suerte de disipación-, la mariposa cayó pesadamente al piso. Volvía a ser una mariposa de piedra.
La tengo en casa, ¿quieres verla? Tienes que verla, a ella y a mi obra. Porque ahora es ella la que manda. La mariposa de piedra, o él, eso es lo de menos.
¿Quieres ver mi obra? No te imaginas en qué consiste. Termina ese estúpido brebaje y acompáñame.
No tengas miedo…

No fui. No quise ni pude andarme con rodeos. Le dije que tenía miedo. De él, de su otro él, de la mariposa, de su mirada, de su obra, fuese ésta la que fuese.
Porque en un momento dado creí ver que sus pupilas titilaban y se agrandaban hasta formar la figura de una extraña mariposa.

martes, 5 de junio de 2012

Amores imposibles

Amores imposibles se empeñan en ser posibles
atrapan y ahogan hasta el hartazgo
gusanos carcomen deshojados pétalos mustios
envuelven en telarañas sedosas quimeras
despiertan sueños inútiles, sin sustento.

No basta querer de lejos, el trueno se convierte en débil flama
se añora el suave abrazo del amado, la íntima complicidad, las frías manos
entibiadas en el encuentro que ya es pasado.

La igualdad del sentimiento cuenta cuando el amor se instala,
ir y venir que complementa la unión inequívoca de dos almas
no conforma al cuerpo sólo la palabra
y el olvido no cabe en la ardiente vastedad de una mirada.

jueves, 3 de mayo de 2012

Mutantes

De día, de noche, con lluvia, con sol, a oscuras, encandilada,
camino aunque no sepa dónde
lloro rio acaricio abrazo suelto amarro sigo
me encuentro, me pierdo, fumo, me calzo un jean y rejuvenezco
bailo vuelo doy vueltas
soy un remolino que se lleva el viento
una brisa suave que convertida en vendaval arrasa mis penas y las hace añicos
me tiro al piso y me arrastro
como un resorte salto brinco vibro me elevo y te encuentro en el aire
nos confundimos en un abrazo y
somos nubes, luego soles, rocas fuego lunas espejos cristales
que se derriten y se funden en una sola copa, nueva, fulgurante.
Y ahora caminamos.

Escriba II


Me topé con tus ojos trémulos y la mirada enrollada. No sé qué pensar te había reprochado después de un largo silencio y la frase se mezcló entre café y medialunas.
Una duda disipó la ilusión de volver a ser amantes y hablamos de pasados que no se mueven y nos definen. ¿Hay otra? Quiero saber pero me decís que eso no se pregunta, vuelve la mirada en sombras, tu indignación me alcanza, y las palabras suenan vacías en mi boca.
Una vez le pregunté a Borges si la noche es mejor musa que el sol, me dijo que no pero él desconoce que en este tiempo nuevo por vos escribo.

lunes, 27 de febrero de 2012

Escriba



Estoy condenada a pensar
por eso no escribo

Al oído me dictan los sabios
y no recuerdo

mi mano arrugada
de recientes lunares y piel traslúcida
encoje las ganas

cómo empezar a escribir ahora
que tengo la mano vieja

jueves, 17 de noviembre de 2011

El nido vacío



Es el verso una tijera que poda mis hojas secas
por los hijos, para que tanto no duela

el humo en el cenicero simula disolver mi pena
y esconde la soledad disfrazada de prudencia

el eco de sus voces aún se escucha y se aleja
despacito, me va alcanzando la ausencia.

Ahora el sonido es otro, el silencio da una tregua
la canilla gotea y empecinada me observa.

martes, 6 de septiembre de 2011

Agrupación dispar

Me siento en el bar de Corrientes y San Martín y pido algo fresco. El calor aprieta mi cerebro pero lo siento en los pies. Busco un lugar cerca de la ventana y observo toda la gente que pulula como hormigas por la ciudad. Caras de me duele la muela , hoy tengo que vender aunque sea un pasaje, si no consigo este trabajo me voy al sur, es un turro me las va a pagar, me tiño el pelo o sigo con este aspecto de bruja…múltiples caras y cuerpos que se me vienen encima.
Tomo de un trago el contenido del vaso que me sirve el mozo y vuelvo a mirar por la ventana. Ahora veo zapatos, sólo zapatos, negros, marrones, blancos, verdes, de taco alto, de taco bajo, nuevos, gastados… caminan en todas direcciones, algunos se detienen indecisos, otros esperan cruzar la calle; se mueven nerviosos para adelante, para el costado, se detienen, retroceden, vacilan. Giro la cabeza y miro al interior del bar que ahora está vacío, todos se fueron dejando allí sus zapatos. De repente una horda de zapatos entra sin que la puerta vaivén se mueva. Se dirigen hacia mí. Todos los que antes vi en la calle vienen a increparme.
Con lo poco que me queda de cordura, dejo la consumición y escapo tratando de esquivarlos. Finalmente, con mucho esfuerzo, puedo salir a la calle donde millones de ojos me observan.

martes, 26 de julio de 2011

Pájaros

a Sylvia Josefina Pieres

Aquella mañana apacible de enero, me encontraba sentada en el sillón del living de la cabaña que habíamos alquilado en el verano, leyendo un buen libro, cuando lo vi. Era un pajarraco extraño, parecido a una liebre pero con un pico largo y corvo, lo que llamó poderosamente mi atención. En eso aparecieron Juan y los chicos para invitarme a ir con ellos hasta Quila-Quina. En aquellas vacaciones en San Martin de los Andes me había propuesto hacer lo que tuviera ganas y esa vez algo me decía que debía quedarme, ya habría oportunidad de otros paseos. Sin remordimientos, con una sonrisa, los despedí y me dispuse a seguir disfrutando de la lectura. Cuando la puerta se cerró, sentí un gran alivio. Tendría toda la tarde para mí.

El amplio ventanal me mostraba una fantástica panorámica del bosque que rodeaba la cabaña. No podía quitar los ojos de esa belleza, distintos tonos de verde se amalgamaban en un paisaje único y estremecedor. No recuerdo cuánto tiempo pasó, lo que no olvido fue lo que sucedió después, cuando percibí un movimiento dentro del follaje y al rato me encontré sentada sobre la rama de un arrayán, mientras que a mi lado el pajarraco que había visto más temprano (luego supe que se trataba de una bandurria), con porte algo altanero, me miraba.

-¿Estás de visita por acá?

Atiné a contestar un tímido si, sin entender lo que me estaba pasando.

-Me pareció, no te había visto antes. Yo me llamo Paco, encantado- se acercó un poco pero su pico hizo que retrocediera asustada.

-No hagas preguntas y seguíme.

Pensé que ese pájaro estaba loco. ¿Cómo iba yo a seguirlo? Sin tiempo para reaccionar, luego de un fuerte empujón, me encontré volando a su lado.

-Si pudieras hacerme el favor de apurarte, no tengo todo el día, ustedes los picaflores son medio histéricos, revolotean mucho pero no avanzan demasiado. ¿Cómo te llamás? ¿Acaso Fifí?

Antes de que pudiera contestarle lanzó un grito estridente, una extraña y sonora carcajada. Me sorprendí escuchándome decir que mi nombre era Copeta, el apodo de mi madre, no el mío-. Tratando de acelerar el vuelo para que no volviera a retarme, le pregunté:

-¿A dónde vamos?

-Ya vas a ver- me dijo. Lo seguí, planeando sobre el bosque hasta llegar a un lago desconocido donde pudimos detenernos por un momento a tomar agua. Cuando vi mi reflejo me sobresalté. La imagen era la de un picaflor. El me ignoró y emprendió nuevamente el vuelo, seguro de que yo, aunque algo aturdida, iba a ir tras él. La vista desde arriba era impresionante, y por un rato seguimos sin hablar hasta que el paisaje cambió abruptamente. No tardé en darme cuenta de que estábamos sobrevolando mi casa de la infancia ¿Tanto habíamos recorrido? Quise saber qué estaba sucediendo cuando se metió por la chimenea y me hizo señas de que lo siguiera en silencio. Bajamos despacio hasta el hogar y nos escondimos al escuchar voces. Luego me dijo:

-Quedate quieta y no hagas ningún ruido.

Algunas personas murmuraban y otras sollozaban. Parecían estar velando a alguien. No tardé en reconocer sonidos familiares. ¡Eran mis hermanos! Bajé un poco más por el hueco de la chimenea y desde una hendija pude verme a mí misma llorando, abrazada a mi prima Florencia. Entonces recordé cada momento de aquel día triste en que murió mi madre. Decidí salir de ese asfixiante y oscuro lugar, dando la vuelta me posé frente a la ventana del living. Nadie pareció advertir mi presencia hasta que Lucía, mi hermana, gritó:

-Miren, en la ventana. ¡Un picaflor! ¡Es mamá, es mamá!- todos me miraban asombrados mientras Lucía les comentaba cuánto amaba mamá a esos pájaros.

Miré a Paco sin comprender. Esta vez en sus ojos había ternura. Nos quedamos un rato quietos, sin pronunciar palabra, hasta que me hizo una seña de que ya era tiempo de regresar.

Cuando avistamos la cabaña e iniciamos el descenso, le dije:

-Paco, antes de irte, quiero hacerte una pregunta.

-Rápido que ya vuelve tu familia- su tono era cariñoso esta vez.

-¿Quién era ese picaflor? ¿Mi madre o yo?

-Las dos. Por momentos ella, por momentos vos, por esta única vez, la próxima sólo la verás a ella.

Y sin que pudiera agradecerle, se fue volando mientras Juan y los chicos entraban por la puerta.

lunes, 18 de julio de 2011

Un papel de caramelo

Estoy en un ascensor atascado entre dos pisos. Sola. Me siento en el suelo, espero, pero el tiempo no pasa. Alguien vendrá, pienso, pero no, los domingos nadie sale de sus casas. Miro el piso de goma, hay pisadas de hombres y de mujeres, alguna de un perro, pelos, un papel de caramelo, un botón y yo. Yo sin salida, sin un lugar por donde escapar de los pensamientos que aparecen y desaparecen. No puedo pararlos. Me desesperan. Con la cabeza entre las manos, sentada en posición de loto, miro el papel de caramelo. Lo miro fijo. La quietud duele. Lloro, con un llanto hondo. Por mí, por vos, por este silencio que me recuerda al tuyo, por mis hijos que se están yendo, por los años perdidos, por los ganados, por nuestra historia, por los poemas, por los amigos que no están. Por mi padre que se fue sin avisarme, a los dieciocho cuando no tenía idea de quién era Edipo. Y mi madre, que también se fue cansada de que no la comprendiera justo cuando empezaba a hacerlo. Por mis uñas despintadas y el dolor en el hombro, y el precio de la carne y mi trabajo y por... este ruido salvador a turbina que arranca y me deposita en el octavo.

martes, 12 de julio de 2011

A mis amigas y amigos

En el vaivén de las horas dormidas
reavivas en mi pecho el aliento

y omites cauteloso mis arrebatos de olvido

omnipresente en mi andar
apartas de la roca el filo

en la vigilia expectante
sos el Ángel de mi sueño perdido

y cuando el calor abraza
torrente inagotable de alivio.

Milagro infinito del destino.

Vos, mi amigo.





miércoles, 29 de junio de 2011

¿Desamor?

Espectros ahumados dibujan tu mirada entre silencios.
Antes fuiste muro contenedor, ahora sinuoso laberinto.

Rutinas ajenas alargan la espera
nos apartan del torrente amoroso que entibió nuestras orillas
lapidan el ritual inacabado de dos almas.

En la rosa hoy veo espinas
y un viento helado me alcanza y lastima.

martes, 17 de mayo de 2011

ALUMBRAMIENTO

A Inés

Transpiro trémula en la febril espera; quiero seguir siendo sólo yo pero ella insiste mientras ondas sedosas se adhieren a mi cuerpo exhausto. Su energía me atrapa y ya no existo; el grito estalla en la garganta sedienta.

Éxtasis y muerte convergen en la hora previa. Temo pero resisto. Algo mío desaparecerá inevitablemente. Me llama. Escapo. Vuelve a llamarme; la realidad seduce más que el encuentro con lo desconocido. Ella flota en aguas mansas, indiferente a mi lucha por retenerla y me anima a dejarla salir de su inocente y cálida guarida.

Irrumpe decidida, envuelta en láminas de extenuado plasma. El descanso anticipa el asombro y tentáculos impacientes disuelven la agonía, la abrazan y contienen. Ahora el miedo es otro.

miércoles, 27 de abril de 2011

ENAMORADA DEL MURO


Gajos impacientes se abren y buscan recovecos por donde llegar a vos, necesito sostén. Quiero trasmitirte calor y a besos romper tu fachada sólida y melancólica.

Mi tallo se contornea empecinado en fundirse en espacios infinitos, ramificaciones indolentes te invaden y se entregan confiadas en un abrazo interminable, extensiones curiosas te recorren, adhieren a la estructura húmeda. Vas abriendo espacios para elevar mis hojas mustias. Algunos gajos suben y encaran al cielo, otros bajan para recuperar la savia amorosa.

Entregados al milagro, la naturaleza estalla en su esplendor sin sombras, en esta tarde otoñal. Nadie detendrá la cadencia que nos envuelve. El sol reverbera su luz en el muro y somos uno.

jueves, 21 de abril de 2011

CAMILA EN PARIS

Ellos se observaban mutuamente sin saber qué decirse. El era francés y ella argentina. El hablaba su idioma y ella castellano. De una manera incomprensible se entendieron. Hay encuentros de almas que no necesitan presentación.

Camila había llegado a París para encontrarse con Jorge, su amante. Ella venía desde Barcelona, después de un viaje de mes y medio por Europa con dos amigas. Antes de viajar quedó con él que se encontrarían en París y luego irían a Copenhague y Estocolmo.

Camila esperó ansiosa el momento de verlo; ante la expectativa de tener a Jorge sólo para ella durante una semana, los últimos días con sus amigas habían sido un suplicio. A diferencia de ellas, Camila disfrutaba mezclándose con la gente, viviendo la idiosincrasia de cada lugar, respirando los olores típicos de cada ciudad que visitaban. Con Jorge estaba segura de que podría hacerlo. Más tarde comprobaría cuán equivocada estaba.

Quedaron en que ella lo llamaría desde Roma, su último destino antes del encuentro. Ansiosa por escuchar su voz, lo hizo según lo acordado. Su sorpresa fue mayúscula al escuchar a la operadora, en un mal español, decirle que el señor Jorge Reyes no aceptaba hablar con ella. Una voz de alarma interna le dijo que algo andaba mal pero no quiso darse por aludida y esquivando los fantasmas le pidió a la telefonista que insistiera. Tras las súplicas de Camila, ésta aceptó renuente pero fue en vano: una vez más él rechazaba su llamada. Furiosa, le dijo que ella la pagaría y fue entonces que escuchó la voz fría y distante de Jorge:

-Negrita se me complica el encuentro, tengo que estar dos días en cada lugar, de reunión en reunión y no vamos a poder encontrarnos.

La decepción de Camila se tradujo en un rotundo:¡No me importa, quiero verte igual!

-Como quieras, te busco en Orly pero después no digas que no te lo advertí.

Estaba tan sorprendida y triste que olvidó preguntarle por qué había rechazado su llamada. Seguramente se trató de un error de la telefónica. No podía ser.

El encuentro en el aeropuerto no fue como ella lo había esperado. Una tristeza desconocida en su personalidad, alegre y despreocupada, se había adueñado de Camila. Se saludaron con un beso y tomaron un taxi derecho al Hotel Hilton. Cuando llegaron hicieron el amor casi como autómatas, él se dio un baño rápido y le dijo que tenía que salir, pero antes le hizo un encargo.

-Hoy voy a estar ocupadísimo. Necesito que me compres esto.
Es un encargo de mi mujer.

Sin más, le alargó un papel y le dio un dinero. Con esto te va a alcanzar.

-¿No puedo acompañarte?

-De ninguna manera. Te vas a aburrir como una ostra. Nos vemos a la noche.

Camila no sabía si ponerse a llorar o salir a recorrer la ciudad. En el ínterin le echó una ojeada al papel y su rabia fue en aumento cuando vio que se trataba de ropa interior. Salió detrás de él y el conserje la saludó con una sonrisa amable, como si adivinara.

Caminó y caminó sin rumbo por las calles de París; recorrió Montmartre donde un artista joven ofreció pintarla y que le pagara “a la nature, avec le corp”; comió una baguette de jamón y queso cerca de Les Invalides y se sentó en un banco a contemplar el Sena. Sumida en sus pensamientos, no notó que un hombre rubio, de rostro simpático, se había sentado a su lado. La saludó en francés y ella le devolvió el saludo en español. Con señas y miradas le dijo que ella era muy linda y que había traído el sol a París. Camila le agradeció el cumplido, también por señas, y le dijo que era casada. El no le creyó. Caminaron juntos hasta el anochecer y se despidieron en la puerta del hotel. El hombre le dio una tarjeta que ella guardó en su cartera. Estas cosas sólo suceden en Paris, pensó divertida.

Cuando llegó a la habitación Jorge ya había llegado. Le preguntó si había cumplido con su encargo. Fue allí cuando se dio cuenta de que había perdido el papel. El reproche silencioso de él fue peor que si la hubiera insultado. En el mismo tono frío y distante del teléfono le dijo:

-No podemos salir esta noche. Vas a tener que pedir que te traigan algo a la habitación. Me surgió una cena de negocios que no puedo postergar.

Camila se preguntó qué hacía allí. Parecía ajena al lugar, a él, a todo. Recordó a su amigo francés y tomó una decisión. Una vez que Jorge salió y la despidió con un beso a las apuradas, se dio una ducha rápida, se puso un jean y un sweater holgado, se miró en el espejo, juntó sus cosas y bajó al vestíbulo. Sobre el piso quedó el vestido que él le había regalado en su último cumpleaños.

El conserje volvió a sonreírle como si estuviera al tanto de todo. Ella, en un mal francés, le mostró una tarjeta, le pidió que marcara ese número de teléfono y que le hiciera de intérprete.

A la media hora un hombre rubio, de rostro simpático la esperaba afuera. Salió, respiró profundo y pensó que la aventura que había imaginado recién empezaba. Estaba en Paris. ¿Qué más podía pedir?

El anillo

–Sonia, voy a hacerte un psicodiagnóstico, de manera que vayamos perfilando tu problema. Te voy a mostrar una serie de manchas y me tenés que describir qué ves. Lo primero que te venga a la mente. ¿De acuerdo?

–De acuerdo.

Nora le muestra la primera ficha a Sonia, ésta se queda mirándola un rato sin decir nada.

–Lo primero que te venga a la mente Sonia. Decíme qué ves.

–Un toro rojo sobre un campo verde.

La psicóloga queda sin reacción, su rostro lívido. La revelación es una sorpresa, sólo ella sabe que tiene que ver con su pasado.

–¿Qué pasa Nora? ¿Dije algo malo?

–No… este… no… es que… No puedo seguir por ahora. Disculpáme Sonia. Te veo la semana que viene.

–Pero, todavía no es la hora…

–No te preocupes, no voy a cobrarte la consulta. Volvé el jueves por favor.

Sonia salió muy preocupada del consultorio, pensó que su psicóloga estaba más loca que ella. Se preguntó qué tendría de raro haber visto colores en una mancha negra.

Llegó a su casa y no tuvo tiempo de pensar demasiado en lo ocurrido. Todo era un caos; los perros habían quedado encerrados adentro y a pesar de las recomendaciones de Alfredo, ella se había olvidado de sacarlos al jardín antes de salir. Los echó afuera a patadas descargando en ellos toda la ira contenida contra el energúmeno de su marido; no podría soportar otro de sus retos. Si no se olvidaba de comprar queso cuando comían pasta, se dejaba la tarjeta de crédito en el supermercado; no pagaba las facturas de gas, luz y teléfono a pesar de que él le daba el dinero y siempre se olvidaba dónde había dejado el auto. Pero no, no soportaría una queja más. El problema era más profundo y tenía que hacer un corte. Cuando terminó de dejar la casa en orden, se tiró en la cama y se quedó dormida.

Soñó que ella era una chiquita de diez años y que un chico rubio, de su misma edad, le hacía señas de que mirara a un toro rojo en un prado verde. El muchacho le decía que se acercara, que no había nada que temer, él estaba allí para protegerla. Confiada, se abrazó a él y le pidió que no se fuera, que no la dejara sola con el animal. Él la consolaba y le decía que no tuviera miedo, que ese toro era de papel –al menor viento se volaría– y no podía lastimarla. Juntos se acercaron y cuando puso su manito sobre el enorme lomo rojo comprobó que no era de carne y hueso. Cuando sus ojos se encontraron con los del toro vio en ellos a los de Alfredo. Asustada se despertó con el ruido de las llaves en la puerta.


Luego de que Sonia se fue, Nora se acercó al dispenser de agua del consultorio y se sirvió un vaso. Debía recuperarse de la impresión que le había causado la sesión con su nueva paciente. Hacía años que la buscaba y jamás se imaginó que la encontraría precisamente allí, en su consultorio. Durante toda la semana estuvo pensando cómo encarar el asunto con Sonia, hasta que recordó las palabras de su padre antes de morir: “es muy importante que conserves este sombrero, él te ayudará a encontrarla en Buenos Aires”.

El jueves siguiente Sonía llegó unos minutos antes a la consulta. No había nadie. Mientras aguardaba su turno vio colgado en el perchero un sombrero verde que tenía bordado en un costado un escudo con un toro rojo. ¡Otra vez esa imagen! Escuchó su nombre y entró al consultorio.

–Hola Sonia. ¿Cómo estás?

–Más o menos. Esta semana ocurrieron cosas muy extrañas.

–Contáme.

– ¿Te acordás cuando te dije que no podía quitarme mi anillo de casamiento y que no me decidía a ir a una joyería a que me lo cortaran? Bueno, el jueves, después de que salí de acá me fui a casa. Cuando llegué encontré todo patas para arriba… los perros… ya sabés… Terminé de limpiar y me quedé dormida; cuando me desperté me di cuenta de que el anillo no estaba en mi dedo. Lo busqué por toda la casa y no lo encontré; curiosamente me alegré. Mientras estaba dormida tuve un sueño donde aparecía un chico con la cara más linda que vi jamás y un toro rojo sobre un prado verde, el mismo que vi en las manchas. Recién, en la sala de espera vi un sombrero verde con…

–…un escudo de un toro rojo…

–Sí. ¿Cómo lo supiste?

–Continuá por favor.

– El chico ese, el de mi sueño, me recuerda a alguien. Sé que lo conozco de alguna parte. Sí, ya sé quién es… Hace yoga conmigo y es muy atractivo. Creo que le gusto y a mí me encanta él… Y también recuerdo que mi padre siempre usaba un sombrero como ese, como el que está colgado en la sala de espera... Mi madre murió en el parto, cuando me tuvo a mí, y me criaron unos tíos. El siempre venía a visitarme pero un día no volvió. Yo tendría cuatro años, creo. Mis tíos me dijeron que se había ido a España y cuando ya fui mayor me contaron que había vuelto a casarse y que tuvo otra hija. Luego supe que murió.

–¿Intentaste encontrar a tu hermana?

–Sí. Al principio, cuando me enteré de su muerte quise saber pero mis tíos desconocían completamente su paradero. Luego perdí las esperanzas.

–Bueno Sonia, terminó la sesión. Creo que estamos avanzando mucho. Te veo el próximo jueves.

Sonia salió de la consulta y se sintió bien, por primera vez en años. Aguardaba ansiosa su próxima clase de yoga.

Nora la despidió con un beso. Sonrió para sus adentros, sacó una foto del cajón del escritorio y se la quedó mirando

sábado, 16 de abril de 2011

Los nenes primero

En un domingo de mayo fresco y nublado, el padre duda si hacer un asado. Le gusta cuando hay sol, con los perros festejando el único día en que ellos también participan del rito y ligan un hueso. Pero el nene está en casa y le gustan tanto los asados, que decide hacerlo igual. Por el nene.

El nene duerme, pobrecito, trabaja y estudia toda la semana y ahora
descansa; no vayamos a importunarlo con una tarea que lo aparte de su música, de su computadora, o de su fútbol. A él no se le ocurre colaborar, para eso está el Viejo, a quien le encanta hacer el asado y que lo aplaudan cuando termina. La madre se ocupa de limpiar el polvo de la mesa y las sillas de afuera, poner los platos y preparar las ensaladas. Pobrecito el nene. Trabaja tanto y estudia tanto. Él es quien más necesita el descanso de los domingos, sobre todo después de una trasnochada con los amigos. Pobre nene, que sigue durmiendo mientras la Vieja, además, plancha su ropa, no sea cosa que no la tenga lista para salir a la tarde con los amigos. La de los demás no, porque es domingo y los domingos los hizo el Señor para descansar.

La nena se arregló con el novio y casi no para en casa. De a poco se fue llevando las cosas, claro, la facultad le queda muy lejos y está cansada de viajar en tren. Pobrecita la nena. Estudia tanto que no puede trabajar. Todavía no se fue del todo, primero fueron dos días, después tres, ahora casi cinco. Ayer dijo que venía pero no pudo. Hoy dijo que viene, pero a la tarde, después del asado, cuando el novio pueda traerla en auto. Pobrecita la nena, cómo se va a venir en tren un domingo que no es nada seguro, salvo cuando tenía veinte y salía de parranda con las amigas hasta el centro. Entonces no tenía miedo. Ahora sí y es lógico. Pobrecita la nena. Está creciendo y los miedos se le van metiendo adentro.

El Viejo trabaja todo el día en el centro, maneja un taxi. La crisis los dejó mal parados, pero ellos se esforzaron más para que los nenes tuvieran una buena educación. La vieja hizo de todo un poco: limpió casas, vendió tortas, puso una peluquería, que después trasladó a su casa porque los impuestos no le dejaban casi ganancia. Hoy los viejos están contentos. Los nenes son inteligentes, estudiosos, responsables y tienen un futuro. Los viejos a veces se desubican y les dan consejos para que sean más felices. Claro, ellos tienen la experiencia de los años y quieren hacerles un poco más fácil el camino. Pero los hijos no quieren que los viejos se metan. ¿Qué carajo te importa si desayuno pizza o empanadas? Grita el nene cuando la Vieja le dice que eso no es sano para su salud. Pobrecito el nene. Está nervioso. Hay que entender las presiones a las que están sometidos en estos tiempos difíciles. La nena llama y dice que viene a buscar plata y se va; está apurada, no puede quedarse. Por suerte está el nene. Después se va a jugar al fútbol y no puede levantar su plato, también está apurado. A veces la vieja le pide que lo haga. A veces. Pobrecito el nene. Es varón, eso es trabajo de mujeres.

La Vieja se queda sola terminando el postre en la mesa. Todos se van. Porque el Viejo hizo el asado, pobrecito el Viejo. Trabajó mucho hoy. Se tomó unos vinos y le dio sueño. La Vieja mira hacia arriba y se imagina que está en una playa y ve venir hacia ella un hombre descalzo caminando por la arena, y el hombre le regala una flor y se queda con ella y le acaricia el pelo.

Los ojos se le humedecen, no entiende qué le pasa. Aparta las lágrimas con una mano y con la otra acaricia al perro que la mira fijo. Se levanta y, mientras junta los platos, se pregunta a qué hora llegará la nena.